— Vamos chicos, que no llegamos hoy. ¡Nos hemos quedado dormidos!
— Ya vamos, mamá —dijo Carlos con voz adormilada—. ¿Tengo la mochila en la puerta? ¡No la encuentro!
— Sí, Carlos, aquí está —contestó su hermana—. ¡Date prisa, que tenemos la exposición del trabajo!
Y así comenzó el día para Alicia y los mellizos. Se habían quedado dormidos y tenían los nervios a flor de piel. «Por fortuna el colegio no está lejos», pensó Alicia. «Si no hay mucho tráfico, es posible que lleguemos a tiempo».
Cuando llegaron a la puerta del colegio, Alicia detuvo el coche y sus hijos bajaron apresuradamente.
— ¡Hasta luego, chicos!
— ¡Hasta luego, mamá! —contestaron al unísono.
Alicia continuó hacia el centro comercial donde aparcaba para ir a trabajar. Condujo despacio; no tenía obligación de fichar a una hora fija, una ventaja de ser jefa de sección en la empresa. «También va en el sueldo hacer más horas extra que un reloj», pensó, dejando escapar una sonrisa resignada.
En el coche, la voz de Leonard Cohen llenaba el espacio. Alicia había puesto Bird on the Wire, la canción que había mencionado en su desayuno con Javi. En su móvil, el mensaje de Javi seguía abierto: «Pensando en las canciones que dijimos que nos definían, creo que esta te gustará: Famous Blue Raincoat, de Cohen. Tiene algo que me recuerda a ti». Alicia suspiró mientras la música continuaba. «Siempre tiene la habilidad de dar en el clavo», pensó, dejando que la melancolía la envolviera.
Al llegar al aparcamiento, bajó del coche y escuchó una voz a su espalda.
— ¡Hola, Alicia! ¿Qué tal estás?
Se giró rápidamente.
— Hola… Ah, ¡hola, Marcos! ¿Cuánto tiempo sin verte!
— Sí, mucho. Estoy haciendo gestiones por aquí. Este aparcamiento gratuito del centro comercial me da la vida para el papeleo.
— Oh, ¿algún problema?
— No, nada grave. Es que me voy a Zaragoza. Eché el currículo. en una empresa de depuración de aguas y parece que les gustó, así que estoy arreglando papeles. Empiezo en septiembre, pero es un lío tremendo.
— Ah, genial. Me alegro por ti. Seguro que el cambio será para mejor —dijo Alicia, sintiendo un leve temblor en la voz que solo ella notó. Recordó demasiado bien los cambios drásticos de su propia vida, como cuando dejó a Javi.
— Quienes te van a echar de menos son los mellizos. Te adoraban como profesor de biología, y eso que les dabas bien de caña.
— Ay, Carlos y Ana. ¡Qué chicos tan educados y amables! Se nota que tienen un buen ejemplo en casa.
Alicia sonrió, halagada y sorprendida por el comentario.
— Gracias, Marcos. Eso significa mucho para mí.
— ¿Tienes tiempo para un café? —preguntó con una sonrisa relajada.
— La verdad es que voy un poco justa, pero podemos tomarnos algo rápido en la cafetería de la entrada —respondió Alicia, movida por curiosidad más que por interés.
Subieron juntos a la primera planta del centro comercial, donde pidieron un cortado para llevar.
— ¿Te importa si damos un paseo antes de que vuelvas al trabajo? —preguntó Marcos, señalando las escaleras mecánicas.
— Claro, vamos —respondió, con una leve sonrisa.
Salieron y atravesaron la pequeña zona ajardinada frente al centro comercial. Alicia observó cómo los jardineros replantaban flores en los parterres. «Todo esto es pura fachada», pensó. «Un intento de disfrazar este lugar como algo más que una colmena de consumo».
— El mundo es un lugar maravilloso, ¿no crees, Alicia? —preguntó Marcos, mientras entrecerraba los ojos y le dedicaba una sonrisa de complicidad.
— No sé, Marcos. A veces la vida puede llegar a ser muy dura.
— Fíjate en los árboles, por ejemplo. Hace unas semanas estaban sin hojas y ahora míralos, en todo su esplendor.
Alicia notó el dulce aroma de las flores de los tilos y el inconfundible olor a hierba recién segada, que siempre le resultaba reconfortante.
— También ocurre en la vida —continuó Marcos—. Siempre se abre camino, incluso en los lugares más inesperados. Fíjate en nosotros ahora, haciendo novillos de nuestras obligaciones como pícaros estudiantes.
Alicia esbozó una sonrisa, aunque no estaba segura de hacia dónde quería llevar la conversación. «¿Por qué no puedo simplemente disfrutar esto?», pensó, mientras una sombra de Javi cruzaba su mente.
— Sí, bueno. Dímelo a mí, que tengo dos hijos adolescentes que me van a volver loca los próximos años.
— No, no creas. Tus hijos tienen un muy buen espejo donde mirarse. Si salen a la madre, no te causarán ningún problema. Siempre me ha maravillado la capacidad de trabajo y gestión que tienes con dos hijos a tu cargo.
Alicia se sintió halagada y sonrió abiertamente. «Que no salgan a su padre, por favor», pensó para sí misma.
Llegaron al final del sendero ajardinado, donde el bullicio del centro comercial volvía a hacerse presente. Marcos miró el reloj y luego a Alicia con una sonrisa tranquila.
— Bueno, no quiero robarte más tiempo. Seguro que tu trabajo te está esperando.
— Sí, me temo que sí. Y tú tienes que seguir con tus gestiones, ¿no? —respondió Alicia, ajustando la correa de su bolso.
— Así es. Aunque, la verdad, este rato ha sido un respiro necesario. Quizás podamos repetirlo algún día… si no estás muy ocupada con los mellizos o el trabajo.
Alicia le devolvió la sonrisa, un poco más contenida esta vez.
— Quizás, Marcos. Ha sido agradable hablar contigo.
Marcos asintió, tomando su taza vacía y señalando hacia el aparcamiento.
— Entonces, hasta la próxima, Alicia. Y gracias por el café… y la conversación.
— Hasta la próxima, Marcos. Que tengas suerte con los papeles y el traslado.
Ambos se separaron con un breve gesto de despedida, cada uno tomando una dirección opuesta. Mientras caminaba hacia la entrada del centro comercial, Alicia sintió que el ruido y el movimiento a su alrededor la envolvían de nuevo, alejándola del pequeño oasis de calma que había sido el paseo.
Ya en el ascensor que la llevaba a su planta, se sorprendió pensando en Javi. Había algo en la interacción con Marcos que no lograba descifrar del todo. «Es amable, atento… todo lo que una mujer podría desear», reflexionó, mientras el eco de las palabras de Marcos sobre los árboles y la vida resonaban en su mente. Pero, aun así, la sombra de Javi seguía presente, una presencia que no lograba apartar por completo.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Alicia respiró hondo antes de dar el primer paso hacia su oficina. «Quizás no se trata de elegir entre uno y otro», pensó. «Quizás se trata de entender lo que realmente quiero».
Con esa idea flotando en su mente, se adentró en su jornada, dejando que la rutina tomara el control, al menos por ahora.

Deja una respuesta