Categoría: Historias

Estos relatos son aquellos que narran historias por «capítulos».
Cada uno de los relatos es independiente,pero en conjunto hay una trama general que da unidad a la historia.

  • Los ojos donde naufragué (IV): El desayuno (2ª parte)

    Mientras se lo decía, noté cómo Alicia apartaba la vista por un momento, como si luchara con algo que no quería decir. Antes de que pudiera reaccionar, sus ojos se llenaron de lágrimas, y su rostro, normalmente seguro, se transformó en una imagen de fragilidad. Su voz tembló cuando me contestó

    — O sea que hay cosas que un hombre debe hacer y otras que no — apenas pudo decirme en un susurro al borde del llanto —Javi, ¿te acuerdas de cuándo te conté lo del divorcio de mis padres? ¿y el momento en que te lo conté? Fue un momento tan íntimo y especial para mi que nunca pensé que pudieras comentárselo a tus amigos. No sé si alguna vez te diste cuenta, Javi, pero aquello me dolió profundamente. Fue como si el lugar donde creía estar segura se desmoronara.

    — Es verdad —admití, sintiendo el peso de sus palabras como una losa—. No siempre he sido el más noble ni el más confiable. Siempre intenté serlo contigo, pero muchas veces no lo conseguí. Te hice daño, lo sé, y por eso te pido perdón, Ali. De corazón.

    — Ya no hay nada que perdonar. En aquel momento fue muy muy importante, pero luego con el paso del tiempo no es lo peor que he tenido que soportar. Además yo también te he hecho daño y casi siempre de forma consciente.

    — Sí. Alguna vez me has hecho daño también.

    — Como cuando me fui de repente o como cuando te hice quedar como un cornudo por Bernardo. En verdad, lo fuiste.

    — Lo sé, Alicia —dije, usando su nombre completo. Sabía que eso le iba a impresionar; casi nunca lo hacía—. Sé lo que hiciste. Pero no puedo, no pude retenerte. De eso me di cuenta más adelante, con los vaivenes de la vida. Entendí que tenías que buscar otros puertos donde arriar tu velero.
    Alicia arqueó una ceja, y su expresión pasó de la sorpresa a la curiosidad.
    — ¿Eso es de alguna canción? ¿Lo de arriar el velero?
    Sonreí con una mezcla de nostalgia y algo de vergüenza.
    — Sí. Es de «Como un explorador», de Sabina. Siempre me ha gustado… Aunque, siendo honesto, no me siento identificado del todo. Sabina canta como si todo estuviera ya superado, como si la ruptura fuera agua pasada y la vida siguiera adelante sin mirar atrás.
    Hice una pausa, dejando que las palabras resonaran entre nosotros antes de añadir:
    — Yo… aún no he llegado ahí. Quizá por eso la canción me toca tanto, porque me recuerda que debería haber seguido navegando hace tiempo, pero no lo hice.
    Por un momento, Alicia pareció reflexionar. Sus ojos se suavizaron, como si entendiera algo que hasta entonces no había querido ver.
    — Yo también me siento identificada con una canción —dijo, casi en un susurro—. «Bird on the Wire», de Leonard Cohen. La escuché anoche y… no pude evitar llorar. Me veo reflejada en esos versos, en esa lucha por ser libre, aunque haya cometido tantos errores en el camino.
    — Sí, sé qué canción es, pero ahora no puedo recordar toda la letra —admití, aunque algo en su tono me hizo querer buscarla en cuanto estuviera solo.
    — Habla de arrepentimientos y de intentarlo… aunque no siempre salga bien. Es triste, pero también hay algo de esperanza.
    Sus palabras quedaron flotando entre nosotros, y por un momento no supimos qué decir. Finalmente, Alicia me miró directamente, como si intentara decirme algo más de lo que podía expresar.
    — Si quieres, Javi, puedes escucharla cuando nos hayamos despedido. Parece que está hecha para mí.
    No supe qué responder. Sus palabras, llenas de resignación y fuerza, dejaron una sensación extraña, como si me pidieran que entendiera no solo su pasado, sino también el mío. Sentí que estábamos en un punto en el que el silencio hablaba más que cualquier frase. Pero justo cuando parecía que algo más iba a emerger, la camarera llegó con la comanda.
    — Aquí tienen —dijo en un tono bajo, casi tímido, como si hubiera percibido la tensión entre nosotros.
    El momento de conexión que estábamos construyendo se desmoronó por completo. Alicia y yo intercambiamos una mirada breve, cargada de esa incomodidad que surge cuando algo importante queda sin decirse.
    Fui yo quien rompió el silencio, girando la conversación hacia otro tema.
    — ¿Y tus hijos? ¿Qué tal llevan lo de su padre?
    Alicia suspiró, como si estuviera despejando el peso de sus propias palabras para pasar a algo más práctico.
    — Bueno, ellos eran pequeños cuando salieron los problemas y lo detuvieron. Apenas se dieron cuenta. Lo que llevaron peor fue que, cuando comenzó a huir, era un no parar de abogados, psicólogos, trabajadores sociales, jueces… ¡Oh, Dios, eso sí que fue duro!
    »Luego ocurrió que se acostumbraron. Primero a un padre bastante ausente y luego, cuando se mató en la persecución, no fue más que un paso más. Pasó de ser un padre esporádico a un padre completamente ausente.
    Me quedé observándola mientras hablaba. Jamás había visto a Ali tan indiferente sobre un tema. Me lo contó como quien lee la lista de la compra, con una frialdad que no había esperado. Pero al mismo tiempo, noté una dureza en su tono, como si cada palabra fuera un recordatorio de lo que había soportado.
    » Al final yo era quien los atendía, los llevaba al cole, los recogía si estaban enfermos, los llevaba y traía al deporte de turno… En fin, que Bernardo era el que se suponía que traía dinero, pero resultó ser rana. Muy rana. Menos mal que hizo algunas cosas bien: me exigió la separación de bienes el día que nos casamos y arregló los papeles para que la casa donde vivimos fuese nuestra. Dinero no nos dejó ni mucho ni poco, pero al menos tenemos un techo bastante cómodo donde vivir y con mi sueldo voy tirando.
    Había algo en su forma de decir «Bernardo» que me dejó helado. No era rabia, ni odio puro, pero tampoco dolor, ni rencor. Casi parecía que se alegraba de que no solo hubiese salido de su vida, sino de que ya no existiera. Era como si el simple hecho de que estuviera muerto le hubiera dado la paz que nunca tuvo en vida.


    — Ya. Jo. Debió ser muy duro todo aquello —le dije, más para tener una salida que para que continuara hablando.
    Ella asintió, y por un momento pareció querer añadir algo más, pero al final se limitó a tomar un sorbo de café. 

    — En fin, pero eso fue hace ya unos pocos años, y los chicos ni se acuerdan ni lo mencionan mucho. ¿Y tú? ¿Qué tal tu vida? Apenas sé lo que pones en redes y no es mucho, la verdad. No te dejas que te espíe.

    Mientras Ali hablaba de sus hijos con una mezcla de pragmatismo y desapego, sentí cómo algo dentro de mí cambiaba. No podía esperar que la mujer frente a mí fuera la misma chica de hace tantos años. Habíamos cambiado, y yo tenía que aceptarlo. Había en ella una dureza que no recordaba, pero también algo nuevo, una chispa que no terminaba de identificar.

    — Pues no te puedo decir más que lo que ya sabes. Estuve en la empresa aquella ganando ná y menos, pero me salió ser jefecillo en la que estoy ahora y no me quejo. Puedo comer y tengo un techo para vivir. No es gran cosa, pero pago bien la hipoteca y sin lujos puedo permitirme algún capricho.

    — No. No me refiero a eso —dijo Alicia, y posó una mano sobre la mía.

    El gesto fue inesperado. Su piel era cálida, y la sensación de su contacto me dejó paralizado por un instante. No era un gesto calculado, o al menos no lo parecía. Había en él algo instintivo, como si quisiera decirme algo que no podía expresar con palabras.

    — Me refiero a ti, no a tu trabajo, Javi… Perdona —añadió rápidamente, y retiró la mano con cierta torpeza, como si temiera haber cruzado un límite.

    — Por favor, vuelve a colocar la mano sobre la mía —le pedí, intentando que mi voz sonara más tranquila de lo que realmente estaba.

    Alicia dudó por un instante, pero luego lo hizo. Esta vez fui yo quien giró la mano, ofreciéndole la palma hacia arriba. Su gesto dejó de ser solo un contacto y se convirtió en algo más íntimo, como si cada pliegue de nuestras manos recordara lo que habíamos sido. Por un segundo, nuestros dedos parecieron buscarse, y el mundo a nuestro alrededor se desvaneció. Mientras Alicia posaba su mano sobre la mía, me di cuenta de cuánto tiempo había esperado un momento como este. Pero al mismo tiempo, sentí una tristeza inexplicable: sabía que no éramos los mismos, que la conexión que una vez tuvimos ahora era más frágil, como las cenizas de un fuego que alguna vez ardió con fuerza.

    — Es que no me imaginaba que tuvieras ese gesto —añadí—. Mi vida mía, es como cuando te fuiste. Nada. Intenté rehacerme y en cierto modo lo conseguí, pero no encontré a nadie que llenase tu hueco, la hondonada que me dejaste. Sólo puedo decir que tuve un intento de relación seria, pero no prosperó. Así que me he quedado varado en dique seco. Mi hermano y mi sobrina viven lejos, y apenas los veo. El trabajo no me deja mucho más que hacer o pedir.

    Alicia retiró su mano con suavidad, y vi en sus ojos algo que no supe descifrar, una mezcla de comprensión y algo más, tal vez pena.

    — Ya veo —dijo, con una sonrisa que no llegó a ser del todo alegre—. No sé, Javi, siempre fuiste fuerte, o eso me pareció. Pero ahora… te veo… como más tranquilo, más… no sé… ¿resignado? No es malo, pero me hace pensar.

    Su tono era suave, como si caminara sobre un terreno delicado.

    — No sé si es resignación, Ali —le contesté, eligiendo cuidadosamente mis palabras—. A veces creo que es más bien aceptar que la vida no siempre sale como uno espera. Pero otras veces siento que me he rendido antes de tiempo

    Una vez que hubimos tomado por completo el desayuno y hacía tiempo que nos habían retirado los platos, sentimos la necesidad de continuar la conversación paseando, dejando que las suelas de los zapatos nos llevaran sin rumbo fijo. Nos perdimos entre el gentío que, a última hora de la mañana de aquel sábado, inundaba las calles del centro. Las vías peatonales eran un hervidero de vida, de voces y pasos entrecruzados, el tipo de bullicio donde apetece desaparecer de vez en cuando.

    Al pasar junto a la vieja morera, mi atención se desvió hacia su tronco desgastado y sus ramas, que apenas lograban sostener unas pocas hojas al sol de mayo. Era un árbol vetusto, ajado por el tiempo, pero que aún se aferraba con terquedad a la vida. Me recordó los versos de Machado sobre aquel olmo viejo de Soria, al borde de la muerte, pero con un último brote de esperanza. Había algo profundamente humano en esa imagen: una lucha silenciosa contra lo inevitable, un deseo de mantenerse de pie aunque el tiempo te haya despojado de casi todo.

    No pude evitar verme reflejado en aquel tronco. Mis raíces alguna vez fueron fuertes, pero ahora parecían sostenerme apenas con esfuerzo. Mi esperanza tambaleante se parecía al verde frágil de sus hojas, resistiendo a duras penas el paso de los años. Alicia caminaba junto a mí, ajena a mis pensamientos, y me pregunté si nuestra historia también se había convertido en un recuerdo, algo que una vez floreció con fuerza, pero que ahora vivía únicamente en mi memoria.

    Mientras mi mente seguía atrapada en las comparaciones con la vieja morera, Alicia se detuvo y me miró.

    — Javi, ¿puedo pedirte algo? Tómame la mano, como cuando éramos novios. Aunque sea por un momento. Lo necesito.

    Su voz tenía un tono que no recordaba, una mezcla de nostalgia y algo que no pude identificar. Obedecí casi sin pensar, y el contacto me dejó una sensación extraña: no era como antes, pero aún tenía algo de lo que habíamos perdido. Su piel seguía siendo cálida, familiar, pero ya no despertaba en mí el mismo fuego de antes. Era una conexión distinta, más frágil, como un eco de lo que habíamos sido. Durante unos segundos conectamos, incluso me pareció que el sol brillaba más, pero luego soltó mi mano.

    — Gracias, Javi. De verdad, gracias.

    No supe qué contestar, así que tan solo le abrí la puerta del coche y esperé a que ella entrara. La vi sentarse y ajustar el espejo retrovisor antes de arrancar. Había algo en su mirada que parecía despedirse, pero no supe si era de mí o de lo que habíamos sido.

    — ¿Nos volveremos a ver, Javi?
    — Cuando tú quieras, Ali.
    Ella esbozó una sonrisa que parecía contener más de lo que decía.
    — Ahora se avecinan semanas de locura hasta final del curso, y en verano nos vamos al pueblo con mi padre y mis tíos. Pero a finales de agosto, Ana empieza un torneo en un nuevo equipo. ¿Quieres conocer a los mellizos?
    El ofrecimiento me descolocó. Era más que una invitación informal; era abrirme una ventana a la vida que había construido sin mí.
    — Me encantaría, Ali —contesté, tratando de ocultar mi mezcla de nervios y curiosidad.
    — Nos vemos por guasap, entonces. No te me pierdas de nuevo.
    — No lo haré.

    La vi cerrar la puerta del coche con cuidado, como si quisiera asegurarse de que no rompía algo más en el proceso. Encendió el motor y, mientras se incorporaba al tráfico, me quedé mirándola hasta que desapareció entre las calles. Pero esta vez no sentí el vacío que me ahogó hace años. Habíamos cambiado, y eso estaba bien. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía recordar lo que habíamos sido sin el peso de lo que no llegamos a ser.

    La invitación a conocer a los mellizos seguía flotando en mi mente. No era solo un gesto de cortesía; era un puente hacia algo nuevo. Quizá no se trataba de revivir un fuego extinto, sino de aprender a caminar juntos entre las cenizas, con el paso lento y cauteloso que dan los que alguna vez se perdieron.

  • Los ojos donde naufragué (III)

    Una vez que los mellizos se hubieron ido a dormir, Alicia encontró un momento de tranquilidad y soledad para ella misma. Se fue a la cocina y se preparó una buena jarra de leche; tomó unas galletas y se sentó en el sofá del salón, bajo la lámpara de pie, regalo de boda de sus suegros, un adefesio barroco que no le gustaba, ni tampoco lo que le recordaba: aquellos suegros que un día parecían cercanos pero que, desde que Bernardo tuvo problemas con la justicia, le dieron la espalda. Cuando los mellizos dejaron de creer en los Reyes Magos, también ellos dejaron de creer en sus nietos, como si su papel en sus vidas hubiese terminado junto con esa ilusión infantil. A pesar de todo, la lámpara seguía allí, como un testigo mudo de las ruinas que Alicia había tenido que reconstruir sola. Por un instante, se preguntó por qué no la había tirado junto con tantos recuerdos incómodos. Pero la respuesta era evidente: a pesar de todo, esa luz cálida que emitía llenaba la habitación de una calma extraña, como si le recordara que, incluso en los días más oscuros, aún quedaba espacio para algo parecido al hogar.

    Notaba sus ojos humedecidos y decidió que necesitaba algo que la ayudara a soltar esa tensión acumulada. Se levantó lentamente y se acercó a la colección de discos que había ido recopilando con los años. Pasó la vista por las carátulas, pero ninguna parecía adecuada. Dio otro vistazo y encontró un disco de Leonard Cohen, donde destacaba Bird on the Wire. El canadiense siempre le sonaba tristón y algo sombrío, pero en ese momento no buscaba alegría; necesitaba algo que resonara con su melancolía.

    Colocó el CD en la pletina y dejó que la voz grave y quebrada de Cohen inundara la sala. Era como un confesor que, sin juzgarla, le ofrecía un refugio para sus pensamientos. Las primeras notas le acariciaron el alma como si estuvieran hechas para ella, para este momento exacto. Esa canción la retrataba.

    Aprovechó el momento para ir a comprobar cómo estaban Carlos y Ana. Hacía tiempo que habían dejado de ser niños, pero todavía no eran adultos, al menos no completamente. Los encontró en sus camas, respirando con la paz que solo los jóvenes pueden tener. «Todavía me necesitan,» pensó mientras los observaba. «No solo para las cosas prácticas, sino como un faro. Si yo tambaleo, ellos pierden el norte.»

    Lo que pasara mañana en el desayuno, fuera lo que fuera, no podía permitirse que ellos lo percibieran. Alicia no tenía el lujo de flaquear. Sus hijos la necesitaban más que ella misma. Cerró las puertas con cuidado y regresó al sofá, sintiendo cómo Cohen seguía llenando la sala con su melancolía medida.

    Volvió a sentarse en el sofá, y con la media galleta que había dejado, jugando con ella entre los dedos, se sumió nuevamente en sus pensamientos. Cohen cantaba For the heart with no companion, for the soul without a king, y Alicia no pudo evitar sentir que esas palabras estaban hechas para ella. Dejó que esa melancolía compartida la envolviera, mientras la última nota se desvanecía en el aire, dejando tras de sí un silencio cargado de promesas inciertas.

    Alicia dejó que el eco de la voz de Cohen se desvaneciera en la habitación mientras sus pensamientos tomaban la palabra. Javi apareció en su mente, como lo hacía con más frecuencia de la que estaba dispuesta a admitir.

    » Pobre Javi, qué poca cosa era en la universidad. Pero cuántas veces pensé que tenía horchata corriendo por sus venas en lugar de sangre… ¡¡Qué pánfilo podía llegar a ser!!» Recordó aquella vez en que el Tigre, ese gran idiota que aún deben tener a sueldo en la universidad, la dejó en evidencia frente a todo el grupo por no seguir las normas de la bibliografía en un trabajo. El chaparrón de críticas y humillaciones la había dejado atónita. Allí estaba Javi, el hombre con el que ya había compartido más que miradas e intimidad, sentado en silencio. No dijo nada. Ni una palabra. Fue El Chispas quien intentó calmar la situación, moviéndose con gran malabarismo porque los cuatro se jugaban la asignatura. «¿Quién era la otra persona que estaba allí con nosotros?» pensó, pero la memoria no le devolvió el rostro. «Bueno, tanto da. Aquel día me dejó a los pies de los caballos. Y, sin embargo, ¿qué esperaba? Javi nunca fue de alzar la voz, nunca fue de enfrentarse a nada.»

    Sus pensamientos se desviaron hacia sus hijos, hacia los retos que ellos enfrentarían y las batallas que tendrían que librar.

    » Espero que a estos dos no les pasen esas cosas,» murmuró en voz baja. «Aunque, pensándolo bien, les pasarán como nos ha pasado a todos. Siempre hay algún imbécil con el que te cruzas y que te hace la vida imposible. Bullying, lo llaman ahora, creo. Maldad. Simple y pura maldad es lo que es.» Su preocupación se centró en Carlos, con su carácter impulsivo y su sangre ardiente. «Cuando se encuentre con uno de estos, ¿cómo lo manejará? ¿Se le atragantarán como se me atragantó aquel maldito profesor? Ana, en cambio, es más prudente. Parece que va a poder capear el temporal. Veamos.»

    Con un suspiro, volvió a Javi. No podía evitarlo. » Y luego está que, al menos, encuentren a alguien con quien compartir momentos buenos,» pensó. Como aquel día en que, al regresar de una reunión en Soria, Javi le preparó una cena. «¡Por Dios, qué mala estaba!» rió para sí misma. «Pero el pobre se lo curró un montón: velitas encendidas, una rosa en un vaso de agua y un vino que parecía ácido sulfúrico. Ha sido la mejor cena de mi vida.» Se detuvo un instante, dejando que el recuerdo la inundara. Nadie sabía lo que una necesitaba después de un día agotador, y Javi lo había entendido. Incluso había preparado un baño caliente con sales, un lujo que terminaron compartiendo entre risas y caricias. Esa noche no existía el mundo fuera de ellos, solo su complicidad, sus cuerpos entrelazados y la certeza de que, por un instante, eran invencibles.

    Alicia tomó la última galleta del plato y la mordisqueó con lentitud. La leche en la taza estaba tibia, pero no importaba. Miró alrededor del salón, con su luz cálida y las sombras que se alargaban en las esquinas. En otro tiempo, este momento habría sido una simple pausa en su día, pero ahora se sentía como un reflejo de su vida: fragmentada, pero aún en pie.

    Leonard Cohen seguía cantando, su voz grave y melancólica llenando el espacio. Alicia cerró los ojos y dejó que las últimas notas la envolvieran. «Like a bird on the wire…» murmuró para sí misma, repitiendo las palabras como si fueran un mantra. No eran solo de Cohen, eran suyas también.

    Se levantó del sofá, apagó la música y miró hacia el pasillo que conducía a las habitaciones de Carlos y Ana. «Todavía me necesitan,» pensó, ajustándose la bata y tomando aire. Mañana sería otro día, y con suerte, uno menos cargado. Pero eso no importaba. Por ahora, tenía que ser fuerte. Cerró los ojos un instante más y dejó que el silencio tomara el lugar de Cohen.

    Cuando se dirigió al dormitorio, no pudo evitar pensar que el día había sido más largo de lo habitual. Pero también más revelador.

  • Los ojos donde naufragué (II)

    Entré en el parque y elegí salir del camino principal adoquinado. En vez de eso, opté por ir por un camino lateral adentrándome en la parte más arbolada y solitaria del jardín. Este sendero lateral estaba cubierto de grava fina, y mis pasos producían un sonido rítmico que se mezclaba con el canto de un mirlo escondido entre la maleza. Los árboles formaban un pasadizo natural que filtraba la luz. Merecía la pena el rodeo para llegar al lago por esta ruta más tranquila y fresca.

    Al llegar al chiringuito, el mobiliario desgastado de la terraza captó mi atención. Elegí una mesa apartada, la más vieja a juzgar por sus patas desiguales y la pintura blanca desconchada. El hierro fundido de la mesa, con sus patas desiguales y la pintura desconchada, era un testimonio silencioso de que nada escapa al tiempo, ni siquiera lo más sólido. Pensé en mis propias marcas, invisibles para la mayoría, pero tan reales como esas grietas. Al igual que esta mesa, yo también seguía aquí. Al final, todos acabamos siendo jirones.

    En estas cuestiones estaba yo pensando cuando se me acercó un camarero algo desgarbado; se trataba de un jóven espigado, rubio y enjuto que con amabilidad mal fingida fue a tomar nota del pedido:

    — Un café.

    — ¿Solo? ¿Con hielo?— no le dejé acabar.

    — Solo, gracias — y cuando se hubo retirado un poco me acordé de que Ali siempre tomaba café bien cargado.

    — ¡Por favor! — llamé. Y cuando el chico se dió la vuelta le contesté — ¡Que esté bien cargado, por favor!

    El camarero asintió y se fue a prepararlo con desgana, y yo me quedé sumido de nuevo en mis pensamientos.

    Una leve brisa mecía las hojas de los árboles y permitía soportar mejor el calor. Aunque no lo había hecho a propósito me había situado en una zona bastante sombreada de la terraza, lo cual era de agradecer. Un gran plátano que debería tener unos treinta metros de altura, extendía sus ramas de forma generosa sobre la zona donde me hallaba sentado. Pero no era una sombra espesa y la leve brisa que corría jugaba con las hojas produciendo sobre mi mesa sombras que iban y venían.

    A lo lejos se veía el lago. Tenía una forma más o menos elíptica y a un lado aparecía una pequeña isla donde una garza se erigía en vigilante accidental. Enfrente de la isla un gran surtidor lanzaba un gran chorro de agua a una altura considerable. Calculé que ambos elementos estaban localizados en los focos de la elipse.

    La isla tenía una pequeña arboleda que parecía la ampliación de una composición de varios bonsai. Había algunos abedules, unos pocos arces y sorprendentemente un pino piñonero cuya forma y disposición dejaba claro que no estaba en el lugar adecuado para su especie. Había también algún matorral o quizá árboles pequeños que no alcancé a distinguir desde la distancia. Pero en conjunto, la isla constituía un buen refugio para muchas de las aves acuáticas que nadaban en el agua ajenas a algún milano que sobrevolaba de vez en cuando.

    El lugar era inmejorable para los pájaros. En medio de una ciudad, con multitud de personas ahuyentando a los posibles depredadores y con esas mismas personas alimentándolos directamente con golosinas compradas en el mismo chiringuito o bien con la comida que los seres humanos vamos dejando por todos los lugares donde medramos. ¡¡Qué más querían para poder vivir!!

    Fue entonces cuando llegó una camarera con el café, equilibrándolo sobre la bandeja con su andar seguro. Su rostro reflejaba la melancolía de quien se resiste a dejar escapar su juventud. Me dejó la taza con una sonrisa breve, apenas un gesto, pero algo en la inclinación de su cabeza al retirarse me llevó de vuelta a otro tiempo.

    Cerré los ojos para recordar y allí estaba Alicia, en la facultad con esa coleta despeinada que se arreglaba frente al espejo del baño. La camiseta ligeramente húmeda por el calor del sótano de la cafetería, pegándose a su espalda, ceñida sobre sus pechos, lanzando un beso a mi reflejo en el cristal: «y esto para ti, rubito»; como un secreto compartido. Era un eco de algo que probablemente ya no existía, pero que seguía dentro de mi.

    El café estaba cargado. Amargo y caliente era igual que aquel que tomamos en la cafetería de la universidad. Pero no era solo el café. Tenía la sensación de estar resucitando sentimientos que hacía mucho tiempo que creía olvidados.

    El café se enfriaba en la mesa mientras jugaba con la taza en mis manos. Intentaba decidir si la opresión que sentía era emoción o miedo por el desayuno del día siguiente. ¿Cómo sería verla después de tantos años? ¿Podría mirarla a los ojos sin sentir que estaba volviendo a caer en ellos? No sabía cómo íbamos a reaccionar, cualquier escenario que imaginaba no era más que una idealización de un pasado que ya no existía.

    Quizá Alicia no viera en mí al joven que conoció y quizá yo tampoco me reconocería en ese reflejo. Habían pasado muchos años, muchas batallas para que me viera como el hombre que fui. O quizá sí. Si aún quedaba algo de ello en mi, seguro que Alicia sería capaz de verlo. Mañana frente a esos ojos tal vez encontraría una respuesta. O tal vez solo más preguntas.

    Un balón irrumpió en la quietud de mis pensamientos, aterrizando en la mesa de al lado con un golpe seco que me sobresaltó. Dos chavales corrieron a buscarlo, arengados por un hombre que, a juzgar por la filípica que les estaba lanzando, debía ser su padre. Me pidieron disculpas, aunque el balón ni siquiera había llegado a rozarme, y se alejaron bajo la mirada severa del camarero espigado que en ese momento atendía la barra.

    Ese pequeño incidente me llevó a pensar en los hijos que nunca tuve y en los que, con casi total seguridad, ya no tendría. Alicia y yo jamás hablamos de paternidad; era un tema que quedó suspendido en el aire cuando se fue de mi vida. Alicia había construido algo que, aunque imperfecto, tenía raíces: hijos que la miraban con los mismos ojos en los que yo me perdí. Yo, en cambio, no tenía nada que me anclara, nada que esperara mi regreso a casa. Incluso las paredes de mi piso parecían ajenas, como si nunca hubieran aprendido mi nombre. Al final, estaba solo.

    Mi familia más cercana era mi hermano, que vivía a casi 300 kilómetros, con una hija encantadora de cinco años a quien apenas veía dos o tres veces al año, con suerte. ¿Con Alicia habría sido diferente? Quién sabe. Pero lo que sí sabía era que nunca había vuelto a sentir la profundidad de conexión que tuve con ella. Ni de lejos. Si el ser humano está hecho para vivir en sociedad, la sociedad más importante es la que construyes bajo tu propio techo. Y yo no tenía nada.

    El café seguía enfriándose. Levanté la vista lo justo para ver a una pareja de abuelos con su nieto alimentando a una bandada de gorriones. Los pájaros se disputaban con ferocidad los gusanitos que les lanzaban, y la escena me invadió con una melancolía que casi dolía. Si hoy pasara el tiempo y me despertara con veinte años más, no tendría con quién compartir ni un gesto tan simple como el de esos abuelos. Vivimos y, como cantaba Fabrizio de André, «quando si muore si muore soli», pensé; pero es mucho mejor compartirlo con alguien.

    La tarde avanzaba y no dejaba de pensar en Alicia. ¿Qué pensaría ella de mí ahora, después de tanto tiempo? ¿Sería capaz de verme como algo más que una sombra del joven que conoció? Yo tampoco estaba seguro de cuáles eran mis sentimientos hacia ella. ¿Seguía amándola o solo amaba el recuerdo idealizado de lo que fuimos? ¿Y ella? ¿Podía sentir algo similar, o los años habrían erosionado cualquier rastro de lo que una vez compartimos?

    Alicia había vivido una vida sin mí: un matrimonio que terminó mal, hijos, problemas. Yo, en cambio, me había aferrado a una rutina gris que, sin darme cuenta, me había absorbido por completo. ¿Qué podría ofrecerle ahora? ¿Un Javi desgastado por reuniones interminables y sueños abandonados? ¿O simplemente el eco de un joven que ya no existía?

    Mis pensamientos se detuvieron al contemplar el parque, donde el sol empezaba a descender. La luz bañaba la escena con un tono dorado, proyectando sombras cada vez más tenues sobre la grava. Tal vez el amor no era más que esto: estar dispuesto a intentarlo, a equivocarse, y a volver a intentarlo una vez más. O quizás era solo una ilusión que nos contábamos para llenar el vacío. No lo sabía. Al día siguiente, frente a Alicia, tal vez encontraría algunas respuestas. O tal vez sólo más preguntas.

    Pagué la cuenta y me levanté de la mesa, dejando medio café, frío, aún en la taza. El sol ya se retiraba discretamente, tiñendo el cielo de un arrebol púrpura que se colaba entre las hojas de los árboles. Al pasar junto a la camarera, le dejé una propina que casi duplicaba la cuenta. No era por el café, sino por algo que aún hoy no sé nombrar, un eco lejano de lo que fui o tal vez una promesa de lo que aún podría ser.

    El camino a casa estaba lleno de ese silencio que solo el final del día sabe traer. Caminé acompañado por mi pasado, sintiendo sus pasos a mi lado. Mañana, frente a Alicia, tal vez descubriría si aún quedaba algo de aquel joven en mí, o si lo único que teníamos era un reflejo de lo que pudo ser. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro parecía más importante que el pasado.

  • Los ojos donde naufragué (I)

    — Sigues teniendo los ojos donde siempre naufragué.

    Alicia se sobresaltó. No esperaba encontrarme allí, ni creo que imaginase siquiera encontrarme en algún momento en ningún sitio.

    — Gracias, Javi, pero de aquello ha pasado media vida. Ya no somos lo que fuimos, ni seremos nuestros recuerdos.

    — ¡Ja, ja! Sí, tienes razón, pero que nos quiten lo bailao —me miró condescendiente—. Ya sé que todo aquello acabó, pero déjame tener un poco de nostalgia.

    Y así fue cómo saludé a Alicia después de más de veinte años sin saber nada de ella. Algunas veces apenas podía ponerle rostro a mi recuerdo de ella, pero aquel día, en esa calle abarrotada de turistas castigados bajo el sol que ya empezaba a hacer estrago, no tuve duda cuando la vi. Y al contrario que la canción de Sabina, yo sí hice por acercarme a ella y saludarla. Y volver a hablar con ella.

    Su voz había envejecido de manera agradable; al igual que su rostro, pero los ojos seguían iguales. No era un cumplido lo que le dije sobre ellos, aunque ella sí lo tomó así. Esos ojos del color de un día claro de invierno en lo alto de la montaña a la que tantas veces habíamos subido. Cristalinos. Tenían algo hipnótico que me atraía y me hacía tropezar una y mil veces. No sé, quizá fuera el color, o la forma en que las cejas los abrazaban o vete tú a saber qué; pero el caso es que nunca he podido dejar de pensar en ellos. Muchas veces no recordaba su rostro, sí. Pero nunca, nunca se me ha acabado la imagen de sus pupilas todos y cada uno de los días de estos casi veinticinco años.

    — ¿Te puedo invitar a un café?

    — No puedo, Javi. Lo siento de veras. Salgo volada de una reunión y tengo que ir a recoger a los mellizos. Otro día quizá.

    Y se fue sin más. Sin decirme «llámame». Me quedé como Javier Krahe rondando Marieta. Esa sensación de vacío me acobardó tanto que no tuve fuerzas para decir nada, tampoco para seguirla, y ya no pude entrar en El Corte Inglés a comprar un regalo para mi sobrina; tendría que ser otro día. Decidí continuar caminando hasta el parque cerca de casa, donde me tomaría un café en el chiringuito al lado del pequeño lago. Sin duda casi una hora de andar me vendría bien para relajar la «flojera» que me había entrado. A esa hora, el aire del parque traería un leve olor a tierra húmeda como cada tarde. La luz dorada de la tarde se filtraría entre las ramas de los árboles, derramando manchas de sombra en el suelo. Podría observar las escenas entre niños, padres y patos, con algún chapoteo ocasional de alguna ave y el murmullo de las conversaciones que flotaban en el ambiente. Todo parecía transcurrir a un ritmo más pausado allí, como si el parque tuviera su propia manera de medir el tiempo. Sin duda, todo esto haría que me distrajera.

    No era una sensación nueva. Hace veinticinco años fui a despedirla a la estación de autobús porque iba a estudiar un máster a otra ciudad. Recuerdo el bullicio de la estación, el constante anuncio de salidas y llegadas por los altavoces y algún pitido ocasional de los coches de linea en los andenes cercanos. Ella llevaba un equipaje ligero, pero en su mirada se intuía una mezcla de nerviosismo y prisa. Su despedida fue apresurada y a la vez imposible de cumplir. Como ahora. «Nos veremos cuando nos veamos, Javi», me dijo con una sonrisa tensa antes de perderse entre la multitud. Ya ha llovido.

    Durante el camino a casa tenía una tormenta ebullendo dentro de mí. Compañeros de clase desde no sé cuándo, acabamos estudiando la misma carrera en la misma universidad. Un día me di cuenta de que buscaba su mirada y su compañía y ella no me rechazaba. Al final me armé de valor y di el paso. No me arrepiento. Esos meses fueron apasionantes en todos los sentidos.

    Un día de inicios de un verano, alguien nos dejó un coche destartalado que apenas pudimos hacer mover hasta el pie de la serranía cercana, y nos dispusimos a subir a un vértice geodésico que había en lo alto. Cuando nos dimos cuenta, estábamos perdidos en medio de un cervunal donde un arroyo local se remansaba en una pequeña laguna. Decidimos pasar allí la tarde contemplando desde más de media ladera el amplio valle que se extendía en derredor. Sin más compañía que el ganado que pastaba durante la temporada en aquel paraje. No voy a contar qué ocurrió, pero tú, lector, te lo puedes imaginar: hacía calor, éramos jóvenes, estaba empezando el verano y no teníamos más compañía que nosotros mismos. Al final se nos hizo de noche y, por fortuna, conseguimos llegar de vuelta a través de un paisaje pintado de plata por la luna. Volvimos muchas veces allí, unos días acompañados de más gente y otros solos; y finalmente encontramos el camino al vértice geodésico un día claro de invierno.

    Durante la semana asistíamos a las clases y estudiábamos todo lo que se nos ponía por medio, pero los fines de semana eran para nosotros, concupiscentes. Siempre teníamos algo entre manos, y nos apañamos para estar juntos, como aquella vez que un profesor propuso un censo de estorninos de la ciudad. A nosotros los pájaros nos gustaban lo justo: ni mucho, ni poco; éramos más aficionados a la entomología, pero nuestros paseos de fines de semana nos permitían conocer bastantes parajes cercanos donde paraban en invierno muchas especies de aves. No eran grandes aglomeraciones de pájaros, pero sí lugares donde se veía que descansaban unos pocos días para continuar la migración bien al sur, bien al norte, según la época del año. Alicia se las apañó para engatusar al profesor y, finalmente, el Departamento de la Universidad nos concedió una beca para estudiar aquellos lugares. Eso nos permitió tener algo de dinero, y varias asignaturas medio encarriladas, así como nuestros proyectos de fin de carrera. Alicia era así: vehemente. No se le ponía nada por delante. Capaz de conseguir todo lo que se propusiera. Alicia era sublime. Sin embargo, ahora, después de nuestro reencuentro, percibía algo distinto en ella. Tal vez la prisa por los mellizos o los años vividos la habían apagado. Seguía siendo una fuerza de la naturaleza, pero había en su voz y en sus gestos un matiz de fatiga, como si el tiempo hubiera dejado una marca que antes no estaba. No podía evitar preguntarme si también había cambiado la manera en que me veía a mí.

    Ahora me había vuelto a dejar con la miel en los labios. Hacía tiempo que no contestaba a mis mensajes a través de WhatsApp o Facebook o LinkedIn; solo las típicas felicitaciones de Navidad y cumpleaños. Ambos sabíamos dónde trabajábamos cada uno y dónde vivíamos. Pero no teníamos contacto a pesar de vivir y trabajar muy cerca. Era muy raro que solo nos hubiésemos visto este día en un cuarto de siglo.

    Conocía bastantes cosas de Alicia, pero muchas se me escapaban. Se había casado con todo un personaje llamado Bernardo que no le tenía mucho aprecio y que empezó a tener problemas con la justicia debido a unos chanchullos que habían acabado por salir en los periódicos. Eso hizo mucho daño a Alicia y su familia, y se divorció de él. Finalmente, el tal Bernardo no se presentó en el juzgado un día y le declararon en fuga o en rebeldía o en algo de eso. El caso es que un día le perseguía la Guardia Civil por una carreterucha de montaña de tres al cuarto y, en una curva, perdió el control y se despeñó no menos de trescientos metros ladera abajo. Ese día sí habé con Alicia, aunque más bien lo que hice fue estar con ella sentada un rato antes de ir al tanatorio del padre de sus hijos.

    Los mellizos se llamaban Ana y Carlos, tenían ya sus buenos trece años y, aunque yo no los conocía en persona, eran la delicia de su madre. Las redes sociales no mienten.

    Caminando por el bulevar hacia el parque me sumí en mis pensamientos. Se me volvió a ocurrir qué pasó para no continuar juntos, qué fue lo que hizo que nos distanciáramos. Realmente no lo sé. Simplemente creo que la llama se fue apagando porque no supimos o no quisimos alimentarla. Después de varios meses de compartir techo, supongo que llegó el momento de pasar página y continuar cada uno por separado. Lo digo sin acritud. Simplemente pasó que nuestros caminos se bifurcaron: ella fue a estudiar un máster a otra ciudad mientras trabajaba a tiempo parcial allí y yo ya tenía trabajo en mi empresa actual. Los recuerdos auténticos no siempre dejan marcas de seda.

    Había llegado ya a la rotonda de la fuente cuando me detuve en un semáforo antes de cruzar. Allí me quedé absorto pensando en cómo se me había ido escurriendo los días en una rutina feroz que me había anulado por completo. Reflexioné sobre cuánto había cambiado mi propia existencia desde que empecé a trabajar y, allí de pie, mientras el semáforo se ponía en verde y en rojo y otra vez en verde en un ciclo sin fin, me di cuenta de que mi trabajo me había cambiado. Desde luego, había dedicado mucho tiempo a mi vida profesional, pero, ¿a qué costo? Era un cargo medio en mi empresa, con reuniones interminables, plazos constantes y una rutina que había absorbido mis sueños más simples. Pero, ¿mi éxito personal? sin darme cuenta y poco a poco había dejado de ser yo. Había creado una versión de mí mismo que no reconocía del todo. Y Alicia… ¡Oh, Dios mío! ¡Yo había sido el culpable de perder a Ali! . Esa verdad me golpeó con el peso de todos los recuerdos en mi cabeza. Solo yo. El semáforo se volvió a poner en verde para peatones y crucé. Ahora ya no iba decaído; ahora iba llorando. El amor y la vida es una planta que cuando no se cuida se marchita. Eso es lo que había pasado. Quizá sea así cómo funciona el tiempo: no nos arrastra de golpe, sino que nos despoja lentamente de las conexiones importantes mientras nos envolvemos en las decisiones cotidianas. Un día, sin previo aviso, miramos alrededor y nos damos cuenta de que aquello que dábamos por sentado se ha desvanecido. El trabajo, las tareas, las pequeñas urgencias se convierten en la niebla que oculta lo que realmente importa. ¿Cuánto había dejado marchitar sin siquiera darme cuenta?

    Aún me quedaban diez minutos de suela de zapato hasta llegar al parque, así que seguí rondando en la cabeza qué había ocurrido con mi vida todos estos años. Cómo podría ser si no hubiese dejado escapar a Alicia y qué podía hacer ahora que tengo más recuerdos que proyectos. El tiempo se escurre como una anguila sin que nos demos cuenta.

    En esas cuestiones estaba yo, a punto de tomar una decisión crucial, cuando en mi móvil empezó a sonar Los planetas. No el grupo musical, sino la obra de Holst; en concreto, Júpiter reclamaba mi atención así que descolgué:

    — Hola Javi, perdona. Antes he sido muy brusca. ¿Sigue en pie tu invitación al café? —no fui capaz de decir nada así que ella insistió—. Javi, ¿me oyes?

    — Sí, te oigo un poco mal por el ruido de los coches —mentí.

    — ¿Que si me invitas a desayunar mañana?

    — Por supuesto, Ali. Conozco el sitio.

    Caminé sobre una nube hasta llegar al parque, donde muchas familias estaban cebando a base de maíz extruído a los azulones, fochas y algún porrón despistado que por allí andaban. Una grulla curiosa observaba toda la escena desde una isleta en medio del lago.

    Nada más elegir mesa y antes de que viniera el camarero cambié el sonido del teléfono. Solo para Ali: “The Struts: Could Have Been Me”.

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