Los ojos donde naufragué (III)

Una vez que los mellizos se hubieron ido a dormir, Alicia encontró un momento de tranquilidad y soledad para ella misma. Se fue a la cocina y se preparó una buena jarra de leche; tomó unas galletas y se sentó en el sofá del salón, bajo la lámpara de pie, regalo de boda de sus suegros, un adefesio barroco que no le gustaba, ni tampoco lo que le recordaba: aquellos suegros que un día parecían cercanos pero que, desde que Bernardo tuvo problemas con la justicia, le dieron la espalda. Cuando los mellizos dejaron de creer en los Reyes Magos, también ellos dejaron de creer en sus nietos, como si su papel en sus vidas hubiese terminado junto con esa ilusión infantil. A pesar de todo, la lámpara seguía allí, como un testigo mudo de las ruinas que Alicia había tenido que reconstruir sola. Por un instante, se preguntó por qué no la había tirado junto con tantos recuerdos incómodos. Pero la respuesta era evidente: a pesar de todo, esa luz cálida que emitía llenaba la habitación de una calma extraña, como si le recordara que, incluso en los días más oscuros, aún quedaba espacio para algo parecido al hogar.

Notaba sus ojos humedecidos y decidió que necesitaba algo que la ayudara a soltar esa tensión acumulada. Se levantó lentamente y se acercó a la colección de discos que había ido recopilando con los años. Pasó la vista por las carátulas, pero ninguna parecía adecuada. Dio otro vistazo y encontró un disco de Leonard Cohen, donde destacaba Bird on the Wire. El canadiense siempre le sonaba tristón y algo sombrío, pero en ese momento no buscaba alegría; necesitaba algo que resonara con su melancolía.

Colocó el CD en la pletina y dejó que la voz grave y quebrada de Cohen inundara la sala. Era como un confesor que, sin juzgarla, le ofrecía un refugio para sus pensamientos. Las primeras notas le acariciaron el alma como si estuvieran hechas para ella, para este momento exacto. Esa canción la retrataba.

Aprovechó el momento para ir a comprobar cómo estaban Carlos y Ana. Hacía tiempo que habían dejado de ser niños, pero todavía no eran adultos, al menos no completamente. Los encontró en sus camas, respirando con la paz que solo los jóvenes pueden tener. «Todavía me necesitan,» pensó mientras los observaba. «No solo para las cosas prácticas, sino como un faro. Si yo tambaleo, ellos pierden el norte.»

Lo que pasara mañana en el desayuno, fuera lo que fuera, no podía permitirse que ellos lo percibieran. Alicia no tenía el lujo de flaquear. Sus hijos la necesitaban más que ella misma. Cerró las puertas con cuidado y regresó al sofá, sintiendo cómo Cohen seguía llenando la sala con su melancolía medida.

Volvió a sentarse en el sofá, y con la media galleta que había dejado, jugando con ella entre los dedos, se sumió nuevamente en sus pensamientos. Cohen cantaba For the heart with no companion, for the soul without a king, y Alicia no pudo evitar sentir que esas palabras estaban hechas para ella. Dejó que esa melancolía compartida la envolviera, mientras la última nota se desvanecía en el aire, dejando tras de sí un silencio cargado de promesas inciertas.

Alicia dejó que el eco de la voz de Cohen se desvaneciera en la habitación mientras sus pensamientos tomaban la palabra. Javi apareció en su mente, como lo hacía con más frecuencia de la que estaba dispuesta a admitir.

» Pobre Javi, qué poca cosa era en la universidad. Pero cuántas veces pensé que tenía horchata corriendo por sus venas en lugar de sangre… ¡¡Qué pánfilo podía llegar a ser!!» Recordó aquella vez en que el Tigre, ese gran idiota que aún deben tener a sueldo en la universidad, la dejó en evidencia frente a todo el grupo por no seguir las normas de la bibliografía en un trabajo. El chaparrón de críticas y humillaciones la había dejado atónita. Allí estaba Javi, el hombre con el que ya había compartido más que miradas e intimidad, sentado en silencio. No dijo nada. Ni una palabra. Fue El Chispas quien intentó calmar la situación, moviéndose con gran malabarismo porque los cuatro se jugaban la asignatura. «¿Quién era la otra persona que estaba allí con nosotros?» pensó, pero la memoria no le devolvió el rostro. «Bueno, tanto da. Aquel día me dejó a los pies de los caballos. Y, sin embargo, ¿qué esperaba? Javi nunca fue de alzar la voz, nunca fue de enfrentarse a nada.»

Sus pensamientos se desviaron hacia sus hijos, hacia los retos que ellos enfrentarían y las batallas que tendrían que librar.

» Espero que a estos dos no les pasen esas cosas,» murmuró en voz baja. «Aunque, pensándolo bien, les pasarán como nos ha pasado a todos. Siempre hay algún imbécil con el que te cruzas y que te hace la vida imposible. Bullying, lo llaman ahora, creo. Maldad. Simple y pura maldad es lo que es.» Su preocupación se centró en Carlos, con su carácter impulsivo y su sangre ardiente. «Cuando se encuentre con uno de estos, ¿cómo lo manejará? ¿Se le atragantarán como se me atragantó aquel maldito profesor? Ana, en cambio, es más prudente. Parece que va a poder capear el temporal. Veamos.»

Con un suspiro, volvió a Javi. No podía evitarlo. » Y luego está que, al menos, encuentren a alguien con quien compartir momentos buenos,» pensó. Como aquel día en que, al regresar de una reunión en Soria, Javi le preparó una cena. «¡Por Dios, qué mala estaba!» rió para sí misma. «Pero el pobre se lo curró un montón: velitas encendidas, una rosa en un vaso de agua y un vino que parecía ácido sulfúrico. Ha sido la mejor cena de mi vida.» Se detuvo un instante, dejando que el recuerdo la inundara. Nadie sabía lo que una necesitaba después de un día agotador, y Javi lo había entendido. Incluso había preparado un baño caliente con sales, un lujo que terminaron compartiendo entre risas y caricias. Esa noche no existía el mundo fuera de ellos, solo su complicidad, sus cuerpos entrelazados y la certeza de que, por un instante, eran invencibles.

Alicia tomó la última galleta del plato y la mordisqueó con lentitud. La leche en la taza estaba tibia, pero no importaba. Miró alrededor del salón, con su luz cálida y las sombras que se alargaban en las esquinas. En otro tiempo, este momento habría sido una simple pausa en su día, pero ahora se sentía como un reflejo de su vida: fragmentada, pero aún en pie.

Leonard Cohen seguía cantando, su voz grave y melancólica llenando el espacio. Alicia cerró los ojos y dejó que las últimas notas la envolvieran. «Like a bird on the wire…» murmuró para sí misma, repitiendo las palabras como si fueran un mantra. No eran solo de Cohen, eran suyas también.

Se levantó del sofá, apagó la música y miró hacia el pasillo que conducía a las habitaciones de Carlos y Ana. «Todavía me necesitan,» pensó, ajustándose la bata y tomando aire. Mañana sería otro día, y con suerte, uno menos cargado. Pero eso no importaba. Por ahora, tenía que ser fuerte. Cerró los ojos un instante más y dejó que el silencio tomara el lugar de Cohen.

Cuando se dirigió al dormitorio, no pudo evitar pensar que el día había sido más largo de lo habitual. Pero también más revelador.

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