Autor: Antonia Ramos

  • La cicatriz de los sauces

    Guarecido a duras penas bajo el paraguas azul, la vio por primera vez en veinte años. Vestía una gabardina roja y soportaba, estoica, la lluvia que resbalaba por su rostro como si el cielo llorase por ella. El pelo castaño, rizado y recogido en una coleta, caía pesado sobre la parte alta de la espalda, llorando, a su manera, por encima de la tela. Sus hombros, firmes y tranquilos, enmarcaban una línea que llegaba hasta el cuello, adornado por una gargantilla de la que se descolgaba, sensual y discreta, una pequeña esmeralda hacia el escote, protegido por dos pechos aún firmes, dignos ante el paso del tiempo, que la lluvia apenas insinuaba, como si también ellos se negaran a olvidar el amor.

    Julián, a unos pasos de distancia, la contemplaba bajo la barbacana del muro del antiguo castillo medieval. A pesar del paraguas, la lluvia había conseguido empaparle los pantalones, y le temblaban las manos quizá por frío, quizá por la tensión del instante. Había imaginado este reencuentro mil veces, y sin embargo se sentía torpe. Expuesto. Pequeño.

    —¿Qué debería hacer? ¿Qué le digo? —se preguntó. Mil veces había imaginado este momento, y ahora que por fin ocurría, no podía articular palabra.

    A su alrededor, el pequeño jardín que el ayuntamiento había logrado establecer entre el muro del castillo y el río mostraba sus colores apagados por la lluvia. Las rosas carmesí, aún erguidas, parecían resistir con orgullo, como si guardaran memoria de las antiguas batallas que las leyendas atribuían al lugar. Julián lo conocía bien: había paseado con Ana por cada rincón, por la rosaleda, entre los bancos ocultos tras los setos, por los parterres simétricos y los árboles que bordeaban el sendero de grava. Todo seguía allí, aunque distinto. Como ellos.

    Y en medio de todo, Ana.
    Ana, la mujer por la que habría dejado todo.
    Ana, la mujer por la que nunca se atrevió a luchar contra sí mismo.

    Miró el reloj. Las 18:27. En una ironía del destino, a esa misma hora, veinte años atrás, él la había aguardado en el tren, mirando a través de la ventanilla hacia el andén. Sentado en el viejo vagón, deseó verla aparecer, deseó tener el valor de levantarse, salir de allí e ir a su encuentro. Pero no lo hizo. Minutos después, el tren se puso en marcha y, con su lento traqueteo, Julián comprendió que su cobardía lo alejaba de ella para siempre.

    Hasta ahora.

    Con paso indeciso, empapado en sus miedos y dudas, Julián se acercó a la mujer. Aterido, pudo observar cómo su mirada se perdía en el lecho del río, donde una corriente jugueteaba con las rocas, vencidas lentamente por el tiempo. Las mismas rocas sobre las que rieron, testigos mudos de aquel tiempo; también ellas habían cambiado, como un eco gastado del pasado.

    —Hola —dijo ella con voz serena—. Por fin… viniste.

    Pareció que Ana iba a decir algo más, pero no supo qué. La nostalgia se le asomó a los ojos y se arrebujó en la gabardina, como si pudiera esconderse ahí de la vergüenza de lo que aún sentía.

    Julián no supo qué decir. Permaneció en silencio, mientras un trueno lejano rompía, grave, el murmullo del río. Tardó unos segundos —o quizá otros veinte años— en domeñar el nudo de llanto que se le anidó en la garganta. Por fin encontró algo de serenidad.

    Con las manos nerviosas se frotó una contra otra, como si ese gesto pudiera hacer desaparecer su incertidumbre, y contestó:

    —Sí… Al fin vine. No sabía si te encontraría aquí. Pensé que… que me habías olvidado.

    Un silencio denso se cernió sobre ellos. Una nube llena de deseos descendió y los envolvió como una red, difícil de romper.

    —Todos los años vengo.

    Él rodeó el banco y se sentó a su lado. Giró la cabeza y pudo ver que seguía siendo bella. La mujer por la que se consumía. La mujer que dejó abandonada en aquel andén vacío.

    Sus ojos conservaban la misma serenidad que Julián recordaba de años pasados. Sus pómulos, apenas maquillados, seguían igual de sensuales. Y su boca, todavía protegida por aquellos dos centinelas, aquellos hoyuelos —siempre dispuestos a rendirse— que tantas veces había besado, le hizo entender, de golpe, cuánto tiempo llevaba echándola de menos.

    —Te estuve esperando. En la estación. En el tren. Y mientras se alejaba, noté que parte de mí se quedaba contigo… pero no supe volver. No fui valiente para volver.

    Ella le miró. Su cara reflejaba el cansancio de años de espera, de noches cálidas que se esfumaron, de primaveras llenas de flores no vividas, y de todo el tiempo que se fueron negando sin querer.

    —Veinte años, Julián. Veinte años… Mucho tiempo se nos ha escurrido entre los dedos. Ahora es demasiado tarde. No somos lo que fuimos. Ni podremos ser lo que éramos.

    —Tienes razón, Ana. Quizá yo tenga la culpa… ¿Vienes mucho por aquí?

    —Cada año. Este día. A esta hora. A esperarte. A saber que ya no vendrías. Esperaba que algún día vinieses… Y así ha sido. Ya no necesito esperar más.

    —Ana… ¿Eres feliz?

    Un silencio denso se cernió sobre ellos. Una nube llena de deseos descendió y los envolvió como una red, difícil de romper.

    —En todas las fotos me verás sonreír. Sí… supongo que soy feliz. O al menos casi. ¿Y tú, Julián?

    —He conseguido sobrevivir sin ti. Sin mí —contestó a bocajarro—. Me casé y tuve dos hijos. Una niña, Sandra, y un niño, Rafa. Pero raro es el día en que no pienso en aquella Ana de hace veinte años, con la que conquisté el sendero de los sauces, donde aprendimos a querernos. Me acuerdo de los días de final de verano allí… y del invierno que pasamos paseando casi todas las tardes.

    —Julián —contestó al fin ella—. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué dejamos morirnos? ¿Por qué te fuiste?

    —Ana… no lo sé. Simplemente ocurrió. Quizá tenía que ser así… o no. Las derrotas más duras son las que ni siquiera se pelean. Y aquellas que nos dejan cicatrices que no se ven. Pero, ¿sabes una cosa? Eres la cicatriz más bonita que conservo —dijo, sin poder apartar la mirada de sus ojos: un lugar al que no había vuelto, pero que seguía reconociendo.

    —Ja, ja, ja —una carcajada de Ana iluminó el cielo junto a un relámpago lejano, mientras también clavaba sus ojos en los de él—. Así que eso soy para ti, ¿una cicatriz?… Te diré una cosa: creo que tú también eres una bonita cicatriz. De esas de las que una se acuerda de vez en cuando… o casi a diario. A veces duele. Pero es nuestra. Y en el fondo… me gusta. Porque formas parte de ella. Porque es un nosotros que me gusta recordar. A veces duele. Pero es bonita. Es yo.

    Hacía tiempo que la lluvia había cesado y solo algunas gotas despistadas mojaban sus caras de vez en cuando. A pesar de todo, ambos se sostuvieron la mirada, con esa complicidad que solo conocen los que, en algún momento, se lo dijeron todo sin decir nada.

    Ana se levantó, y él la acompañó. Sus miradas volvieron a fundirse una última vez.
    Ana se mordió el labio, como solía hacer cada vez que iba a hacer algo prohibido. Julián no se movió. Sólo la miraba. Sólo la esperaba. Como siempre. Como nunca.

    Entonces, ella dio un paso, lo tomó de la cadera y hundió la cara en su hombro. Julián la rodeó con los brazos, y ambos se regalaron un último abrazo. De esos que sólo ellos sabían darse. De esos que nadie más les volverá a dar. De una manera que hacía años ninguno de los dos recordaba.

  • 🌊 Fiume Sand Creek – Fabrizio De André

    🌊 Fiume Sand Creek – Fabrizio De André

    Algunas canciones no solo se escuchan: se recuerdan. Fiume Sand Creek es una de ellas. Es la historia de una masacre real —ocurrida en 1864—, narrada desde los ojos de un niño nativo. Una letra poética, dolorosa y hermosa que nos obliga a mirar de frente la violencia disfrazada de historia oficial.

    Puedes escuchar la canción aquí: Fiume Sand Creek – Fabrizio De André (con subtítulos)

    Letra en italiano

    Si son presi il nostro cuore sotto una coperta scura
    Sotto una luna morta piccola dormivamo senza paura
    Fu un generale di vent’anni
    Occhi turchini e giacca uguale
    Fu un generale di vent’anni
    Figlio d’un temporale
    C’è un dollaro d’argento sul fondo del Sand Creek

    I nostri guerrieri troppo lontani sulla pista del bisonte
    E quella musica distante diventò sempre più forte
    Chiusi gli occhi per tre volte
    Mi ritrovai ancora lì
    Chiesi a mio nonno è solo un sogno
    Mio nonno disse sì
    A volte i pesci cantano sul fondo del Sand Creek

    Sognai talmente forte che mi uscì il sangue dal naso
    Il lampo in un orecchio nell’altro il paradiso
    Le lacrime più piccole
    Le lacrime più grosse
    Quando l’albero della neve
    Fiorì di stelle rosse
    Ora i bambini dormono nel letto del Sand Creek

    Quando il sole alzò la testa tra le spalle della notte
    C’erano solo cani e fumo e tende capovolte
    Tirai una freccia in cielo
    Per farlo respirare
    Tirai una freccia al vento
    Per farlo sanguinare
    La terza freccia cercala sul fondo del Sand Creek

    Si son presi il nostro cuore sotto una coperta scura
    Sotto una luna morta piccola dormivamo senza paura
    Fu un generale di vent’anni
    Occhi turchini e giacca uguale
    Fu un generale di vent’anni
    Figlio d’un temporale
    Ora i bambini dormono sul fondo del Sand Creek

    Traducción al español

    Se llevaron nuestro corazón bajo una manta oscura
    Bajo una luna muerta y pequeña dormíamos sin miedo
    Fue un general de veinte años
    Ojos azules y chaqueta igual
    Fue un general de veinte años
    Hijo de una tormenta
    Hay un dólar de plata en el fondo del Sand Creek

    Nuestros guerreros demasiado lejos, tras la pista del bisonte
    Y esa música lejana se volvió cada vez más fuerte
    Cerré los ojos tres veces
    Y me encontré aún allí
    Pregunté a mi abuelo: ¿es solo un sueño?
    Mi abuelo dijo: sí
    A veces los peces cantan en el fondo del Sand Creek

    Soñé tan fuerte que me salió sangre por la nariz
    Un relámpago en un oído, en el otro el paraíso
    Las lágrimas más pequeñas
    Las lágrimas más grandes
    Cuando el árbol de la nieve
    Floreció con estrellas rojas
    Ahora los niños duermen en el lecho del Sand Creek

    Cuando el sol alzó la cabeza entre los hombros de la noche
    Solo había perros y humo y tiendas dadas vuelta
    Lancé una flecha al cielo
    Para que pudiera respirar
    Lancé una flecha al viento
    Para hacerlo sangrar
    La tercera flecha, búscala en el fondo del Sand Creek

    Se llevaron nuestro corazón bajo una manta oscura
    Bajo una luna muerta y pequeña dormíamos sin miedo
    Fue un general de veinte años
    Ojos azules y chaqueta igual
    Fue un general de veinte años
    Hijo de una tormenta
    Ahora los niños duermen en el fondo del Sand Creek

    Si esta canción te ha tocado como a mí, quizás entiendas por qué a veces es necesario hablar de poesía para contar una verdad que los libros no saben decir. Fiume Sand Creek es una de esas canciones que hacen memoria cuando la historia calla.

  • Los ojos donde naufragué (V): El halago inesperado

    — Vamos chicos, que no llegamos hoy. ¡Nos hemos quedado dormidos!
    — Ya vamos, mamá —dijo Carlos con voz adormilada—. ¿Tengo la mochila en la puerta? ¡No la encuentro!
    — Sí, Carlos, aquí está —contestó su hermana—. ¡Date prisa, que tenemos la exposición del trabajo!
    Y así comenzó el día para Alicia y los mellizos. Se habían quedado dormidos y tenían los nervios a flor de piel. «Por fortuna el colegio no está lejos», pensó Alicia. «Si no hay mucho tráfico, es posible que lleguemos a tiempo».
    Cuando llegaron a la puerta del colegio, Alicia detuvo el coche y sus hijos bajaron apresuradamente.
    — ¡Hasta luego, chicos!
    — ¡Hasta luego, mamá! —contestaron al unísono.
    Alicia continuó hacia el centro comercial donde aparcaba para ir a trabajar. Condujo despacio; no tenía obligación de fichar a una hora fija, una ventaja de ser jefa de sección en la empresa. «También va en el sueldo hacer más horas extra que un reloj», pensó, dejando escapar una sonrisa resignada.
    En el coche, la voz de Leonard Cohen llenaba el espacio. Alicia había puesto Bird on the Wire, la canción que había mencionado en su desayuno con Javi. En su móvil, el mensaje de Javi seguía abierto: «Pensando en las canciones que dijimos que nos definían, creo que esta te gustará: Famous Blue Raincoat, de Cohen. Tiene algo que me recuerda a ti». Alicia suspiró mientras la música continuaba. «Siempre tiene la habilidad de dar en el clavo», pensó, dejando que la melancolía la envolviera.
    Al llegar al aparcamiento, bajó del coche y escuchó una voz a su espalda.
    — ¡Hola, Alicia! ¿Qué tal estás?
    Se giró rápidamente.
    — Hola… Ah, ¡hola, Marcos! ¿Cuánto tiempo sin verte!
    — Sí, mucho. Estoy haciendo gestiones por aquí. Este aparcamiento gratuito del centro comercial me da la vida para el papeleo.
    — Oh, ¿algún problema?
    — No, nada grave. Es que me voy a Zaragoza. Eché el currículo. en una empresa de depuración de aguas y parece que les gustó, así que estoy arreglando papeles. Empiezo en septiembre, pero es un lío tremendo.
    — Ah, genial. Me alegro por ti. Seguro que el cambio será para mejor —dijo Alicia, sintiendo un leve temblor en la voz que solo ella notó. Recordó demasiado bien los cambios drásticos de su propia vida, como cuando dejó a Javi.
    — Quienes te van a echar de menos son los mellizos. Te adoraban como profesor de biología, y eso que les dabas bien de caña.
    — Ay, Carlos y Ana. ¡Qué chicos tan educados y amables! Se nota que tienen un buen ejemplo en casa.
    Alicia sonrió, halagada y sorprendida por el comentario.
    — Gracias, Marcos. Eso significa mucho para mí.
    — ¿Tienes tiempo para un café? —preguntó con una sonrisa relajada.
    — La verdad es que voy un poco justa, pero podemos tomarnos algo rápido en la cafetería de la entrada —respondió Alicia, movida por curiosidad más que por interés.
    Subieron juntos a la primera planta del centro comercial, donde pidieron un cortado para llevar.
    — ¿Te importa si damos un paseo antes de que vuelvas al trabajo? —preguntó Marcos, señalando las escaleras mecánicas.
    — Claro, vamos —respondió, con una leve sonrisa.
    Salieron y atravesaron la pequeña zona ajardinada frente al centro comercial. Alicia observó cómo los jardineros replantaban flores en los parterres. «Todo esto es pura fachada», pensó. «Un intento de disfrazar este lugar como algo más que una colmena de consumo».
    — El mundo es un lugar maravilloso, ¿no crees, Alicia? —preguntó Marcos, mientras entrecerraba los ojos y le dedicaba una sonrisa de complicidad.
    — No sé, Marcos. A veces la vida puede llegar a ser muy dura.
    — Fíjate en los árboles, por ejemplo. Hace unas semanas estaban sin hojas y ahora míralos, en todo su esplendor.
    Alicia notó el dulce aroma de las flores de los tilos y el inconfundible olor a hierba recién segada, que siempre le resultaba reconfortante.
    — También ocurre en la vida —continuó Marcos—. Siempre se abre camino, incluso en los lugares más inesperados. Fíjate en nosotros ahora, haciendo novillos de nuestras obligaciones como pícaros estudiantes.
    Alicia esbozó una sonrisa, aunque no estaba segura de hacia dónde quería llevar la conversación. «¿Por qué no puedo simplemente disfrutar esto?», pensó, mientras una sombra de Javi cruzaba su mente.
    — Sí, bueno. Dímelo a mí, que tengo dos hijos adolescentes que me van a volver loca los próximos años.
    — No, no creas. Tus hijos tienen un muy buen espejo donde mirarse. Si salen a la madre, no te causarán ningún problema. Siempre me ha maravillado la capacidad de trabajo y gestión que tienes con dos hijos a tu cargo.
    Alicia se sintió halagada y sonrió abiertamente. «Que no salgan a su padre, por favor», pensó para sí misma.

    Llegaron al final del sendero ajardinado, donde el bullicio del centro comercial volvía a hacerse presente. Marcos miró el reloj y luego a Alicia con una sonrisa tranquila.
    — Bueno, no quiero robarte más tiempo. Seguro que tu trabajo te está esperando.
    — Sí, me temo que sí. Y tú tienes que seguir con tus gestiones, ¿no? —respondió Alicia, ajustando la correa de su bolso.
    — Así es. Aunque, la verdad, este rato ha sido un respiro necesario. Quizás podamos repetirlo algún día… si no estás muy ocupada con los mellizos o el trabajo.
    Alicia le devolvió la sonrisa, un poco más contenida esta vez.
    — Quizás, Marcos. Ha sido agradable hablar contigo.
    Marcos asintió, tomando su taza vacía y señalando hacia el aparcamiento.
    — Entonces, hasta la próxima, Alicia. Y gracias por el café… y la conversación.
    — Hasta la próxima, Marcos. Que tengas suerte con los papeles y el traslado.
    Ambos se separaron con un breve gesto de despedida, cada uno tomando una dirección opuesta. Mientras caminaba hacia la entrada del centro comercial, Alicia sintió que el ruido y el movimiento a su alrededor la envolvían de nuevo, alejándola del pequeño oasis de calma que había sido el paseo.
    Ya en el ascensor que la llevaba a su planta, se sorprendió pensando en Javi. Había algo en la interacción con Marcos que no lograba descifrar del todo. «Es amable, atento… todo lo que una mujer podría desear», reflexionó, mientras el eco de las palabras de Marcos sobre los árboles y la vida resonaban en su mente. Pero, aun así, la sombra de Javi seguía presente, una presencia que no lograba apartar por completo.
    El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Alicia respiró hondo antes de dar el primer paso hacia su oficina. «Quizás no se trata de elegir entre uno y otro», pensó. «Quizás se trata de entender lo que realmente quiero».
    Con esa idea flotando en su mente, se adentró en su jornada, dejando que la rutina tomara el control, al menos por ahora.

  • Los ojos donde naufragué (IV): El desayuno (2ª parte)

    Mientras se lo decía, noté cómo Alicia apartaba la vista por un momento, como si luchara con algo que no quería decir. Antes de que pudiera reaccionar, sus ojos se llenaron de lágrimas, y su rostro, normalmente seguro, se transformó en una imagen de fragilidad. Su voz tembló cuando me contestó

    — O sea que hay cosas que un hombre debe hacer y otras que no — apenas pudo decirme en un susurro al borde del llanto —Javi, ¿te acuerdas de cuándo te conté lo del divorcio de mis padres? ¿y el momento en que te lo conté? Fue un momento tan íntimo y especial para mi que nunca pensé que pudieras comentárselo a tus amigos. No sé si alguna vez te diste cuenta, Javi, pero aquello me dolió profundamente. Fue como si el lugar donde creía estar segura se desmoronara.

    — Es verdad —admití, sintiendo el peso de sus palabras como una losa—. No siempre he sido el más noble ni el más confiable. Siempre intenté serlo contigo, pero muchas veces no lo conseguí. Te hice daño, lo sé, y por eso te pido perdón, Ali. De corazón.

    — Ya no hay nada que perdonar. En aquel momento fue muy muy importante, pero luego con el paso del tiempo no es lo peor que he tenido que soportar. Además yo también te he hecho daño y casi siempre de forma consciente.

    — Sí. Alguna vez me has hecho daño también.

    — Como cuando me fui de repente o como cuando te hice quedar como un cornudo por Bernardo. En verdad, lo fuiste.

    — Lo sé, Alicia —dije, usando su nombre completo. Sabía que eso le iba a impresionar; casi nunca lo hacía—. Sé lo que hiciste. Pero no puedo, no pude retenerte. De eso me di cuenta más adelante, con los vaivenes de la vida. Entendí que tenías que buscar otros puertos donde arriar tu velero.
    Alicia arqueó una ceja, y su expresión pasó de la sorpresa a la curiosidad.
    — ¿Eso es de alguna canción? ¿Lo de arriar el velero?
    Sonreí con una mezcla de nostalgia y algo de vergüenza.
    — Sí. Es de «Como un explorador», de Sabina. Siempre me ha gustado… Aunque, siendo honesto, no me siento identificado del todo. Sabina canta como si todo estuviera ya superado, como si la ruptura fuera agua pasada y la vida siguiera adelante sin mirar atrás.
    Hice una pausa, dejando que las palabras resonaran entre nosotros antes de añadir:
    — Yo… aún no he llegado ahí. Quizá por eso la canción me toca tanto, porque me recuerda que debería haber seguido navegando hace tiempo, pero no lo hice.
    Por un momento, Alicia pareció reflexionar. Sus ojos se suavizaron, como si entendiera algo que hasta entonces no había querido ver.
    — Yo también me siento identificada con una canción —dijo, casi en un susurro—. «Bird on the Wire», de Leonard Cohen. La escuché anoche y… no pude evitar llorar. Me veo reflejada en esos versos, en esa lucha por ser libre, aunque haya cometido tantos errores en el camino.
    — Sí, sé qué canción es, pero ahora no puedo recordar toda la letra —admití, aunque algo en su tono me hizo querer buscarla en cuanto estuviera solo.
    — Habla de arrepentimientos y de intentarlo… aunque no siempre salga bien. Es triste, pero también hay algo de esperanza.
    Sus palabras quedaron flotando entre nosotros, y por un momento no supimos qué decir. Finalmente, Alicia me miró directamente, como si intentara decirme algo más de lo que podía expresar.
    — Si quieres, Javi, puedes escucharla cuando nos hayamos despedido. Parece que está hecha para mí.
    No supe qué responder. Sus palabras, llenas de resignación y fuerza, dejaron una sensación extraña, como si me pidieran que entendiera no solo su pasado, sino también el mío. Sentí que estábamos en un punto en el que el silencio hablaba más que cualquier frase. Pero justo cuando parecía que algo más iba a emerger, la camarera llegó con la comanda.
    — Aquí tienen —dijo en un tono bajo, casi tímido, como si hubiera percibido la tensión entre nosotros.
    El momento de conexión que estábamos construyendo se desmoronó por completo. Alicia y yo intercambiamos una mirada breve, cargada de esa incomodidad que surge cuando algo importante queda sin decirse.
    Fui yo quien rompió el silencio, girando la conversación hacia otro tema.
    — ¿Y tus hijos? ¿Qué tal llevan lo de su padre?
    Alicia suspiró, como si estuviera despejando el peso de sus propias palabras para pasar a algo más práctico.
    — Bueno, ellos eran pequeños cuando salieron los problemas y lo detuvieron. Apenas se dieron cuenta. Lo que llevaron peor fue que, cuando comenzó a huir, era un no parar de abogados, psicólogos, trabajadores sociales, jueces… ¡Oh, Dios, eso sí que fue duro!
    »Luego ocurrió que se acostumbraron. Primero a un padre bastante ausente y luego, cuando se mató en la persecución, no fue más que un paso más. Pasó de ser un padre esporádico a un padre completamente ausente.
    Me quedé observándola mientras hablaba. Jamás había visto a Ali tan indiferente sobre un tema. Me lo contó como quien lee la lista de la compra, con una frialdad que no había esperado. Pero al mismo tiempo, noté una dureza en su tono, como si cada palabra fuera un recordatorio de lo que había soportado.
    » Al final yo era quien los atendía, los llevaba al cole, los recogía si estaban enfermos, los llevaba y traía al deporte de turno… En fin, que Bernardo era el que se suponía que traía dinero, pero resultó ser rana. Muy rana. Menos mal que hizo algunas cosas bien: me exigió la separación de bienes el día que nos casamos y arregló los papeles para que la casa donde vivimos fuese nuestra. Dinero no nos dejó ni mucho ni poco, pero al menos tenemos un techo bastante cómodo donde vivir y con mi sueldo voy tirando.
    Había algo en su forma de decir «Bernardo» que me dejó helado. No era rabia, ni odio puro, pero tampoco dolor, ni rencor. Casi parecía que se alegraba de que no solo hubiese salido de su vida, sino de que ya no existiera. Era como si el simple hecho de que estuviera muerto le hubiera dado la paz que nunca tuvo en vida.


    — Ya. Jo. Debió ser muy duro todo aquello —le dije, más para tener una salida que para que continuara hablando.
    Ella asintió, y por un momento pareció querer añadir algo más, pero al final se limitó a tomar un sorbo de café. 

    — En fin, pero eso fue hace ya unos pocos años, y los chicos ni se acuerdan ni lo mencionan mucho. ¿Y tú? ¿Qué tal tu vida? Apenas sé lo que pones en redes y no es mucho, la verdad. No te dejas que te espíe.

    Mientras Ali hablaba de sus hijos con una mezcla de pragmatismo y desapego, sentí cómo algo dentro de mí cambiaba. No podía esperar que la mujer frente a mí fuera la misma chica de hace tantos años. Habíamos cambiado, y yo tenía que aceptarlo. Había en ella una dureza que no recordaba, pero también algo nuevo, una chispa que no terminaba de identificar.

    — Pues no te puedo decir más que lo que ya sabes. Estuve en la empresa aquella ganando ná y menos, pero me salió ser jefecillo en la que estoy ahora y no me quejo. Puedo comer y tengo un techo para vivir. No es gran cosa, pero pago bien la hipoteca y sin lujos puedo permitirme algún capricho.

    — No. No me refiero a eso —dijo Alicia, y posó una mano sobre la mía.

    El gesto fue inesperado. Su piel era cálida, y la sensación de su contacto me dejó paralizado por un instante. No era un gesto calculado, o al menos no lo parecía. Había en él algo instintivo, como si quisiera decirme algo que no podía expresar con palabras.

    — Me refiero a ti, no a tu trabajo, Javi… Perdona —añadió rápidamente, y retiró la mano con cierta torpeza, como si temiera haber cruzado un límite.

    — Por favor, vuelve a colocar la mano sobre la mía —le pedí, intentando que mi voz sonara más tranquila de lo que realmente estaba.

    Alicia dudó por un instante, pero luego lo hizo. Esta vez fui yo quien giró la mano, ofreciéndole la palma hacia arriba. Su gesto dejó de ser solo un contacto y se convirtió en algo más íntimo, como si cada pliegue de nuestras manos recordara lo que habíamos sido. Por un segundo, nuestros dedos parecieron buscarse, y el mundo a nuestro alrededor se desvaneció. Mientras Alicia posaba su mano sobre la mía, me di cuenta de cuánto tiempo había esperado un momento como este. Pero al mismo tiempo, sentí una tristeza inexplicable: sabía que no éramos los mismos, que la conexión que una vez tuvimos ahora era más frágil, como las cenizas de un fuego que alguna vez ardió con fuerza.

    — Es que no me imaginaba que tuvieras ese gesto —añadí—. Mi vida mía, es como cuando te fuiste. Nada. Intenté rehacerme y en cierto modo lo conseguí, pero no encontré a nadie que llenase tu hueco, la hondonada que me dejaste. Sólo puedo decir que tuve un intento de relación seria, pero no prosperó. Así que me he quedado varado en dique seco. Mi hermano y mi sobrina viven lejos, y apenas los veo. El trabajo no me deja mucho más que hacer o pedir.

    Alicia retiró su mano con suavidad, y vi en sus ojos algo que no supe descifrar, una mezcla de comprensión y algo más, tal vez pena.

    — Ya veo —dijo, con una sonrisa que no llegó a ser del todo alegre—. No sé, Javi, siempre fuiste fuerte, o eso me pareció. Pero ahora… te veo… como más tranquilo, más… no sé… ¿resignado? No es malo, pero me hace pensar.

    Su tono era suave, como si caminara sobre un terreno delicado.

    — No sé si es resignación, Ali —le contesté, eligiendo cuidadosamente mis palabras—. A veces creo que es más bien aceptar que la vida no siempre sale como uno espera. Pero otras veces siento que me he rendido antes de tiempo

    Una vez que hubimos tomado por completo el desayuno y hacía tiempo que nos habían retirado los platos, sentimos la necesidad de continuar la conversación paseando, dejando que las suelas de los zapatos nos llevaran sin rumbo fijo. Nos perdimos entre el gentío que, a última hora de la mañana de aquel sábado, inundaba las calles del centro. Las vías peatonales eran un hervidero de vida, de voces y pasos entrecruzados, el tipo de bullicio donde apetece desaparecer de vez en cuando.

    Al pasar junto a la vieja morera, mi atención se desvió hacia su tronco desgastado y sus ramas, que apenas lograban sostener unas pocas hojas al sol de mayo. Era un árbol vetusto, ajado por el tiempo, pero que aún se aferraba con terquedad a la vida. Me recordó los versos de Machado sobre aquel olmo viejo de Soria, al borde de la muerte, pero con un último brote de esperanza. Había algo profundamente humano en esa imagen: una lucha silenciosa contra lo inevitable, un deseo de mantenerse de pie aunque el tiempo te haya despojado de casi todo.

    No pude evitar verme reflejado en aquel tronco. Mis raíces alguna vez fueron fuertes, pero ahora parecían sostenerme apenas con esfuerzo. Mi esperanza tambaleante se parecía al verde frágil de sus hojas, resistiendo a duras penas el paso de los años. Alicia caminaba junto a mí, ajena a mis pensamientos, y me pregunté si nuestra historia también se había convertido en un recuerdo, algo que una vez floreció con fuerza, pero que ahora vivía únicamente en mi memoria.

    Mientras mi mente seguía atrapada en las comparaciones con la vieja morera, Alicia se detuvo y me miró.

    — Javi, ¿puedo pedirte algo? Tómame la mano, como cuando éramos novios. Aunque sea por un momento. Lo necesito.

    Su voz tenía un tono que no recordaba, una mezcla de nostalgia y algo que no pude identificar. Obedecí casi sin pensar, y el contacto me dejó una sensación extraña: no era como antes, pero aún tenía algo de lo que habíamos perdido. Su piel seguía siendo cálida, familiar, pero ya no despertaba en mí el mismo fuego de antes. Era una conexión distinta, más frágil, como un eco de lo que habíamos sido. Durante unos segundos conectamos, incluso me pareció que el sol brillaba más, pero luego soltó mi mano.

    — Gracias, Javi. De verdad, gracias.

    No supe qué contestar, así que tan solo le abrí la puerta del coche y esperé a que ella entrara. La vi sentarse y ajustar el espejo retrovisor antes de arrancar. Había algo en su mirada que parecía despedirse, pero no supe si era de mí o de lo que habíamos sido.

    — ¿Nos volveremos a ver, Javi?
    — Cuando tú quieras, Ali.
    Ella esbozó una sonrisa que parecía contener más de lo que decía.
    — Ahora se avecinan semanas de locura hasta final del curso, y en verano nos vamos al pueblo con mi padre y mis tíos. Pero a finales de agosto, Ana empieza un torneo en un nuevo equipo. ¿Quieres conocer a los mellizos?
    El ofrecimiento me descolocó. Era más que una invitación informal; era abrirme una ventana a la vida que había construido sin mí.
    — Me encantaría, Ali —contesté, tratando de ocultar mi mezcla de nervios y curiosidad.
    — Nos vemos por guasap, entonces. No te me pierdas de nuevo.
    — No lo haré.

    La vi cerrar la puerta del coche con cuidado, como si quisiera asegurarse de que no rompía algo más en el proceso. Encendió el motor y, mientras se incorporaba al tráfico, me quedé mirándola hasta que desapareció entre las calles. Pero esta vez no sentí el vacío que me ahogó hace años. Habíamos cambiado, y eso estaba bien. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía recordar lo que habíamos sido sin el peso de lo que no llegamos a ser.

    La invitación a conocer a los mellizos seguía flotando en mi mente. No era solo un gesto de cortesía; era un puente hacia algo nuevo. Quizá no se trataba de revivir un fuego extinto, sino de aprender a caminar juntos entre las cenizas, con el paso lento y cauteloso que dan los que alguna vez se perdieron.

  • Los ojos donde naufragué (IV): El desayuno (1ª parte)

    Llegué temprano a la plazuela. Nervioso por la nueva oportunidad que creía tener con Ali, quería pasear por aquel rincón de la ciudad durante unos minutos sin su presencia, quería recordar todos los momentos que pasamos a solas allí, quería volver a sentir a Ali. La plaza había sido modificada no hacía mucho. El Ayuntamiento había considerado quitar el adoquinado y las zonas de tierra para enlosar todo el suelo. Por lo visto convertir los parques en freidoras de granito durante el verano era la nueva tendencia de los consistorios que tenían que hacer algo pero no sabían qué. También es verdad que pude ver los arbolitos que estaban allí hacía años, seguían en su sitio y habían plantado algunos otros más. Agradecí mucho que no fuesen castaños de indias ni plataneros. Había unas pocas acacias de dos especies diferentes y una mimosa que repartía de manera generosa su olor. Además, el viejo árbol de Judas había sido podado y cuidado y ahora volvía a lucir cubierto de flores sonrosadas. Me acordé de que en esos parterres había un ciprés y una vieja morera, pero no recordaba dónde estaban de manera precisa. Me di la vuelta y recorrí la plaza con la vista. El ciprés había desaparecido, pero la morera seguía allí, con muy pocas hojas. Se trataba de un árbol vetusto, sin excesiva vitalidad que aún conseguía dar algo de sombra a quienes se sentaran bajo sus hojas. La vieja morera se resistía a formar parte de los recuerdos de enamorados como yo o de viejas postales.

    A lo lejos la vi. Con su andar decidido y seguro. Su pelo cobrizo iba recogido en una coleta larga que ondeaba al ritmo de sus caderas,quizá algo más anchas de lo que recordaba. Quizá por el parto, quizá por la edad. Había elegido para la ocasión un traje informal con una blusa que realzaba sus curvas y un pantalón a juego. El cinturón negro, ancho, con hebilla dorada le daba carácter a todo el conjunto. Sus ojos seguían siendo diáfanos pero el abrazo de las cejas venía acompañado ahora de unas pequeñas arrugas que se extendían unos pocos centímetros hacia atrás, como las raíces de una planta que busca anclarse en el terreno. Supongo que yo le debí causar una sensación similar por la forma en que iba mirándome. La juventud se nos había escurrido entre los dedos sin darnos tiempo a enterarnos. Cuando llegó a mi altura se detuvo mientras yo la observaba.

    — Bueno ¿qué? ¿Nos damos dos besos?, ¿nos damos la mano?, ¿nos tiramos de las orejas? ¡No vamos a quedarnos aquí como estatuas todo el día! — reclamó Ali con algo en su tono de voz que supuse agitación por venir andando.

    — Yo creo que un par de besos estaría bien — le contesté — ¿Qué tal estás? ¿Recuerdas dónde estaba la «Céntrica»? pues me han dicho que ahora es una cafetería muy interesante.

    — Vaya, ¡Han cerrado la Céntrica? Con la de libros viejos que pudimos sacar de ahí.

    — Sí una pena, pero Jacinto se jubiló y sus hijos prefieren el dinerito fresco de un alquiler mensual a subir la persiana todos los días para que cuatro pelagatosgatos bibliófilos vayan buscando un libro de vez en cuando. Es mucho más rentable y además ahora gestionan el almacén a través de páginas web.

    — Ya… — contestó lacónica ella — Una pena de las cuatro generaciones de libreros. ¿De qué año era la librería?

    — De mil ochocientos y pico, creo que por la época de la primera república, pero no lo tengo nada claro. Venga, vamos y vemos a ver si hay algún dato.

    No era un camino muy largo, apenas estábamos a unos metros andando después de doblar la esquina de una de las callejas del casco antiguo que vertían paseantes a la plazuela. La fachada apenas había cambiado y en un detalle de mal gusto, en mi opinión, ahora se llamaba «Cafetería La Céntrica». La fecha de apertura seguía incrustada en el dintel de madera original: «anno 1875». Cuando entramos a la cafetería, no podía imaginar lo grande que era el local. Sin montañas de libros parecía que el espacio se hubiese multiplicado. El lugar donde Jacinto atendía a los clientes sobre un viejo mostrador de madera, desgastado del roce diario con miles de ejemplares a cual más raro, ahora era una barra nueva y reluciente de piedra falsa que tan de moda está. Una pequeña barandilla obligaba a dejar un hueco horizontal entre la piedra y los clientes, y era sin duda un elemento puesto ahí adrede para despeñar material desde la barra hacia el suelo. Las mesas y sillas parecían sacadas de un almacén al peso, cada una era de una forma, color, tamaño y material diferente a pesar de ser evidentemente nuevas. El flanco derecho de la librería, donde Jacinto tenía cuidadosamente expuestos los libros más caros y selectos de su negocio, bajo llave, ahora era una bancada corrida en donde aparecían cojines y almohadas en algunos sitios y en otros la dura tabla era lo único que podías esperar por posadera. Sin duda un decorador había estado intentando sacar partido a la unión entre una librería de más de un siglo de existencia y una cafetería funcional y moderna. Lo que yo no tenía tan claro era si lo había conseguido en su totalidad.

    — Vaya con el sitio. ¿Cómo ha cambiado!

    — Ya ves Ali, las cosas cambian pero el local sigue siendo el mismo, y si te fijas allí al fondo aún puedes ver una vitrina con ejemplares de libros antiguos.

    — De todas maneras esto no me lo imaginaba. Ha cambiado mucho y aquí estamos nosotros… practicando la añoranza. Las cosas cambian y hay que adaptarse.

    Nos sentamos en un lugar apartado, junto al ventanal, desde donde la luz de la mañana caía en un ángulo extraño, iluminando solo partes de su rostro. Era como si incluso el sol dudara sobre dónde colocar su atención.

    Después de que la camarera hubo recogido el pedido, Ali tomo las riendas de nuestra conversación.

    — ¿Por qué me paraste ayer, Javi? Me sorprendió mucho, la verdad.

    — ¡Caray, Ali. ¡No dejas nada para luego! En fin… — rezongué — Primero porque me apetecía y luego porque quise. Fueron unos años muy intensos y buenos junto a ti. Sé que acabaron, pero de vez en cuando me habría gustado hablar contigo. Y me habría encantado poder tomarme uno o dos cafés durante todo este tiempo. — Mentí. Pensaba en ella a diario, y me deshacía por tenerla cerca.

    — Es verdad. Fueron años intensos. Creo que no supimos acabar bien. Algo no supimos o no quisimos hacer.

    — Ya… me dolió mucho ver cómo en unos pocos días te largabas de mi vida, sin casi tiempo para decirte adiós, sin darme ocasión de remediar algo si es que estaba en mi mano. Lloré mucho esas semanas. Hasta mi jefe me dijo que me tomara unas vacaciones pero no lo hice. ¿qué iba a hacer? ¿Encerrarme en casa a pensar en tí, Ali?. Lo fui superando como pude. Cambié de piso, pero eso ya lo sabes porque tuviste que comunicárselo tú también a nuestro casero.

    — Sí. Lo sé. No creo que hayan sido momentos ejemplares en mi vida. Quizá podrías haberme mandado al infierno por eso.

    — No te preocupes, Ali. Aquello pasó. Me recuperé y ahora estoy aquí.

    — Y estuviste el día del entierro de Bernardo. Fuiste el único que no me dijo palabras vacías y frases huecas. Aún me acuerdo: llegaste y me abrazaste. Me dijiste «¿Qué necesitas?» ¿Sabes que nadie más me lo preguntó? Tu me sacaste a unas manzanas de distancia del tanatorio y fuimos a un bar, estuviste conmigo todo el tiempo que necesité y luego me dejaste volver con mi angustia. No me insististe en hablar, no me incitaste a nada. Simplemente estabas allí conmigo. En su momento no me dí cuenta, pero después he ido acordándome de eso y cada día te estoy más agradecida.

    — Bueno Ali, eso son cosas que se tienen que hacer, y se hacen. Ya no estaba tan dolido como unos años antes y sabes que hay cosas que un hombre debe hacer y otras que un hombre no debe hacer.

  • Los ojos donde naufragué (III)

    Una vez que los mellizos se hubieron ido a dormir, Alicia encontró un momento de tranquilidad y soledad para ella misma. Se fue a la cocina y se preparó una buena jarra de leche; tomó unas galletas y se sentó en el sofá del salón, bajo la lámpara de pie, regalo de boda de sus suegros, un adefesio barroco que no le gustaba, ni tampoco lo que le recordaba: aquellos suegros que un día parecían cercanos pero que, desde que Bernardo tuvo problemas con la justicia, le dieron la espalda. Cuando los mellizos dejaron de creer en los Reyes Magos, también ellos dejaron de creer en sus nietos, como si su papel en sus vidas hubiese terminado junto con esa ilusión infantil. A pesar de todo, la lámpara seguía allí, como un testigo mudo de las ruinas que Alicia había tenido que reconstruir sola. Por un instante, se preguntó por qué no la había tirado junto con tantos recuerdos incómodos. Pero la respuesta era evidente: a pesar de todo, esa luz cálida que emitía llenaba la habitación de una calma extraña, como si le recordara que, incluso en los días más oscuros, aún quedaba espacio para algo parecido al hogar.

    Notaba sus ojos humedecidos y decidió que necesitaba algo que la ayudara a soltar esa tensión acumulada. Se levantó lentamente y se acercó a la colección de discos que había ido recopilando con los años. Pasó la vista por las carátulas, pero ninguna parecía adecuada. Dio otro vistazo y encontró un disco de Leonard Cohen, donde destacaba Bird on the Wire. El canadiense siempre le sonaba tristón y algo sombrío, pero en ese momento no buscaba alegría; necesitaba algo que resonara con su melancolía.

    Colocó el CD en la pletina y dejó que la voz grave y quebrada de Cohen inundara la sala. Era como un confesor que, sin juzgarla, le ofrecía un refugio para sus pensamientos. Las primeras notas le acariciaron el alma como si estuvieran hechas para ella, para este momento exacto. Esa canción la retrataba.

    Aprovechó el momento para ir a comprobar cómo estaban Carlos y Ana. Hacía tiempo que habían dejado de ser niños, pero todavía no eran adultos, al menos no completamente. Los encontró en sus camas, respirando con la paz que solo los jóvenes pueden tener. «Todavía me necesitan,» pensó mientras los observaba. «No solo para las cosas prácticas, sino como un faro. Si yo tambaleo, ellos pierden el norte.»

    Lo que pasara mañana en el desayuno, fuera lo que fuera, no podía permitirse que ellos lo percibieran. Alicia no tenía el lujo de flaquear. Sus hijos la necesitaban más que ella misma. Cerró las puertas con cuidado y regresó al sofá, sintiendo cómo Cohen seguía llenando la sala con su melancolía medida.

    Volvió a sentarse en el sofá, y con la media galleta que había dejado, jugando con ella entre los dedos, se sumió nuevamente en sus pensamientos. Cohen cantaba For the heart with no companion, for the soul without a king, y Alicia no pudo evitar sentir que esas palabras estaban hechas para ella. Dejó que esa melancolía compartida la envolviera, mientras la última nota se desvanecía en el aire, dejando tras de sí un silencio cargado de promesas inciertas.

    Alicia dejó que el eco de la voz de Cohen se desvaneciera en la habitación mientras sus pensamientos tomaban la palabra. Javi apareció en su mente, como lo hacía con más frecuencia de la que estaba dispuesta a admitir.

    » Pobre Javi, qué poca cosa era en la universidad. Pero cuántas veces pensé que tenía horchata corriendo por sus venas en lugar de sangre… ¡¡Qué pánfilo podía llegar a ser!!» Recordó aquella vez en que el Tigre, ese gran idiota que aún deben tener a sueldo en la universidad, la dejó en evidencia frente a todo el grupo por no seguir las normas de la bibliografía en un trabajo. El chaparrón de críticas y humillaciones la había dejado atónita. Allí estaba Javi, el hombre con el que ya había compartido más que miradas e intimidad, sentado en silencio. No dijo nada. Ni una palabra. Fue El Chispas quien intentó calmar la situación, moviéndose con gran malabarismo porque los cuatro se jugaban la asignatura. «¿Quién era la otra persona que estaba allí con nosotros?» pensó, pero la memoria no le devolvió el rostro. «Bueno, tanto da. Aquel día me dejó a los pies de los caballos. Y, sin embargo, ¿qué esperaba? Javi nunca fue de alzar la voz, nunca fue de enfrentarse a nada.»

    Sus pensamientos se desviaron hacia sus hijos, hacia los retos que ellos enfrentarían y las batallas que tendrían que librar.

    » Espero que a estos dos no les pasen esas cosas,» murmuró en voz baja. «Aunque, pensándolo bien, les pasarán como nos ha pasado a todos. Siempre hay algún imbécil con el que te cruzas y que te hace la vida imposible. Bullying, lo llaman ahora, creo. Maldad. Simple y pura maldad es lo que es.» Su preocupación se centró en Carlos, con su carácter impulsivo y su sangre ardiente. «Cuando se encuentre con uno de estos, ¿cómo lo manejará? ¿Se le atragantarán como se me atragantó aquel maldito profesor? Ana, en cambio, es más prudente. Parece que va a poder capear el temporal. Veamos.»

    Con un suspiro, volvió a Javi. No podía evitarlo. » Y luego está que, al menos, encuentren a alguien con quien compartir momentos buenos,» pensó. Como aquel día en que, al regresar de una reunión en Soria, Javi le preparó una cena. «¡Por Dios, qué mala estaba!» rió para sí misma. «Pero el pobre se lo curró un montón: velitas encendidas, una rosa en un vaso de agua y un vino que parecía ácido sulfúrico. Ha sido la mejor cena de mi vida.» Se detuvo un instante, dejando que el recuerdo la inundara. Nadie sabía lo que una necesitaba después de un día agotador, y Javi lo había entendido. Incluso había preparado un baño caliente con sales, un lujo que terminaron compartiendo entre risas y caricias. Esa noche no existía el mundo fuera de ellos, solo su complicidad, sus cuerpos entrelazados y la certeza de que, por un instante, eran invencibles.

    Alicia tomó la última galleta del plato y la mordisqueó con lentitud. La leche en la taza estaba tibia, pero no importaba. Miró alrededor del salón, con su luz cálida y las sombras que se alargaban en las esquinas. En otro tiempo, este momento habría sido una simple pausa en su día, pero ahora se sentía como un reflejo de su vida: fragmentada, pero aún en pie.

    Leonard Cohen seguía cantando, su voz grave y melancólica llenando el espacio. Alicia cerró los ojos y dejó que las últimas notas la envolvieran. «Like a bird on the wire…» murmuró para sí misma, repitiendo las palabras como si fueran un mantra. No eran solo de Cohen, eran suyas también.

    Se levantó del sofá, apagó la música y miró hacia el pasillo que conducía a las habitaciones de Carlos y Ana. «Todavía me necesitan,» pensó, ajustándose la bata y tomando aire. Mañana sería otro día, y con suerte, uno menos cargado. Pero eso no importaba. Por ahora, tenía que ser fuerte. Cerró los ojos un instante más y dejó que el silencio tomara el lugar de Cohen.

    Cuando se dirigió al dormitorio, no pudo evitar pensar que el día había sido más largo de lo habitual. Pero también más revelador.

  • Los ojos donde naufragué (II)

    Entré en el parque y elegí salir del camino principal adoquinado. En vez de eso, opté por ir por un camino lateral adentrándome en la parte más arbolada y solitaria del jardín. Este sendero lateral estaba cubierto de grava fina, y mis pasos producían un sonido rítmico que se mezclaba con el canto de un mirlo escondido entre la maleza. Los árboles formaban un pasadizo natural que filtraba la luz. Merecía la pena el rodeo para llegar al lago por esta ruta más tranquila y fresca.

    Al llegar al chiringuito, el mobiliario desgastado de la terraza captó mi atención. Elegí una mesa apartada, la más vieja a juzgar por sus patas desiguales y la pintura blanca desconchada. El hierro fundido de la mesa, con sus patas desiguales y la pintura desconchada, era un testimonio silencioso de que nada escapa al tiempo, ni siquiera lo más sólido. Pensé en mis propias marcas, invisibles para la mayoría, pero tan reales como esas grietas. Al igual que esta mesa, yo también seguía aquí. Al final, todos acabamos siendo jirones.

    En estas cuestiones estaba yo pensando cuando se me acercó un camarero algo desgarbado; se trataba de un jóven espigado, rubio y enjuto que con amabilidad mal fingida fue a tomar nota del pedido:

    — Un café.

    — ¿Solo? ¿Con hielo?— no le dejé acabar.

    — Solo, gracias — y cuando se hubo retirado un poco me acordé de que Ali siempre tomaba café bien cargado.

    — ¡Por favor! — llamé. Y cuando el chico se dió la vuelta le contesté — ¡Que esté bien cargado, por favor!

    El camarero asintió y se fue a prepararlo con desgana, y yo me quedé sumido de nuevo en mis pensamientos.

    Una leve brisa mecía las hojas de los árboles y permitía soportar mejor el calor. Aunque no lo había hecho a propósito me había situado en una zona bastante sombreada de la terraza, lo cual era de agradecer. Un gran plátano que debería tener unos treinta metros de altura, extendía sus ramas de forma generosa sobre la zona donde me hallaba sentado. Pero no era una sombra espesa y la leve brisa que corría jugaba con las hojas produciendo sobre mi mesa sombras que iban y venían.

    A lo lejos se veía el lago. Tenía una forma más o menos elíptica y a un lado aparecía una pequeña isla donde una garza se erigía en vigilante accidental. Enfrente de la isla un gran surtidor lanzaba un gran chorro de agua a una altura considerable. Calculé que ambos elementos estaban localizados en los focos de la elipse.

    La isla tenía una pequeña arboleda que parecía la ampliación de una composición de varios bonsai. Había algunos abedules, unos pocos arces y sorprendentemente un pino piñonero cuya forma y disposición dejaba claro que no estaba en el lugar adecuado para su especie. Había también algún matorral o quizá árboles pequeños que no alcancé a distinguir desde la distancia. Pero en conjunto, la isla constituía un buen refugio para muchas de las aves acuáticas que nadaban en el agua ajenas a algún milano que sobrevolaba de vez en cuando.

    El lugar era inmejorable para los pájaros. En medio de una ciudad, con multitud de personas ahuyentando a los posibles depredadores y con esas mismas personas alimentándolos directamente con golosinas compradas en el mismo chiringuito o bien con la comida que los seres humanos vamos dejando por todos los lugares donde medramos. ¡¡Qué más querían para poder vivir!!

    Fue entonces cuando llegó una camarera con el café, equilibrándolo sobre la bandeja con su andar seguro. Su rostro reflejaba la melancolía de quien se resiste a dejar escapar su juventud. Me dejó la taza con una sonrisa breve, apenas un gesto, pero algo en la inclinación de su cabeza al retirarse me llevó de vuelta a otro tiempo.

    Cerré los ojos para recordar y allí estaba Alicia, en la facultad con esa coleta despeinada que se arreglaba frente al espejo del baño. La camiseta ligeramente húmeda por el calor del sótano de la cafetería, pegándose a su espalda, ceñida sobre sus pechos, lanzando un beso a mi reflejo en el cristal: «y esto para ti, rubito»; como un secreto compartido. Era un eco de algo que probablemente ya no existía, pero que seguía dentro de mi.

    El café estaba cargado. Amargo y caliente era igual que aquel que tomamos en la cafetería de la universidad. Pero no era solo el café. Tenía la sensación de estar resucitando sentimientos que hacía mucho tiempo que creía olvidados.

    El café se enfriaba en la mesa mientras jugaba con la taza en mis manos. Intentaba decidir si la opresión que sentía era emoción o miedo por el desayuno del día siguiente. ¿Cómo sería verla después de tantos años? ¿Podría mirarla a los ojos sin sentir que estaba volviendo a caer en ellos? No sabía cómo íbamos a reaccionar, cualquier escenario que imaginaba no era más que una idealización de un pasado que ya no existía.

    Quizá Alicia no viera en mí al joven que conoció y quizá yo tampoco me reconocería en ese reflejo. Habían pasado muchos años, muchas batallas para que me viera como el hombre que fui. O quizá sí. Si aún quedaba algo de ello en mi, seguro que Alicia sería capaz de verlo. Mañana frente a esos ojos tal vez encontraría una respuesta. O tal vez solo más preguntas.

    Un balón irrumpió en la quietud de mis pensamientos, aterrizando en la mesa de al lado con un golpe seco que me sobresaltó. Dos chavales corrieron a buscarlo, arengados por un hombre que, a juzgar por la filípica que les estaba lanzando, debía ser su padre. Me pidieron disculpas, aunque el balón ni siquiera había llegado a rozarme, y se alejaron bajo la mirada severa del camarero espigado que en ese momento atendía la barra.

    Ese pequeño incidente me llevó a pensar en los hijos que nunca tuve y en los que, con casi total seguridad, ya no tendría. Alicia y yo jamás hablamos de paternidad; era un tema que quedó suspendido en el aire cuando se fue de mi vida. Alicia había construido algo que, aunque imperfecto, tenía raíces: hijos que la miraban con los mismos ojos en los que yo me perdí. Yo, en cambio, no tenía nada que me anclara, nada que esperara mi regreso a casa. Incluso las paredes de mi piso parecían ajenas, como si nunca hubieran aprendido mi nombre. Al final, estaba solo.

    Mi familia más cercana era mi hermano, que vivía a casi 300 kilómetros, con una hija encantadora de cinco años a quien apenas veía dos o tres veces al año, con suerte. ¿Con Alicia habría sido diferente? Quién sabe. Pero lo que sí sabía era que nunca había vuelto a sentir la profundidad de conexión que tuve con ella. Ni de lejos. Si el ser humano está hecho para vivir en sociedad, la sociedad más importante es la que construyes bajo tu propio techo. Y yo no tenía nada.

    El café seguía enfriándose. Levanté la vista lo justo para ver a una pareja de abuelos con su nieto alimentando a una bandada de gorriones. Los pájaros se disputaban con ferocidad los gusanitos que les lanzaban, y la escena me invadió con una melancolía que casi dolía. Si hoy pasara el tiempo y me despertara con veinte años más, no tendría con quién compartir ni un gesto tan simple como el de esos abuelos. Vivimos y, como cantaba Fabrizio de André, «quando si muore si muore soli», pensé; pero es mucho mejor compartirlo con alguien.

    La tarde avanzaba y no dejaba de pensar en Alicia. ¿Qué pensaría ella de mí ahora, después de tanto tiempo? ¿Sería capaz de verme como algo más que una sombra del joven que conoció? Yo tampoco estaba seguro de cuáles eran mis sentimientos hacia ella. ¿Seguía amándola o solo amaba el recuerdo idealizado de lo que fuimos? ¿Y ella? ¿Podía sentir algo similar, o los años habrían erosionado cualquier rastro de lo que una vez compartimos?

    Alicia había vivido una vida sin mí: un matrimonio que terminó mal, hijos, problemas. Yo, en cambio, me había aferrado a una rutina gris que, sin darme cuenta, me había absorbido por completo. ¿Qué podría ofrecerle ahora? ¿Un Javi desgastado por reuniones interminables y sueños abandonados? ¿O simplemente el eco de un joven que ya no existía?

    Mis pensamientos se detuvieron al contemplar el parque, donde el sol empezaba a descender. La luz bañaba la escena con un tono dorado, proyectando sombras cada vez más tenues sobre la grava. Tal vez el amor no era más que esto: estar dispuesto a intentarlo, a equivocarse, y a volver a intentarlo una vez más. O quizás era solo una ilusión que nos contábamos para llenar el vacío. No lo sabía. Al día siguiente, frente a Alicia, tal vez encontraría algunas respuestas. O tal vez sólo más preguntas.

    Pagué la cuenta y me levanté de la mesa, dejando medio café, frío, aún en la taza. El sol ya se retiraba discretamente, tiñendo el cielo de un arrebol púrpura que se colaba entre las hojas de los árboles. Al pasar junto a la camarera, le dejé una propina que casi duplicaba la cuenta. No era por el café, sino por algo que aún hoy no sé nombrar, un eco lejano de lo que fui o tal vez una promesa de lo que aún podría ser.

    El camino a casa estaba lleno de ese silencio que solo el final del día sabe traer. Caminé acompañado por mi pasado, sintiendo sus pasos a mi lado. Mañana, frente a Alicia, tal vez descubriría si aún quedaba algo de aquel joven en mí, o si lo único que teníamos era un reflejo de lo que pudo ser. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro parecía más importante que el pasado.

  • Los ojos donde naufragué (I)

    — Sigues teniendo los ojos donde siempre naufragué.

    Alicia se sobresaltó. No esperaba encontrarme allí, ni creo que imaginase siquiera encontrarme en algún momento en ningún sitio.

    — Gracias, Javi, pero de aquello ha pasado media vida. Ya no somos lo que fuimos, ni seremos nuestros recuerdos.

    — ¡Ja, ja! Sí, tienes razón, pero que nos quiten lo bailao —me miró condescendiente—. Ya sé que todo aquello acabó, pero déjame tener un poco de nostalgia.

    Y así fue cómo saludé a Alicia después de más de veinte años sin saber nada de ella. Algunas veces apenas podía ponerle rostro a mi recuerdo de ella, pero aquel día, en esa calle abarrotada de turistas castigados bajo el sol que ya empezaba a hacer estrago, no tuve duda cuando la vi. Y al contrario que la canción de Sabina, yo sí hice por acercarme a ella y saludarla. Y volver a hablar con ella.

    Su voz había envejecido de manera agradable; al igual que su rostro, pero los ojos seguían iguales. No era un cumplido lo que le dije sobre ellos, aunque ella sí lo tomó así. Esos ojos del color de un día claro de invierno en lo alto de la montaña a la que tantas veces habíamos subido. Cristalinos. Tenían algo hipnótico que me atraía y me hacía tropezar una y mil veces. No sé, quizá fuera el color, o la forma en que las cejas los abrazaban o vete tú a saber qué; pero el caso es que nunca he podido dejar de pensar en ellos. Muchas veces no recordaba su rostro, sí. Pero nunca, nunca se me ha acabado la imagen de sus pupilas todos y cada uno de los días de estos casi veinticinco años.

    — ¿Te puedo invitar a un café?

    — No puedo, Javi. Lo siento de veras. Salgo volada de una reunión y tengo que ir a recoger a los mellizos. Otro día quizá.

    Y se fue sin más. Sin decirme «llámame». Me quedé como Javier Krahe rondando Marieta. Esa sensación de vacío me acobardó tanto que no tuve fuerzas para decir nada, tampoco para seguirla, y ya no pude entrar en El Corte Inglés a comprar un regalo para mi sobrina; tendría que ser otro día. Decidí continuar caminando hasta el parque cerca de casa, donde me tomaría un café en el chiringuito al lado del pequeño lago. Sin duda casi una hora de andar me vendría bien para relajar la «flojera» que me había entrado. A esa hora, el aire del parque traería un leve olor a tierra húmeda como cada tarde. La luz dorada de la tarde se filtraría entre las ramas de los árboles, derramando manchas de sombra en el suelo. Podría observar las escenas entre niños, padres y patos, con algún chapoteo ocasional de alguna ave y el murmullo de las conversaciones que flotaban en el ambiente. Todo parecía transcurrir a un ritmo más pausado allí, como si el parque tuviera su propia manera de medir el tiempo. Sin duda, todo esto haría que me distrajera.

    No era una sensación nueva. Hace veinticinco años fui a despedirla a la estación de autobús porque iba a estudiar un máster a otra ciudad. Recuerdo el bullicio de la estación, el constante anuncio de salidas y llegadas por los altavoces y algún pitido ocasional de los coches de linea en los andenes cercanos. Ella llevaba un equipaje ligero, pero en su mirada se intuía una mezcla de nerviosismo y prisa. Su despedida fue apresurada y a la vez imposible de cumplir. Como ahora. «Nos veremos cuando nos veamos, Javi», me dijo con una sonrisa tensa antes de perderse entre la multitud. Ya ha llovido.

    Durante el camino a casa tenía una tormenta ebullendo dentro de mí. Compañeros de clase desde no sé cuándo, acabamos estudiando la misma carrera en la misma universidad. Un día me di cuenta de que buscaba su mirada y su compañía y ella no me rechazaba. Al final me armé de valor y di el paso. No me arrepiento. Esos meses fueron apasionantes en todos los sentidos.

    Un día de inicios de un verano, alguien nos dejó un coche destartalado que apenas pudimos hacer mover hasta el pie de la serranía cercana, y nos dispusimos a subir a un vértice geodésico que había en lo alto. Cuando nos dimos cuenta, estábamos perdidos en medio de un cervunal donde un arroyo local se remansaba en una pequeña laguna. Decidimos pasar allí la tarde contemplando desde más de media ladera el amplio valle que se extendía en derredor. Sin más compañía que el ganado que pastaba durante la temporada en aquel paraje. No voy a contar qué ocurrió, pero tú, lector, te lo puedes imaginar: hacía calor, éramos jóvenes, estaba empezando el verano y no teníamos más compañía que nosotros mismos. Al final se nos hizo de noche y, por fortuna, conseguimos llegar de vuelta a través de un paisaje pintado de plata por la luna. Volvimos muchas veces allí, unos días acompañados de más gente y otros solos; y finalmente encontramos el camino al vértice geodésico un día claro de invierno.

    Durante la semana asistíamos a las clases y estudiábamos todo lo que se nos ponía por medio, pero los fines de semana eran para nosotros, concupiscentes. Siempre teníamos algo entre manos, y nos apañamos para estar juntos, como aquella vez que un profesor propuso un censo de estorninos de la ciudad. A nosotros los pájaros nos gustaban lo justo: ni mucho, ni poco; éramos más aficionados a la entomología, pero nuestros paseos de fines de semana nos permitían conocer bastantes parajes cercanos donde paraban en invierno muchas especies de aves. No eran grandes aglomeraciones de pájaros, pero sí lugares donde se veía que descansaban unos pocos días para continuar la migración bien al sur, bien al norte, según la época del año. Alicia se las apañó para engatusar al profesor y, finalmente, el Departamento de la Universidad nos concedió una beca para estudiar aquellos lugares. Eso nos permitió tener algo de dinero, y varias asignaturas medio encarriladas, así como nuestros proyectos de fin de carrera. Alicia era así: vehemente. No se le ponía nada por delante. Capaz de conseguir todo lo que se propusiera. Alicia era sublime. Sin embargo, ahora, después de nuestro reencuentro, percibía algo distinto en ella. Tal vez la prisa por los mellizos o los años vividos la habían apagado. Seguía siendo una fuerza de la naturaleza, pero había en su voz y en sus gestos un matiz de fatiga, como si el tiempo hubiera dejado una marca que antes no estaba. No podía evitar preguntarme si también había cambiado la manera en que me veía a mí.

    Ahora me había vuelto a dejar con la miel en los labios. Hacía tiempo que no contestaba a mis mensajes a través de WhatsApp o Facebook o LinkedIn; solo las típicas felicitaciones de Navidad y cumpleaños. Ambos sabíamos dónde trabajábamos cada uno y dónde vivíamos. Pero no teníamos contacto a pesar de vivir y trabajar muy cerca. Era muy raro que solo nos hubiésemos visto este día en un cuarto de siglo.

    Conocía bastantes cosas de Alicia, pero muchas se me escapaban. Se había casado con todo un personaje llamado Bernardo que no le tenía mucho aprecio y que empezó a tener problemas con la justicia debido a unos chanchullos que habían acabado por salir en los periódicos. Eso hizo mucho daño a Alicia y su familia, y se divorció de él. Finalmente, el tal Bernardo no se presentó en el juzgado un día y le declararon en fuga o en rebeldía o en algo de eso. El caso es que un día le perseguía la Guardia Civil por una carreterucha de montaña de tres al cuarto y, en una curva, perdió el control y se despeñó no menos de trescientos metros ladera abajo. Ese día sí habé con Alicia, aunque más bien lo que hice fue estar con ella sentada un rato antes de ir al tanatorio del padre de sus hijos.

    Los mellizos se llamaban Ana y Carlos, tenían ya sus buenos trece años y, aunque yo no los conocía en persona, eran la delicia de su madre. Las redes sociales no mienten.

    Caminando por el bulevar hacia el parque me sumí en mis pensamientos. Se me volvió a ocurrir qué pasó para no continuar juntos, qué fue lo que hizo que nos distanciáramos. Realmente no lo sé. Simplemente creo que la llama se fue apagando porque no supimos o no quisimos alimentarla. Después de varios meses de compartir techo, supongo que llegó el momento de pasar página y continuar cada uno por separado. Lo digo sin acritud. Simplemente pasó que nuestros caminos se bifurcaron: ella fue a estudiar un máster a otra ciudad mientras trabajaba a tiempo parcial allí y yo ya tenía trabajo en mi empresa actual. Los recuerdos auténticos no siempre dejan marcas de seda.

    Había llegado ya a la rotonda de la fuente cuando me detuve en un semáforo antes de cruzar. Allí me quedé absorto pensando en cómo se me había ido escurriendo los días en una rutina feroz que me había anulado por completo. Reflexioné sobre cuánto había cambiado mi propia existencia desde que empecé a trabajar y, allí de pie, mientras el semáforo se ponía en verde y en rojo y otra vez en verde en un ciclo sin fin, me di cuenta de que mi trabajo me había cambiado. Desde luego, había dedicado mucho tiempo a mi vida profesional, pero, ¿a qué costo? Era un cargo medio en mi empresa, con reuniones interminables, plazos constantes y una rutina que había absorbido mis sueños más simples. Pero, ¿mi éxito personal? sin darme cuenta y poco a poco había dejado de ser yo. Había creado una versión de mí mismo que no reconocía del todo. Y Alicia… ¡Oh, Dios mío! ¡Yo había sido el culpable de perder a Ali! . Esa verdad me golpeó con el peso de todos los recuerdos en mi cabeza. Solo yo. El semáforo se volvió a poner en verde para peatones y crucé. Ahora ya no iba decaído; ahora iba llorando. El amor y la vida es una planta que cuando no se cuida se marchita. Eso es lo que había pasado. Quizá sea así cómo funciona el tiempo: no nos arrastra de golpe, sino que nos despoja lentamente de las conexiones importantes mientras nos envolvemos en las decisiones cotidianas. Un día, sin previo aviso, miramos alrededor y nos damos cuenta de que aquello que dábamos por sentado se ha desvanecido. El trabajo, las tareas, las pequeñas urgencias se convierten en la niebla que oculta lo que realmente importa. ¿Cuánto había dejado marchitar sin siquiera darme cuenta?

    Aún me quedaban diez minutos de suela de zapato hasta llegar al parque, así que seguí rondando en la cabeza qué había ocurrido con mi vida todos estos años. Cómo podría ser si no hubiese dejado escapar a Alicia y qué podía hacer ahora que tengo más recuerdos que proyectos. El tiempo se escurre como una anguila sin que nos demos cuenta.

    En esas cuestiones estaba yo, a punto de tomar una decisión crucial, cuando en mi móvil empezó a sonar Los planetas. No el grupo musical, sino la obra de Holst; en concreto, Júpiter reclamaba mi atención así que descolgué:

    — Hola Javi, perdona. Antes he sido muy brusca. ¿Sigue en pie tu invitación al café? —no fui capaz de decir nada así que ella insistió—. Javi, ¿me oyes?

    — Sí, te oigo un poco mal por el ruido de los coches —mentí.

    — ¿Que si me invitas a desayunar mañana?

    — Por supuesto, Ali. Conozco el sitio.

    Caminé sobre una nube hasta llegar al parque, donde muchas familias estaban cebando a base de maíz extruído a los azulones, fochas y algún porrón despistado que por allí andaban. Una grulla curiosa observaba toda la escena desde una isleta en medio del lago.

    Nada más elegir mesa y antes de que viniera el camarero cambié el sonido del teléfono. Solo para Ali: “The Struts: Could Have Been Me”.

  • Tadan

    Un tenue destello de luz rompió la penumbra entre los cerros que guardaban celosamente El Valle. Mientras, los vagidos del ganado anunciaban que despertaba un nuevo día. El aroma de la tierra húmeda al amanecer ascendía, mezclándose con el leve crujir de las hojas secas bajo sus pies. Un zumbido de insectos resonaba entre la maleza, como un coro que saludaba el nuevo día.

    El joven guerrero se sentía confundido; no había podido dormir durante la noche anterior. Al fin y al cabo, ése era el día elegido.

    En la penumbra del amanecer, pudo adivinar el escarpado sendero que bajaba del poblado hacia el río y se encaminó con paso impaciente. Quería volver cuanto antes al poblado y disfrutar de sus últimos momentos como niño. Fue al río a recoger el arco que tan cuidadosamente había dejado la noche anterior para que se humedeciera y no quebrara. No quería tener problemas, no en algo tan simple como la falta de previsión. Su misión era sencilla y las razones de ello también. Había visto secarse el río arenoso catorce veces y, antes de que se secara de nuevo, debía matar un bisonte. La carne abastecería la comunidad durante algunos días, y la piel y los cuernos podría poseerlos él. Debería matar al animal, despellejarlo y volver al poblado cargando con la pesada piel; después los otros guerreros de la tribu irían a recoger el resto del animal.

    Con todo, lo más importante era que sería considerado un guerrero y un cazador, y podría sentarse en el Consejo. Además estaba Takayla. Aunque los últimos años nadie había podido conseguir la dignidad guerrera, Tadan se sentía confiado en que él sí podría.

    En el río, Tadan se preparó para la ceremonia. El remanso le sirvió para lavarse y untarse con lipán, que había preparado por primera vez.

    No fue fácil preparar el lipán, y Tadan rápidamente comprendió la importancia. El ungüento se preparaba con ceniza, grasa y un poco de agua. Le advirtieron de asegurarse de que al recoger la ceniza de las hogueras no hubiese nada de arena; también de no mezclar demasiada agua. Comprobó por qué. Algo de arena había en la mezcla, y al extendérselo por el cuerpo, le escoció. Además, había echado más agua de la necesaria y no estaba muy espeso, aunque podía usarlo.

    El frío de la mañana le hizo temblar, pero al fin consideró que estaba listo para volver al poblado, y allí se fue.

    Cuando regresó al campamento, la imagen en blanco y negro que le ofrecía el amanecer desapareció y se convirtió en un manto verde salpicado aquí y allá de flores de colores y tipis. La primavera ese año había sido generosa con la comunidad y les había regalado el paisaje colorido en que se había convertido El Valle. De acuerdo con la costumbre, los niños habían ido a recoger margaritas, prímulas, jazmines, amapolas y violetas, tal y como había hecho tantas veces Tadan. Las mujeres del poblado habían tejido guirnaldas con rosas, majuelos y arraclanes, que decoraban los tipis. Y los guerreros bailaban alrededor del sabio Waapi, que había utilizado su última cantidad de lófora para conjurar a Diyi. Hasta el adusto jefe, Yana, se había ataviado con los ropajes de su dignidad y se le notaba nervioso.

    Esta imagen fue creada con la ayuda de ChatGPT, un modelo de inteligencia artificial desarrollado por OpenAI. Se muestra a modo de ilustración

    Yana era el jefe de la tribu desde hacía tanto tiempo que nadie lo sabía exactamente. Era un hombre sabio y respetado. Había sido un gran guerrero, que consiguió su primer bisonte con trece años y en sólo tres días. Durante su vida había sido guerrero, cazador, rastreador y finalmente jefe del poblado. Sin embargo, de sus hijos, Lagundo y Magena habían muerto por las fiebres del verano hacía tiempo, así que la comunidad perdió a dos grandes guerreros; su hija Yoomee estaba unida con Yahto y tenía cuatro hijas: Tiwa, Nayeli, Takayla y Yoluta. Tiwa estaba unida con un gran guerrero, Koda, pero había algo en él que no gustaba a Yana. Nayeli estaba unida con Denahi, que era el mejor recolector de la tribu; no había podido llegar a ser guerrero y eso le hacía sentir infeliz. Yoluta había visto secarse el río tan sólo diez veces, por lo que Yana tenía grandes esperanzas en Takayla, la más sagaz, decidida y brillante de todas sus nietas. Sin duda, se parecía a su abuelo.

    Takayla y Tadan se conocían desde que nacieron. Los dos habían visto secarse el río arenoso catorce veces. Durante la primavera, les gustaba perderse entre la maleza y recrear las grandes gestas que por las noches, junto a la hoguera, contaban los miembros del Consejo. Durante el verano, jugueteaban en las orillas de las charcas del río arenoso, antes de que se secase por completo, y acechaban a los distintos animales que reparaban allí para beber. Al fin y al cabo, su pueblo era cazador y todo el mundo sabía apañárselas para sobrevivir. Últimamente, por alguna razón que no comprendían, tenían más empeño en estar juntos y aprovechaban toda ocasión para recorrer los alrededores del poblado sin que nadie los vigilara.

    Recordando todo esto, una extraña sensación recorrió el cuerpo de Tadan. Por primera vez fue consciente de que ya nada volvería a ser como antes. ¿Y si no volvía? La idea lo asaltó como una sombra, fría y voraz. Pero rápidamente sacudió la cabeza. No podía pensar así. Si tenía éxito, volvería y le proclamarían guerrero, pero si no… si no conseguía el bisonte, tendría que convertirse en aprendiz y trabajar para el poblado, como tantos otros. Empezó a sentirse algo nervioso.

    Una vez hubo llegado cerca del poblado, toda la comunidad salió a recibirle. Mancharon su piel con ocre y le ofrecieron sotol, ardiente y amargo, un sabor que aún no conocía. La bebida era fuerte, y el ocre le picaba en la cara, pero la sensación era agradable.

    En ese momento, Yana se dirigió a él y le dijo:
    —Hermano Tadan, espero que Diyi te sea favorable. Vuelve convertido en guerrero.

    Las miradas de los niños y los guerreros le pesaban como piedras. Sentía el calor del hacha en su cintura como si ya le quemara. ¿Sería digno de llevarla?

    No tuvo tiempo para responder al jefe del poblado. Waapi rasgó la piel del hombro de Tadan con una de las flechas de su aljaba. Apenas se dio cuenta de que un líquido cálido y espeso resbaló por su brazo y goteó profusamente sobre el suelo, lo cual fue celebrado por el viejo chamán:
    —¡¡Abundante vida le espera al joven guerrero!!

    Todo el poblado festejó la profecía de Waapi con un gran alboroto y el resto de guerreros de la tribu le regalaron una flecha cada uno. Yana le proporcionó el hacha. El anciano líder, aflojó su propio cinturón y ciñó su vieja arma en la cintura de Tadan. El poblado enmudeció y Tadan se estremeció. Nunca antes el jefe del poblado había tenido un gesto así.

    Esta imagen fue creada con la ayuda de ChatGPT, un modelo de inteligencia artificial desarrollado por OpenAI. Se muestra a modo de ilustración

    El joven guerrero se sintió sobrepasado por el honor que le había concedido Yana. Miró, sin ver, hacia el horizonte y unos ojos le devolvieron a la realidad. Takayla le estaba mirando con su sonrisa a la vez pícara y serena. Huyó sus ojos de los de ella y el abuelo de Takayla devolvió a ambos una mirada nueva en él. Yana apretó con fuerza el hacha en la cintura del joven guerrero. A Tadan le tiritaba el alma y le costaba respirar.

    La ceremonia para Tadan fue breve, aunque intensa. Antes de que el sol levantase sobre el horizonte y las sombras retrocediesen, ya había abandonado el poblado. Él debía partir en busca de la res sin más herramientas que su arco, sus flechas y aquellas que le habían dado sus hermanos, y el hacha de Yana.

  • El bolso, el kiosko y el parque

    Salí de casa vencido. Desde luego era mala suerte que todo se me estuviese juntando ahora. Después de haberme quedado sin trabajo, me acababa de llegar una notificación del ayuntamiento por la cual debía pagar dos mil euros en impuestos por el vado del garaje ¿Será posible que nadie haya pagado al ayuntamiento en tantos años? Y ¡¡que tonto yo cuando compré la casa que no supe preguntar sobre esto!! pero ¿Cómo se me iba a ocurrir si el resto de pagos estaban al día?

    Tenía dos problemas que resolver en pocos días si quería recuperar algo de paz: por un lado, mi recién estrenado desempleo me pesaba como una losa; por otro la notificación del ayuntamiento me apretaba un poco más la soga de mis deudas. A pesar de todo, aquella mañana, decidí que al menos podía ordenar mis pensamientos en el parque del lago, intentando encontrar algo de claridad entre tanto caos.

    He de admitir que no sé cómo se llama oficialmente el parque, a pesar de que está cerca de casa. Yo lo llamo el parque del lago, aunque no tiene lago alguno. Lo único que hay es un pequeño estanque con algunas ranas, unos cuantos patos y los inevitables mosquitos, residentes oficiales en verano. Un estanque en apariencia tranquilo, pero con su propia lucha, feroz, por sobrevivir, igual que yo. Aun así, el parque del lago es un lugar agradable para pasear y pensar, justo lo que necesitaba esa mañana. Y quién sabe, quizá dentro de unos años, cuando los árboles que plantaron el otoño pasado crezcan y den sombra, sea aún mejor.

    Así que allí estaba yo, caminando hacia el parque, recorriendo los pocos más de seiscientos metros que separaban el portal de mi casa del estanque, cuando, a la altura del kiosko de Juan, me detuve a comprar un café para llevar. Fue al continuar mi paseo cuando la vi: una cartera tirada en el suelo, de esas que mi abuelo solía llamar mariconeras. Era un pequeño bolso de cuero, pensado para llevar en bandolera, ajado por los años, y la correa, llena de pequeñas marcas como cicatrices; todo ello aparentaba fragilidad, pero aún resistía con la dignidad de los objetos que se niegan a rendirse. Los herrajes hacía tiempo que se habían desnudado de su brillo dorado, dejando como testigo el rojizo opaco del latón. No tenía iniciales, ni marcas, ni nada que delatara a su dueño, aunque los arañazos y golpes eran tantos que parecía un cuadro de Pollock en miniatura.

    El olor, sin embargo, era otra historia: una mezcla penetrante de sudor, tabaco y alcohol barato, impregnada de años de uso. Ese olor me transportó de inmediato a una escena de El Golpe: el vagón del tren lleno de humo y el aroma a ginebra aguada, mientras Henry Gondorff, interpretado por el increíble Paul Newman, se jugaba el tipo con una mezcla de elegancia y descaro que parecía imposible de igualar.

    Eché un vistazo rápido al bolso y abrí el compartimento principal intrigado por lo que podría encontrar. Ya lo había observado antes: el cierre de cremallera estaba protegido por una solapa con un broche que hacía tiempo había perdido su brillo. Dentro encontré unos pañuelos de papel arrugados y un pequeño bolsillo interno, también cerrado con cremallera. Al abrir este último, apareció una foto en blanco y negro: una pareja de novios sonrientes, atrapados en un instante que ahora parecía lejano en el pasado. El papel estaba desgastado, agrietado como el cuero del bolso y con los bordes amarillentos y ligeramente doblados, testigo de los años pasados desde la fotografía.

    Dejé la foto en su lugar y dirigí mi atención al segundo compartimento, el más pequeño, ese que estaría pegado al cuerpo si el bolso se llevara cruzado. La cremallera, aunque algo dura, cedió tras un breve esfuerzo. En su interior encontré un fajo de billetes, apilados y sujetos por una goma elástica que parecía a punto de romperse. No conté cuántos había, pero el color verde pálido y amarillo limón de los billetes de euro me dejó claro que había mucho dinero allí, tal vez suficiente para cubrir, como mínimo, tres o cuatro meses de subsistencia. Un sudor frío me recorrió mientras trataba de procesar lo que acababa de encontrar. La cantidad de dinero era abrumadora, y por un instante, no supe si sentir alivio o pánico.

    Miré hacia atrás. Juan estaba atendiendo a un cliente mucho mayor que yo, con el que reía de muy buena gana. No podía ser de esa persona, pensé; no me había cruzado con nadie antes de llegar al kiosko ni después de comprar el café… ¿o sí? Por más que repasaba mentalmente los últimos minutos, no lograba recordar con certeza. Volví la mirada hacia el parque. Tampoco vi a nadie por ese lado. Y entonces me pregunté: «¿y ahora qué hago?»

    Era mucho dinero. Yo lo necesitaba. No tenía trabajo, ni una manera de saber de quién era, ni siquiera una forma de confiar en que alguien me dijera la verdad si lo preguntaba. Todo el mundo querría esa cantidad. La sensación de pérdida y confusión se acumulaba; por un lado, debía pagar al ayuntamiento; por otro, tenía que sobrevivir. Aún sin saber cuánto había exactamente, me aferraba a la idea del dinero como si fuera la última oportunidad que me quedaba para salir adelante.

    Podría llevarlo a la policía. Decir que me lo había encontrado cerca del kiosko de Juan, a media mañana, en la calle que va de mi casa al parque. Quizá, si nadie lo reclamaba después de un tiempo, el bolso y su contenido fueran míos. Pero ¿y si aparecía el dueño? Me quedaría sin nada. Además, no tenía idea de cuánto debía esperar para reclamarlo como propio. Pensé en la foto. Tal vez fuera una pista. Podría subirla a redes sociales, como Instagram o TikTok, y ver si alguien la reconocía. O a Facebook, porque si el dueño usaba alguna red, seguro que sería esa. Incluso me imaginé el impacto que tendría si la fotografía resultara más valiosa para el dueño que el propio dinero. Podría significar algo que el dinero jamás podría comprar.

    Pero ¿y si el bolso pertenecía a alguien peligroso? ¿Un narcotraficante, tal vez? ¿O alguien peor? Esas personas tienen formas de recuperar lo que es suyo, y lo último que necesitaba era meterme en problemas con el hampa. Aun así, por un segundo, me pasó por la cabeza una idea absurda: ¿y si esta era mi oportunidad? Si lograba devolver el bolso y ganarme su confianza, quizás conseguiría algo a cambio, incluso un trabajo. Pero ¿qué clase de mundo sería ese? No. No quería saber nada de eso. Y mis deudas seguían ahí, apretándome como un lazo cada vez más ajustado. ¡¡Necesitaba el dinero y no sabía cómo conseguirlo!!

    El paseo hasta el parque del lago no había sido más que una forma de escapar de mis problemas, como siempre hacía. Igual que un alcohólico bebe para olvidar o un toxicómano busca su dosis; igual que un vigoréxico no puede detenerse aunque su cuerpo se lo exija. La evasión era mi refugio, pero en ese momento, no parecía suficiente.

    ¿Y si el bolso era de un anciano? Me lo imaginé juntando sus ahorros durante años para ayudar a su nieto a comprarse una casa. Era una posibilidad real. Mucha gente, sobre todo los mayores, sigue creyendo que el dinero está más seguro en metálico. Pero también es un riesgo enorme. Si ese fuera el caso, sería desgarrador. Podía ver al anciano intentando explicar con voz temblorosa que ya no podía ayudar, y al nieto asintiendo con una mezcla de tristeza y resignación, sabiendo que la oportunidad de comprar su casa se había desvanecido como agua escapando entre los dedos.

    Todavía no había revisado el contenido del bolso a fondo. Estaba en medio de la calle y no quería llamar la atención al sacar un fajo de billetes y sostenerlo en la mano como si nada. Intenté ser lo más discreto posible. Tal vez más tarde, ya en casa, podría vaciar el bolso por completo y revisar si había algo útil: una nota, una dirección o un número de teléfono. Incluso pensé que podría tener una etiqueta con un teléfono, como esas que usan para marcar la ropa de los niños en el colegio.

    Mi inclinación, lo admito, era devolverlo. Pero también estaba preocupado por mí. Con el desempleo encima y las deudas acumulándose, ese dinero podría aliviar un poco el peso que llevaba. Después de todo, ya era hora de que el destino me diera un respiro. En la última semana, parecía haberse ensañado conmigo. Ahora no solo estaba sin blanca, sino que, si no encontraba una solución pronto, las cosas se pondrían aún peor.

    No sabía qué hacer. No podía quedarme ahí parado, sujetando un bolso que acababa de recoger del suelo, mirando al vacío como un pasmarote. Con un café en la mano y la cartera en la otra, me sentía expuesto, vulnerable. Decidí seguir mi camino al parque. Ya resolvería qué hacer más tarde, al regresar a casa. Quizá, al revisar mejor el contenido, encontrara una dirección o un número de teléfono escondido entre las pocas cosas que había. Tal vez incluso en el mismo fajo de billetes. Pero la pregunta seguía rondándome: si supiera de quién es, ¿se lo devolvería?

    A la vuelta del parque del lago, caminé por la misma acera, inquieto, con los ojos atentos por si se veía a alguien buscando el bolso. La fortuna quiso que no viese a nadie así, y eso me dejó con una extraña mezcla de alivio y culpa. Al llegar al kiosko de Juan, decidí comprar otro café y, de paso, recoger la última entrega de la colección sobre barcos del siglo XVIII que tanto me gustaba.

    Juan, como siempre, parecía tener tiempo para todos. Era un hombre entrado en los cincuenta, con una calvicie incipiente que no hacía ningún esfuerzo por ocultar. Vestía una camisa blanca con el cuello ligeramente desabrochado y un delantal gris, manchado de tinta de los periódicos que manejaba todo el día. Siempre había sido amable conmigo, aunque tenía esa forma suya de decir las cosas, entre la broma y el comentario sagaz, que podía hacerte sentir observado más de lo que quisieras.

    Cuando le pedí el coleccionable, me miró con su media sonrisa y me dijo: «Anda que no tienes suerte, Miguel, la gente siempre anda buscando cosas y tú a la primera obtienes lo que quieres.» Me quedé helado. ¿Qué quería decir? ¿Sabía algo del bolso? ¿O era simplemente un comentario sin intención, típico de Juan? Su mirada no me daba respuestas, pero sentí un escalofrío que encendió mi inquietud.

    Salí del kiosko con el café en una mano y el coleccionable en la otra; las palabras de Juan retumbando en mi cabeza. Por un momento, me detuve en la esquina, con el corazón en un puño. La gente pasaba a mi alrededor, ajena a mi dilema, mientras yo intentaba descifrar lo que había detrás de esas palabras. Tal vez no sabía nada, tal vez lo había dicho sin pensar. Pero ¿y si no era así? ¿Y si sabía lo del bolso? ¿Y si esa frase, por simple que pareciera, encerraba algo más?

    Respiré hondo. Ahora lo tenía claro. Había algo que debía hacer, algo que había evitado demasiado tiempo. Y esta vez, no iba a evadirme.

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