El bolso, el kiosko y el parque

Salí de casa vencido. Desde luego era mala suerte que todo se me estuviese juntando ahora. Después de haberme quedado sin trabajo, me acababa de llegar una notificación del ayuntamiento por la cual debía pagar dos mil euros en impuestos por el vado del garaje ¿Será posible que nadie haya pagado al ayuntamiento en tantos años? Y ¡¡que tonto yo cuando compré la casa que no supe preguntar sobre esto!! pero ¿Cómo se me iba a ocurrir si el resto de pagos estaban al día?

Tenía dos problemas que resolver en pocos días si quería recuperar algo de paz: por un lado, mi recién estrenado desempleo me pesaba como una losa; por otro la notificación del ayuntamiento me apretaba un poco más la soga de mis deudas. A pesar de todo, aquella mañana, decidí que al menos podía ordenar mis pensamientos en el parque del lago, intentando encontrar algo de claridad entre tanto caos.

He de admitir que no sé cómo se llama oficialmente el parque, a pesar de que está cerca de casa. Yo lo llamo el parque del lago, aunque no tiene lago alguno. Lo único que hay es un pequeño estanque con algunas ranas, unos cuantos patos y los inevitables mosquitos, residentes oficiales en verano. Un estanque en apariencia tranquilo, pero con su propia lucha, feroz, por sobrevivir, igual que yo. Aun así, el parque del lago es un lugar agradable para pasear y pensar, justo lo que necesitaba esa mañana. Y quién sabe, quizá dentro de unos años, cuando los árboles que plantaron el otoño pasado crezcan y den sombra, sea aún mejor.

Así que allí estaba yo, caminando hacia el parque, recorriendo los pocos más de seiscientos metros que separaban el portal de mi casa del estanque, cuando, a la altura del kiosko de Juan, me detuve a comprar un café para llevar. Fue al continuar mi paseo cuando la vi: una cartera tirada en el suelo, de esas que mi abuelo solía llamar mariconeras. Era un pequeño bolso de cuero, pensado para llevar en bandolera, ajado por los años, y la correa, llena de pequeñas marcas como cicatrices; todo ello aparentaba fragilidad, pero aún resistía con la dignidad de los objetos que se niegan a rendirse. Los herrajes hacía tiempo que se habían desnudado de su brillo dorado, dejando como testigo el rojizo opaco del latón. No tenía iniciales, ni marcas, ni nada que delatara a su dueño, aunque los arañazos y golpes eran tantos que parecía un cuadro de Pollock en miniatura.

El olor, sin embargo, era otra historia: una mezcla penetrante de sudor, tabaco y alcohol barato, impregnada de años de uso. Ese olor me transportó de inmediato a una escena de El Golpe: el vagón del tren lleno de humo y el aroma a ginebra aguada, mientras Henry Gondorff, interpretado por el increíble Paul Newman, se jugaba el tipo con una mezcla de elegancia y descaro que parecía imposible de igualar.

Eché un vistazo rápido al bolso y abrí el compartimento principal intrigado por lo que podría encontrar. Ya lo había observado antes: el cierre de cremallera estaba protegido por una solapa con un broche que hacía tiempo había perdido su brillo. Dentro encontré unos pañuelos de papel arrugados y un pequeño bolsillo interno, también cerrado con cremallera. Al abrir este último, apareció una foto en blanco y negro: una pareja de novios sonrientes, atrapados en un instante que ahora parecía lejano en el pasado. El papel estaba desgastado, agrietado como el cuero del bolso y con los bordes amarillentos y ligeramente doblados, testigo de los años pasados desde la fotografía.

Dejé la foto en su lugar y dirigí mi atención al segundo compartimento, el más pequeño, ese que estaría pegado al cuerpo si el bolso se llevara cruzado. La cremallera, aunque algo dura, cedió tras un breve esfuerzo. En su interior encontré un fajo de billetes, apilados y sujetos por una goma elástica que parecía a punto de romperse. No conté cuántos había, pero el color verde pálido y amarillo limón de los billetes de euro me dejó claro que había mucho dinero allí, tal vez suficiente para cubrir, como mínimo, tres o cuatro meses de subsistencia. Un sudor frío me recorrió mientras trataba de procesar lo que acababa de encontrar. La cantidad de dinero era abrumadora, y por un instante, no supe si sentir alivio o pánico.

Miré hacia atrás. Juan estaba atendiendo a un cliente mucho mayor que yo, con el que reía de muy buena gana. No podía ser de esa persona, pensé; no me había cruzado con nadie antes de llegar al kiosko ni después de comprar el café… ¿o sí? Por más que repasaba mentalmente los últimos minutos, no lograba recordar con certeza. Volví la mirada hacia el parque. Tampoco vi a nadie por ese lado. Y entonces me pregunté: «¿y ahora qué hago?»

Era mucho dinero. Yo lo necesitaba. No tenía trabajo, ni una manera de saber de quién era, ni siquiera una forma de confiar en que alguien me dijera la verdad si lo preguntaba. Todo el mundo querría esa cantidad. La sensación de pérdida y confusión se acumulaba; por un lado, debía pagar al ayuntamiento; por otro, tenía que sobrevivir. Aún sin saber cuánto había exactamente, me aferraba a la idea del dinero como si fuera la última oportunidad que me quedaba para salir adelante.

Podría llevarlo a la policía. Decir que me lo había encontrado cerca del kiosko de Juan, a media mañana, en la calle que va de mi casa al parque. Quizá, si nadie lo reclamaba después de un tiempo, el bolso y su contenido fueran míos. Pero ¿y si aparecía el dueño? Me quedaría sin nada. Además, no tenía idea de cuánto debía esperar para reclamarlo como propio. Pensé en la foto. Tal vez fuera una pista. Podría subirla a redes sociales, como Instagram o TikTok, y ver si alguien la reconocía. O a Facebook, porque si el dueño usaba alguna red, seguro que sería esa. Incluso me imaginé el impacto que tendría si la fotografía resultara más valiosa para el dueño que el propio dinero. Podría significar algo que el dinero jamás podría comprar.

Pero ¿y si el bolso pertenecía a alguien peligroso? ¿Un narcotraficante, tal vez? ¿O alguien peor? Esas personas tienen formas de recuperar lo que es suyo, y lo último que necesitaba era meterme en problemas con el hampa. Aun así, por un segundo, me pasó por la cabeza una idea absurda: ¿y si esta era mi oportunidad? Si lograba devolver el bolso y ganarme su confianza, quizás conseguiría algo a cambio, incluso un trabajo. Pero ¿qué clase de mundo sería ese? No. No quería saber nada de eso. Y mis deudas seguían ahí, apretándome como un lazo cada vez más ajustado. ¡¡Necesitaba el dinero y no sabía cómo conseguirlo!!

El paseo hasta el parque del lago no había sido más que una forma de escapar de mis problemas, como siempre hacía. Igual que un alcohólico bebe para olvidar o un toxicómano busca su dosis; igual que un vigoréxico no puede detenerse aunque su cuerpo se lo exija. La evasión era mi refugio, pero en ese momento, no parecía suficiente.

¿Y si el bolso era de un anciano? Me lo imaginé juntando sus ahorros durante años para ayudar a su nieto a comprarse una casa. Era una posibilidad real. Mucha gente, sobre todo los mayores, sigue creyendo que el dinero está más seguro en metálico. Pero también es un riesgo enorme. Si ese fuera el caso, sería desgarrador. Podía ver al anciano intentando explicar con voz temblorosa que ya no podía ayudar, y al nieto asintiendo con una mezcla de tristeza y resignación, sabiendo que la oportunidad de comprar su casa se había desvanecido como agua escapando entre los dedos.

Todavía no había revisado el contenido del bolso a fondo. Estaba en medio de la calle y no quería llamar la atención al sacar un fajo de billetes y sostenerlo en la mano como si nada. Intenté ser lo más discreto posible. Tal vez más tarde, ya en casa, podría vaciar el bolso por completo y revisar si había algo útil: una nota, una dirección o un número de teléfono. Incluso pensé que podría tener una etiqueta con un teléfono, como esas que usan para marcar la ropa de los niños en el colegio.

Mi inclinación, lo admito, era devolverlo. Pero también estaba preocupado por mí. Con el desempleo encima y las deudas acumulándose, ese dinero podría aliviar un poco el peso que llevaba. Después de todo, ya era hora de que el destino me diera un respiro. En la última semana, parecía haberse ensañado conmigo. Ahora no solo estaba sin blanca, sino que, si no encontraba una solución pronto, las cosas se pondrían aún peor.

No sabía qué hacer. No podía quedarme ahí parado, sujetando un bolso que acababa de recoger del suelo, mirando al vacío como un pasmarote. Con un café en la mano y la cartera en la otra, me sentía expuesto, vulnerable. Decidí seguir mi camino al parque. Ya resolvería qué hacer más tarde, al regresar a casa. Quizá, al revisar mejor el contenido, encontrara una dirección o un número de teléfono escondido entre las pocas cosas que había. Tal vez incluso en el mismo fajo de billetes. Pero la pregunta seguía rondándome: si supiera de quién es, ¿se lo devolvería?

A la vuelta del parque del lago, caminé por la misma acera, inquieto, con los ojos atentos por si se veía a alguien buscando el bolso. La fortuna quiso que no viese a nadie así, y eso me dejó con una extraña mezcla de alivio y culpa. Al llegar al kiosko de Juan, decidí comprar otro café y, de paso, recoger la última entrega de la colección sobre barcos del siglo XVIII que tanto me gustaba.

Juan, como siempre, parecía tener tiempo para todos. Era un hombre entrado en los cincuenta, con una calvicie incipiente que no hacía ningún esfuerzo por ocultar. Vestía una camisa blanca con el cuello ligeramente desabrochado y un delantal gris, manchado de tinta de los periódicos que manejaba todo el día. Siempre había sido amable conmigo, aunque tenía esa forma suya de decir las cosas, entre la broma y el comentario sagaz, que podía hacerte sentir observado más de lo que quisieras.

Cuando le pedí el coleccionable, me miró con su media sonrisa y me dijo: «Anda que no tienes suerte, Miguel, la gente siempre anda buscando cosas y tú a la primera obtienes lo que quieres.» Me quedé helado. ¿Qué quería decir? ¿Sabía algo del bolso? ¿O era simplemente un comentario sin intención, típico de Juan? Su mirada no me daba respuestas, pero sentí un escalofrío que encendió mi inquietud.

Salí del kiosko con el café en una mano y el coleccionable en la otra; las palabras de Juan retumbando en mi cabeza. Por un momento, me detuve en la esquina, con el corazón en un puño. La gente pasaba a mi alrededor, ajena a mi dilema, mientras yo intentaba descifrar lo que había detrás de esas palabras. Tal vez no sabía nada, tal vez lo había dicho sin pensar. Pero ¿y si no era así? ¿Y si sabía lo del bolso? ¿Y si esa frase, por simple que pareciera, encerraba algo más?

Respiré hondo. Ahora lo tenía claro. Había algo que debía hacer, algo que había evitado demasiado tiempo. Y esta vez, no iba a evadirme.

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