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  • La cicatriz de los sauces

    Guarecido a duras penas bajo el paraguas azul, la vio por primera vez en veinte años. Vestía una gabardina roja y soportaba, estoica, la lluvia que resbalaba por su rostro como si el cielo llorase por ella. El pelo castaño, rizado y recogido en una coleta, caía pesado sobre la parte alta de la espalda, llorando, a su manera, por encima de la tela. Sus hombros, firmes y tranquilos, enmarcaban una línea que llegaba hasta el cuello, adornado por una gargantilla de la que se descolgaba, sensual y discreta, una pequeña esmeralda hacia el escote, protegido por dos pechos aún firmes, dignos ante el paso del tiempo, que la lluvia apenas insinuaba, como si también ellos se negaran a olvidar el amor.

    Julián, a unos pasos de distancia, la contemplaba bajo la barbacana del muro del antiguo castillo medieval. A pesar del paraguas, la lluvia había conseguido empaparle los pantalones, y le temblaban las manos quizá por frío, quizá por la tensión del instante. Había imaginado este reencuentro mil veces, y sin embargo se sentía torpe. Expuesto. Pequeño.

    —¿Qué debería hacer? ¿Qué le digo? —se preguntó. Mil veces había imaginado este momento, y ahora que por fin ocurría, no podía articular palabra.

    A su alrededor, el pequeño jardín que el ayuntamiento había logrado establecer entre el muro del castillo y el río mostraba sus colores apagados por la lluvia. Las rosas carmesí, aún erguidas, parecían resistir con orgullo, como si guardaran memoria de las antiguas batallas que las leyendas atribuían al lugar. Julián lo conocía bien: había paseado con Ana por cada rincón, por la rosaleda, entre los bancos ocultos tras los setos, por los parterres simétricos y los árboles que bordeaban el sendero de grava. Todo seguía allí, aunque distinto. Como ellos.

    Y en medio de todo, Ana.
    Ana, la mujer por la que habría dejado todo.
    Ana, la mujer por la que nunca se atrevió a luchar contra sí mismo.

    Miró el reloj. Las 18:27. En una ironía del destino, a esa misma hora, veinte años atrás, él la había aguardado en el tren, mirando a través de la ventanilla hacia el andén. Sentado en el viejo vagón, deseó verla aparecer, deseó tener el valor de levantarse, salir de allí e ir a su encuentro. Pero no lo hizo. Minutos después, el tren se puso en marcha y, con su lento traqueteo, Julián comprendió que su cobardía lo alejaba de ella para siempre.

    Hasta ahora.

    Con paso indeciso, empapado en sus miedos y dudas, Julián se acercó a la mujer. Aterido, pudo observar cómo su mirada se perdía en el lecho del río, donde una corriente jugueteaba con las rocas, vencidas lentamente por el tiempo. Las mismas rocas sobre las que rieron, testigos mudos de aquel tiempo; también ellas habían cambiado, como un eco gastado del pasado.

    —Hola —dijo ella con voz serena—. Por fin… viniste.

    Pareció que Ana iba a decir algo más, pero no supo qué. La nostalgia se le asomó a los ojos y se arrebujó en la gabardina, como si pudiera esconderse ahí de la vergüenza de lo que aún sentía.

    Julián no supo qué decir. Permaneció en silencio, mientras un trueno lejano rompía, grave, el murmullo del río. Tardó unos segundos —o quizá otros veinte años— en domeñar el nudo de llanto que se le anidó en la garganta. Por fin encontró algo de serenidad.

    Con las manos nerviosas se frotó una contra otra, como si ese gesto pudiera hacer desaparecer su incertidumbre, y contestó:

    —Sí… Al fin vine. No sabía si te encontraría aquí. Pensé que… que me habías olvidado.

    Un silencio denso se cernió sobre ellos. Una nube llena de deseos descendió y los envolvió como una red, difícil de romper.

    —Todos los años vengo.

    Él rodeó el banco y se sentó a su lado. Giró la cabeza y pudo ver que seguía siendo bella. La mujer por la que se consumía. La mujer que dejó abandonada en aquel andén vacío.

    Sus ojos conservaban la misma serenidad que Julián recordaba de años pasados. Sus pómulos, apenas maquillados, seguían igual de sensuales. Y su boca, todavía protegida por aquellos dos centinelas, aquellos hoyuelos —siempre dispuestos a rendirse— que tantas veces había besado, le hizo entender, de golpe, cuánto tiempo llevaba echándola de menos.

    —Te estuve esperando. En la estación. En el tren. Y mientras se alejaba, noté que parte de mí se quedaba contigo… pero no supe volver. No fui valiente para volver.

    Ella le miró. Su cara reflejaba el cansancio de años de espera, de noches cálidas que se esfumaron, de primaveras llenas de flores no vividas, y de todo el tiempo que se fueron negando sin querer.

    —Veinte años, Julián. Veinte años… Mucho tiempo se nos ha escurrido entre los dedos. Ahora es demasiado tarde. No somos lo que fuimos. Ni podremos ser lo que éramos.

    —Tienes razón, Ana. Quizá yo tenga la culpa… ¿Vienes mucho por aquí?

    —Cada año. Este día. A esta hora. A esperarte. A saber que ya no vendrías. Esperaba que algún día vinieses… Y así ha sido. Ya no necesito esperar más.

    —Ana… ¿Eres feliz?

    Un silencio denso se cernió sobre ellos. Una nube llena de deseos descendió y los envolvió como una red, difícil de romper.

    —En todas las fotos me verás sonreír. Sí… supongo que soy feliz. O al menos casi. ¿Y tú, Julián?

    —He conseguido sobrevivir sin ti. Sin mí —contestó a bocajarro—. Me casé y tuve dos hijos. Una niña, Sandra, y un niño, Rafa. Pero raro es el día en que no pienso en aquella Ana de hace veinte años, con la que conquisté el sendero de los sauces, donde aprendimos a querernos. Me acuerdo de los días de final de verano allí… y del invierno que pasamos paseando casi todas las tardes.

    —Julián —contestó al fin ella—. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué dejamos morirnos? ¿Por qué te fuiste?

    —Ana… no lo sé. Simplemente ocurrió. Quizá tenía que ser así… o no. Las derrotas más duras son las que ni siquiera se pelean. Y aquellas que nos dejan cicatrices que no se ven. Pero, ¿sabes una cosa? Eres la cicatriz más bonita que conservo —dijo, sin poder apartar la mirada de sus ojos: un lugar al que no había vuelto, pero que seguía reconociendo.

    —Ja, ja, ja —una carcajada de Ana iluminó el cielo junto a un relámpago lejano, mientras también clavaba sus ojos en los de él—. Así que eso soy para ti, ¿una cicatriz?… Te diré una cosa: creo que tú también eres una bonita cicatriz. De esas de las que una se acuerda de vez en cuando… o casi a diario. A veces duele. Pero es nuestra. Y en el fondo… me gusta. Porque formas parte de ella. Porque es un nosotros que me gusta recordar. A veces duele. Pero es bonita. Es yo.

    Hacía tiempo que la lluvia había cesado y solo algunas gotas despistadas mojaban sus caras de vez en cuando. A pesar de todo, ambos se sostuvieron la mirada, con esa complicidad que solo conocen los que, en algún momento, se lo dijeron todo sin decir nada.

    Ana se levantó, y él la acompañó. Sus miradas volvieron a fundirse una última vez.
    Ana se mordió el labio, como solía hacer cada vez que iba a hacer algo prohibido. Julián no se movió. Sólo la miraba. Sólo la esperaba. Como siempre. Como nunca.

    Entonces, ella dio un paso, lo tomó de la cadera y hundió la cara en su hombro. Julián la rodeó con los brazos, y ambos se regalaron un último abrazo. De esos que sólo ellos sabían darse. De esos que nadie más les volverá a dar. De una manera que hacía años ninguno de los dos recordaba.

  • Los ojos donde naufragué (V): El halago inesperado

    — Vamos chicos, que no llegamos hoy. ¡Nos hemos quedado dormidos!
    — Ya vamos, mamá —dijo Carlos con voz adormilada—. ¿Tengo la mochila en la puerta? ¡No la encuentro!
    — Sí, Carlos, aquí está —contestó su hermana—. ¡Date prisa, que tenemos la exposición del trabajo!
    Y así comenzó el día para Alicia y los mellizos. Se habían quedado dormidos y tenían los nervios a flor de piel. «Por fortuna el colegio no está lejos», pensó Alicia. «Si no hay mucho tráfico, es posible que lleguemos a tiempo».
    Cuando llegaron a la puerta del colegio, Alicia detuvo el coche y sus hijos bajaron apresuradamente.
    — ¡Hasta luego, chicos!
    — ¡Hasta luego, mamá! —contestaron al unísono.
    Alicia continuó hacia el centro comercial donde aparcaba para ir a trabajar. Condujo despacio; no tenía obligación de fichar a una hora fija, una ventaja de ser jefa de sección en la empresa. «También va en el sueldo hacer más horas extra que un reloj», pensó, dejando escapar una sonrisa resignada.
    En el coche, la voz de Leonard Cohen llenaba el espacio. Alicia había puesto Bird on the Wire, la canción que había mencionado en su desayuno con Javi. En su móvil, el mensaje de Javi seguía abierto: «Pensando en las canciones que dijimos que nos definían, creo que esta te gustará: Famous Blue Raincoat, de Cohen. Tiene algo que me recuerda a ti». Alicia suspiró mientras la música continuaba. «Siempre tiene la habilidad de dar en el clavo», pensó, dejando que la melancolía la envolviera.
    Al llegar al aparcamiento, bajó del coche y escuchó una voz a su espalda.
    — ¡Hola, Alicia! ¿Qué tal estás?
    Se giró rápidamente.
    — Hola… Ah, ¡hola, Marcos! ¿Cuánto tiempo sin verte!
    — Sí, mucho. Estoy haciendo gestiones por aquí. Este aparcamiento gratuito del centro comercial me da la vida para el papeleo.
    — Oh, ¿algún problema?
    — No, nada grave. Es que me voy a Zaragoza. Eché el currículo. en una empresa de depuración de aguas y parece que les gustó, así que estoy arreglando papeles. Empiezo en septiembre, pero es un lío tremendo.
    — Ah, genial. Me alegro por ti. Seguro que el cambio será para mejor —dijo Alicia, sintiendo un leve temblor en la voz que solo ella notó. Recordó demasiado bien los cambios drásticos de su propia vida, como cuando dejó a Javi.
    — Quienes te van a echar de menos son los mellizos. Te adoraban como profesor de biología, y eso que les dabas bien de caña.
    — Ay, Carlos y Ana. ¡Qué chicos tan educados y amables! Se nota que tienen un buen ejemplo en casa.
    Alicia sonrió, halagada y sorprendida por el comentario.
    — Gracias, Marcos. Eso significa mucho para mí.
    — ¿Tienes tiempo para un café? —preguntó con una sonrisa relajada.
    — La verdad es que voy un poco justa, pero podemos tomarnos algo rápido en la cafetería de la entrada —respondió Alicia, movida por curiosidad más que por interés.
    Subieron juntos a la primera planta del centro comercial, donde pidieron un cortado para llevar.
    — ¿Te importa si damos un paseo antes de que vuelvas al trabajo? —preguntó Marcos, señalando las escaleras mecánicas.
    — Claro, vamos —respondió, con una leve sonrisa.
    Salieron y atravesaron la pequeña zona ajardinada frente al centro comercial. Alicia observó cómo los jardineros replantaban flores en los parterres. «Todo esto es pura fachada», pensó. «Un intento de disfrazar este lugar como algo más que una colmena de consumo».
    — El mundo es un lugar maravilloso, ¿no crees, Alicia? —preguntó Marcos, mientras entrecerraba los ojos y le dedicaba una sonrisa de complicidad.
    — No sé, Marcos. A veces la vida puede llegar a ser muy dura.
    — Fíjate en los árboles, por ejemplo. Hace unas semanas estaban sin hojas y ahora míralos, en todo su esplendor.
    Alicia notó el dulce aroma de las flores de los tilos y el inconfundible olor a hierba recién segada, que siempre le resultaba reconfortante.
    — También ocurre en la vida —continuó Marcos—. Siempre se abre camino, incluso en los lugares más inesperados. Fíjate en nosotros ahora, haciendo novillos de nuestras obligaciones como pícaros estudiantes.
    Alicia esbozó una sonrisa, aunque no estaba segura de hacia dónde quería llevar la conversación. «¿Por qué no puedo simplemente disfrutar esto?», pensó, mientras una sombra de Javi cruzaba su mente.
    — Sí, bueno. Dímelo a mí, que tengo dos hijos adolescentes que me van a volver loca los próximos años.
    — No, no creas. Tus hijos tienen un muy buen espejo donde mirarse. Si salen a la madre, no te causarán ningún problema. Siempre me ha maravillado la capacidad de trabajo y gestión que tienes con dos hijos a tu cargo.
    Alicia se sintió halagada y sonrió abiertamente. «Que no salgan a su padre, por favor», pensó para sí misma.

    Llegaron al final del sendero ajardinado, donde el bullicio del centro comercial volvía a hacerse presente. Marcos miró el reloj y luego a Alicia con una sonrisa tranquila.
    — Bueno, no quiero robarte más tiempo. Seguro que tu trabajo te está esperando.
    — Sí, me temo que sí. Y tú tienes que seguir con tus gestiones, ¿no? —respondió Alicia, ajustando la correa de su bolso.
    — Así es. Aunque, la verdad, este rato ha sido un respiro necesario. Quizás podamos repetirlo algún día… si no estás muy ocupada con los mellizos o el trabajo.
    Alicia le devolvió la sonrisa, un poco más contenida esta vez.
    — Quizás, Marcos. Ha sido agradable hablar contigo.
    Marcos asintió, tomando su taza vacía y señalando hacia el aparcamiento.
    — Entonces, hasta la próxima, Alicia. Y gracias por el café… y la conversación.
    — Hasta la próxima, Marcos. Que tengas suerte con los papeles y el traslado.
    Ambos se separaron con un breve gesto de despedida, cada uno tomando una dirección opuesta. Mientras caminaba hacia la entrada del centro comercial, Alicia sintió que el ruido y el movimiento a su alrededor la envolvían de nuevo, alejándola del pequeño oasis de calma que había sido el paseo.
    Ya en el ascensor que la llevaba a su planta, se sorprendió pensando en Javi. Había algo en la interacción con Marcos que no lograba descifrar del todo. «Es amable, atento… todo lo que una mujer podría desear», reflexionó, mientras el eco de las palabras de Marcos sobre los árboles y la vida resonaban en su mente. Pero, aun así, la sombra de Javi seguía presente, una presencia que no lograba apartar por completo.
    El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Alicia respiró hondo antes de dar el primer paso hacia su oficina. «Quizás no se trata de elegir entre uno y otro», pensó. «Quizás se trata de entender lo que realmente quiero».
    Con esa idea flotando en su mente, se adentró en su jornada, dejando que la rutina tomara el control, al menos por ahora.

  • Los ojos donde naufragué (IV): El desayuno (1ª parte)

    Llegué temprano a la plazuela. Nervioso por la nueva oportunidad que creía tener con Ali, quería pasear por aquel rincón de la ciudad durante unos minutos sin su presencia, quería recordar todos los momentos que pasamos a solas allí, quería volver a sentir a Ali. La plaza había sido modificada no hacía mucho. El Ayuntamiento había considerado quitar el adoquinado y las zonas de tierra para enlosar todo el suelo. Por lo visto convertir los parques en freidoras de granito durante el verano era la nueva tendencia de los consistorios que tenían que hacer algo pero no sabían qué. También es verdad que pude ver los arbolitos que estaban allí hacía años, seguían en su sitio y habían plantado algunos otros más. Agradecí mucho que no fuesen castaños de indias ni plataneros. Había unas pocas acacias de dos especies diferentes y una mimosa que repartía de manera generosa su olor. Además, el viejo árbol de Judas había sido podado y cuidado y ahora volvía a lucir cubierto de flores sonrosadas. Me acordé de que en esos parterres había un ciprés y una vieja morera, pero no recordaba dónde estaban de manera precisa. Me di la vuelta y recorrí la plaza con la vista. El ciprés había desaparecido, pero la morera seguía allí, con muy pocas hojas. Se trataba de un árbol vetusto, sin excesiva vitalidad que aún conseguía dar algo de sombra a quienes se sentaran bajo sus hojas. La vieja morera se resistía a formar parte de los recuerdos de enamorados como yo o de viejas postales.

    A lo lejos la vi. Con su andar decidido y seguro. Su pelo cobrizo iba recogido en una coleta larga que ondeaba al ritmo de sus caderas,quizá algo más anchas de lo que recordaba. Quizá por el parto, quizá por la edad. Había elegido para la ocasión un traje informal con una blusa que realzaba sus curvas y un pantalón a juego. El cinturón negro, ancho, con hebilla dorada le daba carácter a todo el conjunto. Sus ojos seguían siendo diáfanos pero el abrazo de las cejas venía acompañado ahora de unas pequeñas arrugas que se extendían unos pocos centímetros hacia atrás, como las raíces de una planta que busca anclarse en el terreno. Supongo que yo le debí causar una sensación similar por la forma en que iba mirándome. La juventud se nos había escurrido entre los dedos sin darnos tiempo a enterarnos. Cuando llegó a mi altura se detuvo mientras yo la observaba.

    — Bueno ¿qué? ¿Nos damos dos besos?, ¿nos damos la mano?, ¿nos tiramos de las orejas? ¡No vamos a quedarnos aquí como estatuas todo el día! — reclamó Ali con algo en su tono de voz que supuse agitación por venir andando.

    — Yo creo que un par de besos estaría bien — le contesté — ¿Qué tal estás? ¿Recuerdas dónde estaba la «Céntrica»? pues me han dicho que ahora es una cafetería muy interesante.

    — Vaya, ¡Han cerrado la Céntrica? Con la de libros viejos que pudimos sacar de ahí.

    — Sí una pena, pero Jacinto se jubiló y sus hijos prefieren el dinerito fresco de un alquiler mensual a subir la persiana todos los días para que cuatro pelagatosgatos bibliófilos vayan buscando un libro de vez en cuando. Es mucho más rentable y además ahora gestionan el almacén a través de páginas web.

    — Ya… — contestó lacónica ella — Una pena de las cuatro generaciones de libreros. ¿De qué año era la librería?

    — De mil ochocientos y pico, creo que por la época de la primera república, pero no lo tengo nada claro. Venga, vamos y vemos a ver si hay algún dato.

    No era un camino muy largo, apenas estábamos a unos metros andando después de doblar la esquina de una de las callejas del casco antiguo que vertían paseantes a la plazuela. La fachada apenas había cambiado y en un detalle de mal gusto, en mi opinión, ahora se llamaba «Cafetería La Céntrica». La fecha de apertura seguía incrustada en el dintel de madera original: «anno 1875». Cuando entramos a la cafetería, no podía imaginar lo grande que era el local. Sin montañas de libros parecía que el espacio se hubiese multiplicado. El lugar donde Jacinto atendía a los clientes sobre un viejo mostrador de madera, desgastado del roce diario con miles de ejemplares a cual más raro, ahora era una barra nueva y reluciente de piedra falsa que tan de moda está. Una pequeña barandilla obligaba a dejar un hueco horizontal entre la piedra y los clientes, y era sin duda un elemento puesto ahí adrede para despeñar material desde la barra hacia el suelo. Las mesas y sillas parecían sacadas de un almacén al peso, cada una era de una forma, color, tamaño y material diferente a pesar de ser evidentemente nuevas. El flanco derecho de la librería, donde Jacinto tenía cuidadosamente expuestos los libros más caros y selectos de su negocio, bajo llave, ahora era una bancada corrida en donde aparecían cojines y almohadas en algunos sitios y en otros la dura tabla era lo único que podías esperar por posadera. Sin duda un decorador había estado intentando sacar partido a la unión entre una librería de más de un siglo de existencia y una cafetería funcional y moderna. Lo que yo no tenía tan claro era si lo había conseguido en su totalidad.

    — Vaya con el sitio. ¿Cómo ha cambiado!

    — Ya ves Ali, las cosas cambian pero el local sigue siendo el mismo, y si te fijas allí al fondo aún puedes ver una vitrina con ejemplares de libros antiguos.

    — De todas maneras esto no me lo imaginaba. Ha cambiado mucho y aquí estamos nosotros… practicando la añoranza. Las cosas cambian y hay que adaptarse.

    Nos sentamos en un lugar apartado, junto al ventanal, desde donde la luz de la mañana caía en un ángulo extraño, iluminando solo partes de su rostro. Era como si incluso el sol dudara sobre dónde colocar su atención.

    Después de que la camarera hubo recogido el pedido, Ali tomo las riendas de nuestra conversación.

    — ¿Por qué me paraste ayer, Javi? Me sorprendió mucho, la verdad.

    — ¡Caray, Ali. ¡No dejas nada para luego! En fin… — rezongué — Primero porque me apetecía y luego porque quise. Fueron unos años muy intensos y buenos junto a ti. Sé que acabaron, pero de vez en cuando me habría gustado hablar contigo. Y me habría encantado poder tomarme uno o dos cafés durante todo este tiempo. — Mentí. Pensaba en ella a diario, y me deshacía por tenerla cerca.

    — Es verdad. Fueron años intensos. Creo que no supimos acabar bien. Algo no supimos o no quisimos hacer.

    — Ya… me dolió mucho ver cómo en unos pocos días te largabas de mi vida, sin casi tiempo para decirte adiós, sin darme ocasión de remediar algo si es que estaba en mi mano. Lloré mucho esas semanas. Hasta mi jefe me dijo que me tomara unas vacaciones pero no lo hice. ¿qué iba a hacer? ¿Encerrarme en casa a pensar en tí, Ali?. Lo fui superando como pude. Cambié de piso, pero eso ya lo sabes porque tuviste que comunicárselo tú también a nuestro casero.

    — Sí. Lo sé. No creo que hayan sido momentos ejemplares en mi vida. Quizá podrías haberme mandado al infierno por eso.

    — No te preocupes, Ali. Aquello pasó. Me recuperé y ahora estoy aquí.

    — Y estuviste el día del entierro de Bernardo. Fuiste el único que no me dijo palabras vacías y frases huecas. Aún me acuerdo: llegaste y me abrazaste. Me dijiste «¿Qué necesitas?» ¿Sabes que nadie más me lo preguntó? Tu me sacaste a unas manzanas de distancia del tanatorio y fuimos a un bar, estuviste conmigo todo el tiempo que necesité y luego me dejaste volver con mi angustia. No me insististe en hablar, no me incitaste a nada. Simplemente estabas allí conmigo. En su momento no me dí cuenta, pero después he ido acordándome de eso y cada día te estoy más agradecida.

    — Bueno Ali, eso son cosas que se tienen que hacer, y se hacen. Ya no estaba tan dolido como unos años antes y sabes que hay cosas que un hombre debe hacer y otras que un hombre no debe hacer.

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