— Sigues teniendo los ojos donde siempre naufragué.
Alicia se sobresaltó. No esperaba encontrarme allí, ni creo que imaginase siquiera encontrarme en algún momento en ningún sitio.
— Gracias, Javi, pero de aquello ha pasado media vida. Ya no somos lo que fuimos, ni seremos nuestros recuerdos.
— ¡Ja, ja! Sí, tienes razón, pero que nos quiten lo bailao —me miró condescendiente—. Ya sé que todo aquello acabó, pero déjame tener un poco de nostalgia.
Y así fue cómo saludé a Alicia después de más de veinte años sin saber nada de ella. Algunas veces apenas podía ponerle rostro a mi recuerdo de ella, pero aquel día, en esa calle abarrotada de turistas castigados bajo el sol que ya empezaba a hacer estrago, no tuve duda cuando la vi. Y al contrario que la canción de Sabina, yo sí hice por acercarme a ella y saludarla. Y volver a hablar con ella.
Su voz había envejecido de manera agradable; al igual que su rostro, pero los ojos seguían iguales. No era un cumplido lo que le dije sobre ellos, aunque ella sí lo tomó así. Esos ojos del color de un día claro de invierno en lo alto de la montaña a la que tantas veces habíamos subido. Cristalinos. Tenían algo hipnótico que me atraía y me hacía tropezar una y mil veces. No sé, quizá fuera el color, o la forma en que las cejas los abrazaban o vete tú a saber qué; pero el caso es que nunca he podido dejar de pensar en ellos. Muchas veces no recordaba su rostro, sí. Pero nunca, nunca se me ha acabado la imagen de sus pupilas todos y cada uno de los días de estos casi veinticinco años.
— ¿Te puedo invitar a un café?
— No puedo, Javi. Lo siento de veras. Salgo volada de una reunión y tengo que ir a recoger a los mellizos. Otro día quizá.
Y se fue sin más. Sin decirme «llámame». Me quedé como Javier Krahe rondando Marieta. Esa sensación de vacío me acobardó tanto que no tuve fuerzas para decir nada, tampoco para seguirla, y ya no pude entrar en El Corte Inglés a comprar un regalo para mi sobrina; tendría que ser otro día. Decidí continuar caminando hasta el parque cerca de casa, donde me tomaría un café en el chiringuito al lado del pequeño lago. Sin duda casi una hora de andar me vendría bien para relajar la «flojera» que me había entrado. A esa hora, el aire del parque traería un leve olor a tierra húmeda como cada tarde. La luz dorada de la tarde se filtraría entre las ramas de los árboles, derramando manchas de sombra en el suelo. Podría observar las escenas entre niños, padres y patos, con algún chapoteo ocasional de alguna ave y el murmullo de las conversaciones que flotaban en el ambiente. Todo parecía transcurrir a un ritmo más pausado allí, como si el parque tuviera su propia manera de medir el tiempo. Sin duda, todo esto haría que me distrajera.
No era una sensación nueva. Hace veinticinco años fui a despedirla a la estación de autobús porque iba a estudiar un máster a otra ciudad. Recuerdo el bullicio de la estación, el constante anuncio de salidas y llegadas por los altavoces y algún pitido ocasional de los coches de linea en los andenes cercanos. Ella llevaba un equipaje ligero, pero en su mirada se intuía una mezcla de nerviosismo y prisa. Su despedida fue apresurada y a la vez imposible de cumplir. Como ahora. «Nos veremos cuando nos veamos, Javi», me dijo con una sonrisa tensa antes de perderse entre la multitud. Ya ha llovido.
Durante el camino a casa tenía una tormenta ebullendo dentro de mí. Compañeros de clase desde no sé cuándo, acabamos estudiando la misma carrera en la misma universidad. Un día me di cuenta de que buscaba su mirada y su compañía y ella no me rechazaba. Al final me armé de valor y di el paso. No me arrepiento. Esos meses fueron apasionantes en todos los sentidos.
Un día de inicios de un verano, alguien nos dejó un coche destartalado que apenas pudimos hacer mover hasta el pie de la serranía cercana, y nos dispusimos a subir a un vértice geodésico que había en lo alto. Cuando nos dimos cuenta, estábamos perdidos en medio de un cervunal donde un arroyo local se remansaba en una pequeña laguna. Decidimos pasar allí la tarde contemplando desde más de media ladera el amplio valle que se extendía en derredor. Sin más compañía que el ganado que pastaba durante la temporada en aquel paraje. No voy a contar qué ocurrió, pero tú, lector, te lo puedes imaginar: hacía calor, éramos jóvenes, estaba empezando el verano y no teníamos más compañía que nosotros mismos. Al final se nos hizo de noche y, por fortuna, conseguimos llegar de vuelta a través de un paisaje pintado de plata por la luna. Volvimos muchas veces allí, unos días acompañados de más gente y otros solos; y finalmente encontramos el camino al vértice geodésico un día claro de invierno.
Durante la semana asistíamos a las clases y estudiábamos todo lo que se nos ponía por medio, pero los fines de semana eran para nosotros, concupiscentes. Siempre teníamos algo entre manos, y nos apañamos para estar juntos, como aquella vez que un profesor propuso un censo de estorninos de la ciudad. A nosotros los pájaros nos gustaban lo justo: ni mucho, ni poco; éramos más aficionados a la entomología, pero nuestros paseos de fines de semana nos permitían conocer bastantes parajes cercanos donde paraban en invierno muchas especies de aves. No eran grandes aglomeraciones de pájaros, pero sí lugares donde se veía que descansaban unos pocos días para continuar la migración bien al sur, bien al norte, según la época del año. Alicia se las apañó para engatusar al profesor y, finalmente, el Departamento de la Universidad nos concedió una beca para estudiar aquellos lugares. Eso nos permitió tener algo de dinero, y varias asignaturas medio encarriladas, así como nuestros proyectos de fin de carrera. Alicia era así: vehemente. No se le ponía nada por delante. Capaz de conseguir todo lo que se propusiera. Alicia era sublime. Sin embargo, ahora, después de nuestro reencuentro, percibía algo distinto en ella. Tal vez la prisa por los mellizos o los años vividos la habían apagado. Seguía siendo una fuerza de la naturaleza, pero había en su voz y en sus gestos un matiz de fatiga, como si el tiempo hubiera dejado una marca que antes no estaba. No podía evitar preguntarme si también había cambiado la manera en que me veía a mí.
Ahora me había vuelto a dejar con la miel en los labios. Hacía tiempo que no contestaba a mis mensajes a través de WhatsApp o Facebook o LinkedIn; solo las típicas felicitaciones de Navidad y cumpleaños. Ambos sabíamos dónde trabajábamos cada uno y dónde vivíamos. Pero no teníamos contacto a pesar de vivir y trabajar muy cerca. Era muy raro que solo nos hubiésemos visto este día en un cuarto de siglo.
Conocía bastantes cosas de Alicia, pero muchas se me escapaban. Se había casado con todo un personaje llamado Bernardo que no le tenía mucho aprecio y que empezó a tener problemas con la justicia debido a unos chanchullos que habían acabado por salir en los periódicos. Eso hizo mucho daño a Alicia y su familia, y se divorció de él. Finalmente, el tal Bernardo no se presentó en el juzgado un día y le declararon en fuga o en rebeldía o en algo de eso. El caso es que un día le perseguía la Guardia Civil por una carreterucha de montaña de tres al cuarto y, en una curva, perdió el control y se despeñó no menos de trescientos metros ladera abajo. Ese día sí habé con Alicia, aunque más bien lo que hice fue estar con ella sentada un rato antes de ir al tanatorio del padre de sus hijos.
Los mellizos se llamaban Ana y Carlos, tenían ya sus buenos trece años y, aunque yo no los conocía en persona, eran la delicia de su madre. Las redes sociales no mienten.
Caminando por el bulevar hacia el parque me sumí en mis pensamientos. Se me volvió a ocurrir qué pasó para no continuar juntos, qué fue lo que hizo que nos distanciáramos. Realmente no lo sé. Simplemente creo que la llama se fue apagando porque no supimos o no quisimos alimentarla. Después de varios meses de compartir techo, supongo que llegó el momento de pasar página y continuar cada uno por separado. Lo digo sin acritud. Simplemente pasó que nuestros caminos se bifurcaron: ella fue a estudiar un máster a otra ciudad mientras trabajaba a tiempo parcial allí y yo ya tenía trabajo en mi empresa actual. Los recuerdos auténticos no siempre dejan marcas de seda.
Había llegado ya a la rotonda de la fuente cuando me detuve en un semáforo antes de cruzar. Allí me quedé absorto pensando en cómo se me había ido escurriendo los días en una rutina feroz que me había anulado por completo. Reflexioné sobre cuánto había cambiado mi propia existencia desde que empecé a trabajar y, allí de pie, mientras el semáforo se ponía en verde y en rojo y otra vez en verde en un ciclo sin fin, me di cuenta de que mi trabajo me había cambiado. Desde luego, había dedicado mucho tiempo a mi vida profesional, pero, ¿a qué costo? Era un cargo medio en mi empresa, con reuniones interminables, plazos constantes y una rutina que había absorbido mis sueños más simples. Pero, ¿mi éxito personal? sin darme cuenta y poco a poco había dejado de ser yo. Había creado una versión de mí mismo que no reconocía del todo. Y Alicia… ¡Oh, Dios mío! ¡Yo había sido el culpable de perder a Ali! . Esa verdad me golpeó con el peso de todos los recuerdos en mi cabeza. Solo yo. El semáforo se volvió a poner en verde para peatones y crucé. Ahora ya no iba decaído; ahora iba llorando. El amor y la vida es una planta que cuando no se cuida se marchita. Eso es lo que había pasado. Quizá sea así cómo funciona el tiempo: no nos arrastra de golpe, sino que nos despoja lentamente de las conexiones importantes mientras nos envolvemos en las decisiones cotidianas. Un día, sin previo aviso, miramos alrededor y nos damos cuenta de que aquello que dábamos por sentado se ha desvanecido. El trabajo, las tareas, las pequeñas urgencias se convierten en la niebla que oculta lo que realmente importa. ¿Cuánto había dejado marchitar sin siquiera darme cuenta?
Aún me quedaban diez minutos de suela de zapato hasta llegar al parque, así que seguí rondando en la cabeza qué había ocurrido con mi vida todos estos años. Cómo podría ser si no hubiese dejado escapar a Alicia y qué podía hacer ahora que tengo más recuerdos que proyectos. El tiempo se escurre como una anguila sin que nos demos cuenta.
En esas cuestiones estaba yo, a punto de tomar una decisión crucial, cuando en mi móvil empezó a sonar Los planetas. No el grupo musical, sino la obra de Holst; en concreto, Júpiter reclamaba mi atención así que descolgué:
— Hola Javi, perdona. Antes he sido muy brusca. ¿Sigue en pie tu invitación al café? —no fui capaz de decir nada así que ella insistió—. Javi, ¿me oyes?
— Sí, te oigo un poco mal por el ruido de los coches —mentí.
— ¿Que si me invitas a desayunar mañana?
— Por supuesto, Ali. Conozco el sitio.
Caminé sobre una nube hasta llegar al parque, donde muchas familias estaban cebando a base de maíz extruído a los azulones, fochas y algún porrón despistado que por allí andaban. Una grulla curiosa observaba toda la escena desde una isleta en medio del lago.
Nada más elegir mesa y antes de que viniera el camarero cambié el sonido del teléfono. Solo para Ali: “The Struts: Could Have Been Me”.

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