Los ojos donde naufragué (IV): El desayuno (2ª parte)

Mientras se lo decía, noté cómo Alicia apartaba la vista por un momento, como si luchara con algo que no quería decir. Antes de que pudiera reaccionar, sus ojos se llenaron de lágrimas, y su rostro, normalmente seguro, se transformó en una imagen de fragilidad. Su voz tembló cuando me contestó

— O sea que hay cosas que un hombre debe hacer y otras que no — apenas pudo decirme en un susurro al borde del llanto —Javi, ¿te acuerdas de cuándo te conté lo del divorcio de mis padres? ¿y el momento en que te lo conté? Fue un momento tan íntimo y especial para mi que nunca pensé que pudieras comentárselo a tus amigos. No sé si alguna vez te diste cuenta, Javi, pero aquello me dolió profundamente. Fue como si el lugar donde creía estar segura se desmoronara.

— Es verdad —admití, sintiendo el peso de sus palabras como una losa—. No siempre he sido el más noble ni el más confiable. Siempre intenté serlo contigo, pero muchas veces no lo conseguí. Te hice daño, lo sé, y por eso te pido perdón, Ali. De corazón.

— Ya no hay nada que perdonar. En aquel momento fue muy muy importante, pero luego con el paso del tiempo no es lo peor que he tenido que soportar. Además yo también te he hecho daño y casi siempre de forma consciente.

— Sí. Alguna vez me has hecho daño también.

— Como cuando me fui de repente o como cuando te hice quedar como un cornudo por Bernardo. En verdad, lo fuiste.

— Lo sé, Alicia —dije, usando su nombre completo. Sabía que eso le iba a impresionar; casi nunca lo hacía—. Sé lo que hiciste. Pero no puedo, no pude retenerte. De eso me di cuenta más adelante, con los vaivenes de la vida. Entendí que tenías que buscar otros puertos donde arriar tu velero.
Alicia arqueó una ceja, y su expresión pasó de la sorpresa a la curiosidad.
— ¿Eso es de alguna canción? ¿Lo de arriar el velero?
Sonreí con una mezcla de nostalgia y algo de vergüenza.
— Sí. Es de «Como un explorador», de Sabina. Siempre me ha gustado… Aunque, siendo honesto, no me siento identificado del todo. Sabina canta como si todo estuviera ya superado, como si la ruptura fuera agua pasada y la vida siguiera adelante sin mirar atrás.
Hice una pausa, dejando que las palabras resonaran entre nosotros antes de añadir:
— Yo… aún no he llegado ahí. Quizá por eso la canción me toca tanto, porque me recuerda que debería haber seguido navegando hace tiempo, pero no lo hice.
Por un momento, Alicia pareció reflexionar. Sus ojos se suavizaron, como si entendiera algo que hasta entonces no había querido ver.
— Yo también me siento identificada con una canción —dijo, casi en un susurro—. «Bird on the Wire», de Leonard Cohen. La escuché anoche y… no pude evitar llorar. Me veo reflejada en esos versos, en esa lucha por ser libre, aunque haya cometido tantos errores en el camino.
— Sí, sé qué canción es, pero ahora no puedo recordar toda la letra —admití, aunque algo en su tono me hizo querer buscarla en cuanto estuviera solo.
— Habla de arrepentimientos y de intentarlo… aunque no siempre salga bien. Es triste, pero también hay algo de esperanza.
Sus palabras quedaron flotando entre nosotros, y por un momento no supimos qué decir. Finalmente, Alicia me miró directamente, como si intentara decirme algo más de lo que podía expresar.
— Si quieres, Javi, puedes escucharla cuando nos hayamos despedido. Parece que está hecha para mí.
No supe qué responder. Sus palabras, llenas de resignación y fuerza, dejaron una sensación extraña, como si me pidieran que entendiera no solo su pasado, sino también el mío. Sentí que estábamos en un punto en el que el silencio hablaba más que cualquier frase. Pero justo cuando parecía que algo más iba a emerger, la camarera llegó con la comanda.
— Aquí tienen —dijo en un tono bajo, casi tímido, como si hubiera percibido la tensión entre nosotros.
El momento de conexión que estábamos construyendo se desmoronó por completo. Alicia y yo intercambiamos una mirada breve, cargada de esa incomodidad que surge cuando algo importante queda sin decirse.
Fui yo quien rompió el silencio, girando la conversación hacia otro tema.
— ¿Y tus hijos? ¿Qué tal llevan lo de su padre?
Alicia suspiró, como si estuviera despejando el peso de sus propias palabras para pasar a algo más práctico.
— Bueno, ellos eran pequeños cuando salieron los problemas y lo detuvieron. Apenas se dieron cuenta. Lo que llevaron peor fue que, cuando comenzó a huir, era un no parar de abogados, psicólogos, trabajadores sociales, jueces… ¡Oh, Dios, eso sí que fue duro!
»Luego ocurrió que se acostumbraron. Primero a un padre bastante ausente y luego, cuando se mató en la persecución, no fue más que un paso más. Pasó de ser un padre esporádico a un padre completamente ausente.
Me quedé observándola mientras hablaba. Jamás había visto a Ali tan indiferente sobre un tema. Me lo contó como quien lee la lista de la compra, con una frialdad que no había esperado. Pero al mismo tiempo, noté una dureza en su tono, como si cada palabra fuera un recordatorio de lo que había soportado.
» Al final yo era quien los atendía, los llevaba al cole, los recogía si estaban enfermos, los llevaba y traía al deporte de turno… En fin, que Bernardo era el que se suponía que traía dinero, pero resultó ser rana. Muy rana. Menos mal que hizo algunas cosas bien: me exigió la separación de bienes el día que nos casamos y arregló los papeles para que la casa donde vivimos fuese nuestra. Dinero no nos dejó ni mucho ni poco, pero al menos tenemos un techo bastante cómodo donde vivir y con mi sueldo voy tirando.
Había algo en su forma de decir «Bernardo» que me dejó helado. No era rabia, ni odio puro, pero tampoco dolor, ni rencor. Casi parecía que se alegraba de que no solo hubiese salido de su vida, sino de que ya no existiera. Era como si el simple hecho de que estuviera muerto le hubiera dado la paz que nunca tuvo en vida.


— Ya. Jo. Debió ser muy duro todo aquello —le dije, más para tener una salida que para que continuara hablando.
Ella asintió, y por un momento pareció querer añadir algo más, pero al final se limitó a tomar un sorbo de café. 

— En fin, pero eso fue hace ya unos pocos años, y los chicos ni se acuerdan ni lo mencionan mucho. ¿Y tú? ¿Qué tal tu vida? Apenas sé lo que pones en redes y no es mucho, la verdad. No te dejas que te espíe.

Mientras Ali hablaba de sus hijos con una mezcla de pragmatismo y desapego, sentí cómo algo dentro de mí cambiaba. No podía esperar que la mujer frente a mí fuera la misma chica de hace tantos años. Habíamos cambiado, y yo tenía que aceptarlo. Había en ella una dureza que no recordaba, pero también algo nuevo, una chispa que no terminaba de identificar.

— Pues no te puedo decir más que lo que ya sabes. Estuve en la empresa aquella ganando ná y menos, pero me salió ser jefecillo en la que estoy ahora y no me quejo. Puedo comer y tengo un techo para vivir. No es gran cosa, pero pago bien la hipoteca y sin lujos puedo permitirme algún capricho.

— No. No me refiero a eso —dijo Alicia, y posó una mano sobre la mía.

El gesto fue inesperado. Su piel era cálida, y la sensación de su contacto me dejó paralizado por un instante. No era un gesto calculado, o al menos no lo parecía. Había en él algo instintivo, como si quisiera decirme algo que no podía expresar con palabras.

— Me refiero a ti, no a tu trabajo, Javi… Perdona —añadió rápidamente, y retiró la mano con cierta torpeza, como si temiera haber cruzado un límite.

— Por favor, vuelve a colocar la mano sobre la mía —le pedí, intentando que mi voz sonara más tranquila de lo que realmente estaba.

Alicia dudó por un instante, pero luego lo hizo. Esta vez fui yo quien giró la mano, ofreciéndole la palma hacia arriba. Su gesto dejó de ser solo un contacto y se convirtió en algo más íntimo, como si cada pliegue de nuestras manos recordara lo que habíamos sido. Por un segundo, nuestros dedos parecieron buscarse, y el mundo a nuestro alrededor se desvaneció. Mientras Alicia posaba su mano sobre la mía, me di cuenta de cuánto tiempo había esperado un momento como este. Pero al mismo tiempo, sentí una tristeza inexplicable: sabía que no éramos los mismos, que la conexión que una vez tuvimos ahora era más frágil, como las cenizas de un fuego que alguna vez ardió con fuerza.

— Es que no me imaginaba que tuvieras ese gesto —añadí—. Mi vida mía, es como cuando te fuiste. Nada. Intenté rehacerme y en cierto modo lo conseguí, pero no encontré a nadie que llenase tu hueco, la hondonada que me dejaste. Sólo puedo decir que tuve un intento de relación seria, pero no prosperó. Así que me he quedado varado en dique seco. Mi hermano y mi sobrina viven lejos, y apenas los veo. El trabajo no me deja mucho más que hacer o pedir.

Alicia retiró su mano con suavidad, y vi en sus ojos algo que no supe descifrar, una mezcla de comprensión y algo más, tal vez pena.

— Ya veo —dijo, con una sonrisa que no llegó a ser del todo alegre—. No sé, Javi, siempre fuiste fuerte, o eso me pareció. Pero ahora… te veo… como más tranquilo, más… no sé… ¿resignado? No es malo, pero me hace pensar.

Su tono era suave, como si caminara sobre un terreno delicado.

— No sé si es resignación, Ali —le contesté, eligiendo cuidadosamente mis palabras—. A veces creo que es más bien aceptar que la vida no siempre sale como uno espera. Pero otras veces siento que me he rendido antes de tiempo

Una vez que hubimos tomado por completo el desayuno y hacía tiempo que nos habían retirado los platos, sentimos la necesidad de continuar la conversación paseando, dejando que las suelas de los zapatos nos llevaran sin rumbo fijo. Nos perdimos entre el gentío que, a última hora de la mañana de aquel sábado, inundaba las calles del centro. Las vías peatonales eran un hervidero de vida, de voces y pasos entrecruzados, el tipo de bullicio donde apetece desaparecer de vez en cuando.

Al pasar junto a la vieja morera, mi atención se desvió hacia su tronco desgastado y sus ramas, que apenas lograban sostener unas pocas hojas al sol de mayo. Era un árbol vetusto, ajado por el tiempo, pero que aún se aferraba con terquedad a la vida. Me recordó los versos de Machado sobre aquel olmo viejo de Soria, al borde de la muerte, pero con un último brote de esperanza. Había algo profundamente humano en esa imagen: una lucha silenciosa contra lo inevitable, un deseo de mantenerse de pie aunque el tiempo te haya despojado de casi todo.

No pude evitar verme reflejado en aquel tronco. Mis raíces alguna vez fueron fuertes, pero ahora parecían sostenerme apenas con esfuerzo. Mi esperanza tambaleante se parecía al verde frágil de sus hojas, resistiendo a duras penas el paso de los años. Alicia caminaba junto a mí, ajena a mis pensamientos, y me pregunté si nuestra historia también se había convertido en un recuerdo, algo que una vez floreció con fuerza, pero que ahora vivía únicamente en mi memoria.

Mientras mi mente seguía atrapada en las comparaciones con la vieja morera, Alicia se detuvo y me miró.

— Javi, ¿puedo pedirte algo? Tómame la mano, como cuando éramos novios. Aunque sea por un momento. Lo necesito.

Su voz tenía un tono que no recordaba, una mezcla de nostalgia y algo que no pude identificar. Obedecí casi sin pensar, y el contacto me dejó una sensación extraña: no era como antes, pero aún tenía algo de lo que habíamos perdido. Su piel seguía siendo cálida, familiar, pero ya no despertaba en mí el mismo fuego de antes. Era una conexión distinta, más frágil, como un eco de lo que habíamos sido. Durante unos segundos conectamos, incluso me pareció que el sol brillaba más, pero luego soltó mi mano.

— Gracias, Javi. De verdad, gracias.

No supe qué contestar, así que tan solo le abrí la puerta del coche y esperé a que ella entrara. La vi sentarse y ajustar el espejo retrovisor antes de arrancar. Había algo en su mirada que parecía despedirse, pero no supe si era de mí o de lo que habíamos sido.

— ¿Nos volveremos a ver, Javi?
— Cuando tú quieras, Ali.
Ella esbozó una sonrisa que parecía contener más de lo que decía.
— Ahora se avecinan semanas de locura hasta final del curso, y en verano nos vamos al pueblo con mi padre y mis tíos. Pero a finales de agosto, Ana empieza un torneo en un nuevo equipo. ¿Quieres conocer a los mellizos?
El ofrecimiento me descolocó. Era más que una invitación informal; era abrirme una ventana a la vida que había construido sin mí.
— Me encantaría, Ali —contesté, tratando de ocultar mi mezcla de nervios y curiosidad.
— Nos vemos por guasap, entonces. No te me pierdas de nuevo.
— No lo haré.

La vi cerrar la puerta del coche con cuidado, como si quisiera asegurarse de que no rompía algo más en el proceso. Encendió el motor y, mientras se incorporaba al tráfico, me quedé mirándola hasta que desapareció entre las calles. Pero esta vez no sentí el vacío que me ahogó hace años. Habíamos cambiado, y eso estaba bien. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía recordar lo que habíamos sido sin el peso de lo que no llegamos a ser.

La invitación a conocer a los mellizos seguía flotando en mi mente. No era solo un gesto de cortesía; era un puente hacia algo nuevo. Quizá no se trataba de revivir un fuego extinto, sino de aprender a caminar juntos entre las cenizas, con el paso lento y cauteloso que dan los que alguna vez se perdieron.

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