Categoría: Relatos individuales

Son relatos que no tienen continuación con ninguno otro.

  • Tadan

    Un tenue destello de luz rompió la penumbra entre los cerros que guardaban celosamente El Valle. Mientras, los vagidos del ganado anunciaban que despertaba un nuevo día. El aroma de la tierra húmeda al amanecer ascendía, mezclándose con el leve crujir de las hojas secas bajo sus pies. Un zumbido de insectos resonaba entre la maleza, como un coro que saludaba el nuevo día.

    El joven guerrero se sentía confundido; no había podido dormir durante la noche anterior. Al fin y al cabo, ése era el día elegido.

    En la penumbra del amanecer, pudo adivinar el escarpado sendero que bajaba del poblado hacia el río y se encaminó con paso impaciente. Quería volver cuanto antes al poblado y disfrutar de sus últimos momentos como niño. Fue al río a recoger el arco que tan cuidadosamente había dejado la noche anterior para que se humedeciera y no quebrara. No quería tener problemas, no en algo tan simple como la falta de previsión. Su misión era sencilla y las razones de ello también. Había visto secarse el río arenoso catorce veces y, antes de que se secara de nuevo, debía matar un bisonte. La carne abastecería la comunidad durante algunos días, y la piel y los cuernos podría poseerlos él. Debería matar al animal, despellejarlo y volver al poblado cargando con la pesada piel; después los otros guerreros de la tribu irían a recoger el resto del animal.

    Con todo, lo más importante era que sería considerado un guerrero y un cazador, y podría sentarse en el Consejo. Además estaba Takayla. Aunque los últimos años nadie había podido conseguir la dignidad guerrera, Tadan se sentía confiado en que él sí podría.

    En el río, Tadan se preparó para la ceremonia. El remanso le sirvió para lavarse y untarse con lipán, que había preparado por primera vez.

    No fue fácil preparar el lipán, y Tadan rápidamente comprendió la importancia. El ungüento se preparaba con ceniza, grasa y un poco de agua. Le advirtieron de asegurarse de que al recoger la ceniza de las hogueras no hubiese nada de arena; también de no mezclar demasiada agua. Comprobó por qué. Algo de arena había en la mezcla, y al extendérselo por el cuerpo, le escoció. Además, había echado más agua de la necesaria y no estaba muy espeso, aunque podía usarlo.

    El frío de la mañana le hizo temblar, pero al fin consideró que estaba listo para volver al poblado, y allí se fue.

    Cuando regresó al campamento, la imagen en blanco y negro que le ofrecía el amanecer desapareció y se convirtió en un manto verde salpicado aquí y allá de flores de colores y tipis. La primavera ese año había sido generosa con la comunidad y les había regalado el paisaje colorido en que se había convertido El Valle. De acuerdo con la costumbre, los niños habían ido a recoger margaritas, prímulas, jazmines, amapolas y violetas, tal y como había hecho tantas veces Tadan. Las mujeres del poblado habían tejido guirnaldas con rosas, majuelos y arraclanes, que decoraban los tipis. Y los guerreros bailaban alrededor del sabio Waapi, que había utilizado su última cantidad de lófora para conjurar a Diyi. Hasta el adusto jefe, Yana, se había ataviado con los ropajes de su dignidad y se le notaba nervioso.

    Esta imagen fue creada con la ayuda de ChatGPT, un modelo de inteligencia artificial desarrollado por OpenAI. Se muestra a modo de ilustración

    Yana era el jefe de la tribu desde hacía tanto tiempo que nadie lo sabía exactamente. Era un hombre sabio y respetado. Había sido un gran guerrero, que consiguió su primer bisonte con trece años y en sólo tres días. Durante su vida había sido guerrero, cazador, rastreador y finalmente jefe del poblado. Sin embargo, de sus hijos, Lagundo y Magena habían muerto por las fiebres del verano hacía tiempo, así que la comunidad perdió a dos grandes guerreros; su hija Yoomee estaba unida con Yahto y tenía cuatro hijas: Tiwa, Nayeli, Takayla y Yoluta. Tiwa estaba unida con un gran guerrero, Koda, pero había algo en él que no gustaba a Yana. Nayeli estaba unida con Denahi, que era el mejor recolector de la tribu; no había podido llegar a ser guerrero y eso le hacía sentir infeliz. Yoluta había visto secarse el río tan sólo diez veces, por lo que Yana tenía grandes esperanzas en Takayla, la más sagaz, decidida y brillante de todas sus nietas. Sin duda, se parecía a su abuelo.

    Takayla y Tadan se conocían desde que nacieron. Los dos habían visto secarse el río arenoso catorce veces. Durante la primavera, les gustaba perderse entre la maleza y recrear las grandes gestas que por las noches, junto a la hoguera, contaban los miembros del Consejo. Durante el verano, jugueteaban en las orillas de las charcas del río arenoso, antes de que se secase por completo, y acechaban a los distintos animales que reparaban allí para beber. Al fin y al cabo, su pueblo era cazador y todo el mundo sabía apañárselas para sobrevivir. Últimamente, por alguna razón que no comprendían, tenían más empeño en estar juntos y aprovechaban toda ocasión para recorrer los alrededores del poblado sin que nadie los vigilara.

    Recordando todo esto, una extraña sensación recorrió el cuerpo de Tadan. Por primera vez fue consciente de que ya nada volvería a ser como antes. ¿Y si no volvía? La idea lo asaltó como una sombra, fría y voraz. Pero rápidamente sacudió la cabeza. No podía pensar así. Si tenía éxito, volvería y le proclamarían guerrero, pero si no… si no conseguía el bisonte, tendría que convertirse en aprendiz y trabajar para el poblado, como tantos otros. Empezó a sentirse algo nervioso.

    Una vez hubo llegado cerca del poblado, toda la comunidad salió a recibirle. Mancharon su piel con ocre y le ofrecieron sotol, ardiente y amargo, un sabor que aún no conocía. La bebida era fuerte, y el ocre le picaba en la cara, pero la sensación era agradable.

    En ese momento, Yana se dirigió a él y le dijo:
    —Hermano Tadan, espero que Diyi te sea favorable. Vuelve convertido en guerrero.

    Las miradas de los niños y los guerreros le pesaban como piedras. Sentía el calor del hacha en su cintura como si ya le quemara. ¿Sería digno de llevarla?

    No tuvo tiempo para responder al jefe del poblado. Waapi rasgó la piel del hombro de Tadan con una de las flechas de su aljaba. Apenas se dio cuenta de que un líquido cálido y espeso resbaló por su brazo y goteó profusamente sobre el suelo, lo cual fue celebrado por el viejo chamán:
    —¡¡Abundante vida le espera al joven guerrero!!

    Todo el poblado festejó la profecía de Waapi con un gran alboroto y el resto de guerreros de la tribu le regalaron una flecha cada uno. Yana le proporcionó el hacha. El anciano líder, aflojó su propio cinturón y ciñó su vieja arma en la cintura de Tadan. El poblado enmudeció y Tadan se estremeció. Nunca antes el jefe del poblado había tenido un gesto así.

    Esta imagen fue creada con la ayuda de ChatGPT, un modelo de inteligencia artificial desarrollado por OpenAI. Se muestra a modo de ilustración

    El joven guerrero se sintió sobrepasado por el honor que le había concedido Yana. Miró, sin ver, hacia el horizonte y unos ojos le devolvieron a la realidad. Takayla le estaba mirando con su sonrisa a la vez pícara y serena. Huyó sus ojos de los de ella y el abuelo de Takayla devolvió a ambos una mirada nueva en él. Yana apretó con fuerza el hacha en la cintura del joven guerrero. A Tadan le tiritaba el alma y le costaba respirar.

    La ceremonia para Tadan fue breve, aunque intensa. Antes de que el sol levantase sobre el horizonte y las sombras retrocediesen, ya había abandonado el poblado. Él debía partir en busca de la res sin más herramientas que su arco, sus flechas y aquellas que le habían dado sus hermanos, y el hacha de Yana.

  • El bolso, el kiosko y el parque

    Salí de casa vencido. Desde luego era mala suerte que todo se me estuviese juntando ahora. Después de haberme quedado sin trabajo, me acababa de llegar una notificación del ayuntamiento por la cual debía pagar dos mil euros en impuestos por el vado del garaje ¿Será posible que nadie haya pagado al ayuntamiento en tantos años? Y ¡¡que tonto yo cuando compré la casa que no supe preguntar sobre esto!! pero ¿Cómo se me iba a ocurrir si el resto de pagos estaban al día?

    Tenía dos problemas que resolver en pocos días si quería recuperar algo de paz: por un lado, mi recién estrenado desempleo me pesaba como una losa; por otro la notificación del ayuntamiento me apretaba un poco más la soga de mis deudas. A pesar de todo, aquella mañana, decidí que al menos podía ordenar mis pensamientos en el parque del lago, intentando encontrar algo de claridad entre tanto caos.

    He de admitir que no sé cómo se llama oficialmente el parque, a pesar de que está cerca de casa. Yo lo llamo el parque del lago, aunque no tiene lago alguno. Lo único que hay es un pequeño estanque con algunas ranas, unos cuantos patos y los inevitables mosquitos, residentes oficiales en verano. Un estanque en apariencia tranquilo, pero con su propia lucha, feroz, por sobrevivir, igual que yo. Aun así, el parque del lago es un lugar agradable para pasear y pensar, justo lo que necesitaba esa mañana. Y quién sabe, quizá dentro de unos años, cuando los árboles que plantaron el otoño pasado crezcan y den sombra, sea aún mejor.

    Así que allí estaba yo, caminando hacia el parque, recorriendo los pocos más de seiscientos metros que separaban el portal de mi casa del estanque, cuando, a la altura del kiosko de Juan, me detuve a comprar un café para llevar. Fue al continuar mi paseo cuando la vi: una cartera tirada en el suelo, de esas que mi abuelo solía llamar mariconeras. Era un pequeño bolso de cuero, pensado para llevar en bandolera, ajado por los años, y la correa, llena de pequeñas marcas como cicatrices; todo ello aparentaba fragilidad, pero aún resistía con la dignidad de los objetos que se niegan a rendirse. Los herrajes hacía tiempo que se habían desnudado de su brillo dorado, dejando como testigo el rojizo opaco del latón. No tenía iniciales, ni marcas, ni nada que delatara a su dueño, aunque los arañazos y golpes eran tantos que parecía un cuadro de Pollock en miniatura.

    El olor, sin embargo, era otra historia: una mezcla penetrante de sudor, tabaco y alcohol barato, impregnada de años de uso. Ese olor me transportó de inmediato a una escena de El Golpe: el vagón del tren lleno de humo y el aroma a ginebra aguada, mientras Henry Gondorff, interpretado por el increíble Paul Newman, se jugaba el tipo con una mezcla de elegancia y descaro que parecía imposible de igualar.

    Eché un vistazo rápido al bolso y abrí el compartimento principal intrigado por lo que podría encontrar. Ya lo había observado antes: el cierre de cremallera estaba protegido por una solapa con un broche que hacía tiempo había perdido su brillo. Dentro encontré unos pañuelos de papel arrugados y un pequeño bolsillo interno, también cerrado con cremallera. Al abrir este último, apareció una foto en blanco y negro: una pareja de novios sonrientes, atrapados en un instante que ahora parecía lejano en el pasado. El papel estaba desgastado, agrietado como el cuero del bolso y con los bordes amarillentos y ligeramente doblados, testigo de los años pasados desde la fotografía.

    Dejé la foto en su lugar y dirigí mi atención al segundo compartimento, el más pequeño, ese que estaría pegado al cuerpo si el bolso se llevara cruzado. La cremallera, aunque algo dura, cedió tras un breve esfuerzo. En su interior encontré un fajo de billetes, apilados y sujetos por una goma elástica que parecía a punto de romperse. No conté cuántos había, pero el color verde pálido y amarillo limón de los billetes de euro me dejó claro que había mucho dinero allí, tal vez suficiente para cubrir, como mínimo, tres o cuatro meses de subsistencia. Un sudor frío me recorrió mientras trataba de procesar lo que acababa de encontrar. La cantidad de dinero era abrumadora, y por un instante, no supe si sentir alivio o pánico.

    Miré hacia atrás. Juan estaba atendiendo a un cliente mucho mayor que yo, con el que reía de muy buena gana. No podía ser de esa persona, pensé; no me había cruzado con nadie antes de llegar al kiosko ni después de comprar el café… ¿o sí? Por más que repasaba mentalmente los últimos minutos, no lograba recordar con certeza. Volví la mirada hacia el parque. Tampoco vi a nadie por ese lado. Y entonces me pregunté: «¿y ahora qué hago?»

    Era mucho dinero. Yo lo necesitaba. No tenía trabajo, ni una manera de saber de quién era, ni siquiera una forma de confiar en que alguien me dijera la verdad si lo preguntaba. Todo el mundo querría esa cantidad. La sensación de pérdida y confusión se acumulaba; por un lado, debía pagar al ayuntamiento; por otro, tenía que sobrevivir. Aún sin saber cuánto había exactamente, me aferraba a la idea del dinero como si fuera la última oportunidad que me quedaba para salir adelante.

    Podría llevarlo a la policía. Decir que me lo había encontrado cerca del kiosko de Juan, a media mañana, en la calle que va de mi casa al parque. Quizá, si nadie lo reclamaba después de un tiempo, el bolso y su contenido fueran míos. Pero ¿y si aparecía el dueño? Me quedaría sin nada. Además, no tenía idea de cuánto debía esperar para reclamarlo como propio. Pensé en la foto. Tal vez fuera una pista. Podría subirla a redes sociales, como Instagram o TikTok, y ver si alguien la reconocía. O a Facebook, porque si el dueño usaba alguna red, seguro que sería esa. Incluso me imaginé el impacto que tendría si la fotografía resultara más valiosa para el dueño que el propio dinero. Podría significar algo que el dinero jamás podría comprar.

    Pero ¿y si el bolso pertenecía a alguien peligroso? ¿Un narcotraficante, tal vez? ¿O alguien peor? Esas personas tienen formas de recuperar lo que es suyo, y lo último que necesitaba era meterme en problemas con el hampa. Aun así, por un segundo, me pasó por la cabeza una idea absurda: ¿y si esta era mi oportunidad? Si lograba devolver el bolso y ganarme su confianza, quizás conseguiría algo a cambio, incluso un trabajo. Pero ¿qué clase de mundo sería ese? No. No quería saber nada de eso. Y mis deudas seguían ahí, apretándome como un lazo cada vez más ajustado. ¡¡Necesitaba el dinero y no sabía cómo conseguirlo!!

    El paseo hasta el parque del lago no había sido más que una forma de escapar de mis problemas, como siempre hacía. Igual que un alcohólico bebe para olvidar o un toxicómano busca su dosis; igual que un vigoréxico no puede detenerse aunque su cuerpo se lo exija. La evasión era mi refugio, pero en ese momento, no parecía suficiente.

    ¿Y si el bolso era de un anciano? Me lo imaginé juntando sus ahorros durante años para ayudar a su nieto a comprarse una casa. Era una posibilidad real. Mucha gente, sobre todo los mayores, sigue creyendo que el dinero está más seguro en metálico. Pero también es un riesgo enorme. Si ese fuera el caso, sería desgarrador. Podía ver al anciano intentando explicar con voz temblorosa que ya no podía ayudar, y al nieto asintiendo con una mezcla de tristeza y resignación, sabiendo que la oportunidad de comprar su casa se había desvanecido como agua escapando entre los dedos.

    Todavía no había revisado el contenido del bolso a fondo. Estaba en medio de la calle y no quería llamar la atención al sacar un fajo de billetes y sostenerlo en la mano como si nada. Intenté ser lo más discreto posible. Tal vez más tarde, ya en casa, podría vaciar el bolso por completo y revisar si había algo útil: una nota, una dirección o un número de teléfono. Incluso pensé que podría tener una etiqueta con un teléfono, como esas que usan para marcar la ropa de los niños en el colegio.

    Mi inclinación, lo admito, era devolverlo. Pero también estaba preocupado por mí. Con el desempleo encima y las deudas acumulándose, ese dinero podría aliviar un poco el peso que llevaba. Después de todo, ya era hora de que el destino me diera un respiro. En la última semana, parecía haberse ensañado conmigo. Ahora no solo estaba sin blanca, sino que, si no encontraba una solución pronto, las cosas se pondrían aún peor.

    No sabía qué hacer. No podía quedarme ahí parado, sujetando un bolso que acababa de recoger del suelo, mirando al vacío como un pasmarote. Con un café en la mano y la cartera en la otra, me sentía expuesto, vulnerable. Decidí seguir mi camino al parque. Ya resolvería qué hacer más tarde, al regresar a casa. Quizá, al revisar mejor el contenido, encontrara una dirección o un número de teléfono escondido entre las pocas cosas que había. Tal vez incluso en el mismo fajo de billetes. Pero la pregunta seguía rondándome: si supiera de quién es, ¿se lo devolvería?

    A la vuelta del parque del lago, caminé por la misma acera, inquieto, con los ojos atentos por si se veía a alguien buscando el bolso. La fortuna quiso que no viese a nadie así, y eso me dejó con una extraña mezcla de alivio y culpa. Al llegar al kiosko de Juan, decidí comprar otro café y, de paso, recoger la última entrega de la colección sobre barcos del siglo XVIII que tanto me gustaba.

    Juan, como siempre, parecía tener tiempo para todos. Era un hombre entrado en los cincuenta, con una calvicie incipiente que no hacía ningún esfuerzo por ocultar. Vestía una camisa blanca con el cuello ligeramente desabrochado y un delantal gris, manchado de tinta de los periódicos que manejaba todo el día. Siempre había sido amable conmigo, aunque tenía esa forma suya de decir las cosas, entre la broma y el comentario sagaz, que podía hacerte sentir observado más de lo que quisieras.

    Cuando le pedí el coleccionable, me miró con su media sonrisa y me dijo: «Anda que no tienes suerte, Miguel, la gente siempre anda buscando cosas y tú a la primera obtienes lo que quieres.» Me quedé helado. ¿Qué quería decir? ¿Sabía algo del bolso? ¿O era simplemente un comentario sin intención, típico de Juan? Su mirada no me daba respuestas, pero sentí un escalofrío que encendió mi inquietud.

    Salí del kiosko con el café en una mano y el coleccionable en la otra; las palabras de Juan retumbando en mi cabeza. Por un momento, me detuve en la esquina, con el corazón en un puño. La gente pasaba a mi alrededor, ajena a mi dilema, mientras yo intentaba descifrar lo que había detrás de esas palabras. Tal vez no sabía nada, tal vez lo había dicho sin pensar. Pero ¿y si no era así? ¿Y si sabía lo del bolso? ¿Y si esa frase, por simple que pareciera, encerraba algo más?

    Respiré hondo. Ahora lo tenía claro. Había algo que debía hacer, algo que había evitado demasiado tiempo. Y esta vez, no iba a evadirme.

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