Entré en el parque y elegí salir del camino principal adoquinado. En vez de eso, opté por ir por un camino lateral adentrándome en la parte más arbolada y solitaria del jardín. Este sendero lateral estaba cubierto de grava fina, y mis pasos producían un sonido rítmico que se mezclaba con el canto de un mirlo escondido entre la maleza. Los árboles formaban un pasadizo natural que filtraba la luz. Merecía la pena el rodeo para llegar al lago por esta ruta más tranquila y fresca.
Al llegar al chiringuito, el mobiliario desgastado de la terraza captó mi atención. Elegí una mesa apartada, la más vieja a juzgar por sus patas desiguales y la pintura blanca desconchada. El hierro fundido de la mesa, con sus patas desiguales y la pintura desconchada, era un testimonio silencioso de que nada escapa al tiempo, ni siquiera lo más sólido. Pensé en mis propias marcas, invisibles para la mayoría, pero tan reales como esas grietas. Al igual que esta mesa, yo también seguía aquí. Al final, todos acabamos siendo jirones.

En estas cuestiones estaba yo pensando cuando se me acercó un camarero algo desgarbado; se trataba de un jóven espigado, rubio y enjuto que con amabilidad mal fingida fue a tomar nota del pedido:
— Un café.
— ¿Solo? ¿Con hielo?— no le dejé acabar.
— Solo, gracias — y cuando se hubo retirado un poco me acordé de que Ali siempre tomaba café bien cargado.
— ¡Por favor! — llamé. Y cuando el chico se dió la vuelta le contesté — ¡Que esté bien cargado, por favor!
El camarero asintió y se fue a prepararlo con desgana, y yo me quedé sumido de nuevo en mis pensamientos.
Una leve brisa mecía las hojas de los árboles y permitía soportar mejor el calor. Aunque no lo había hecho a propósito me había situado en una zona bastante sombreada de la terraza, lo cual era de agradecer. Un gran plátano que debería tener unos treinta metros de altura, extendía sus ramas de forma generosa sobre la zona donde me hallaba sentado. Pero no era una sombra espesa y la leve brisa que corría jugaba con las hojas produciendo sobre mi mesa sombras que iban y venían.
A lo lejos se veía el lago. Tenía una forma más o menos elíptica y a un lado aparecía una pequeña isla donde una garza se erigía en vigilante accidental. Enfrente de la isla un gran surtidor lanzaba un gran chorro de agua a una altura considerable. Calculé que ambos elementos estaban localizados en los focos de la elipse.
La isla tenía una pequeña arboleda que parecía la ampliación de una composición de varios bonsai. Había algunos abedules, unos pocos arces y sorprendentemente un pino piñonero cuya forma y disposición dejaba claro que no estaba en el lugar adecuado para su especie. Había también algún matorral o quizá árboles pequeños que no alcancé a distinguir desde la distancia. Pero en conjunto, la isla constituía un buen refugio para muchas de las aves acuáticas que nadaban en el agua ajenas a algún milano que sobrevolaba de vez en cuando.
El lugar era inmejorable para los pájaros. En medio de una ciudad, con multitud de personas ahuyentando a los posibles depredadores y con esas mismas personas alimentándolos directamente con golosinas compradas en el mismo chiringuito o bien con la comida que los seres humanos vamos dejando por todos los lugares donde medramos. ¡¡Qué más querían para poder vivir!!
Fue entonces cuando llegó una camarera con el café, equilibrándolo sobre la bandeja con su andar seguro. Su rostro reflejaba la melancolía de quien se resiste a dejar escapar su juventud. Me dejó la taza con una sonrisa breve, apenas un gesto, pero algo en la inclinación de su cabeza al retirarse me llevó de vuelta a otro tiempo.

Cerré los ojos para recordar y allí estaba Alicia, en la facultad con esa coleta despeinada que se arreglaba frente al espejo del baño. La camiseta ligeramente húmeda por el calor del sótano de la cafetería, pegándose a su espalda, ceñida sobre sus pechos, lanzando un beso a mi reflejo en el cristal: «y esto para ti, rubito»; como un secreto compartido. Era un eco de algo que probablemente ya no existía, pero que seguía dentro de mi.
El café estaba cargado. Amargo y caliente era igual que aquel que tomamos en la cafetería de la universidad. Pero no era solo el café. Tenía la sensación de estar resucitando sentimientos que hacía mucho tiempo que creía olvidados.
El café se enfriaba en la mesa mientras jugaba con la taza en mis manos. Intentaba decidir si la opresión que sentía era emoción o miedo por el desayuno del día siguiente. ¿Cómo sería verla después de tantos años? ¿Podría mirarla a los ojos sin sentir que estaba volviendo a caer en ellos? No sabía cómo íbamos a reaccionar, cualquier escenario que imaginaba no era más que una idealización de un pasado que ya no existía.
Quizá Alicia no viera en mí al joven que conoció y quizá yo tampoco me reconocería en ese reflejo. Habían pasado muchos años, muchas batallas para que me viera como el hombre que fui. O quizá sí. Si aún quedaba algo de ello en mi, seguro que Alicia sería capaz de verlo. Mañana frente a esos ojos tal vez encontraría una respuesta. O tal vez solo más preguntas.
Un balón irrumpió en la quietud de mis pensamientos, aterrizando en la mesa de al lado con un golpe seco que me sobresaltó. Dos chavales corrieron a buscarlo, arengados por un hombre que, a juzgar por la filípica que les estaba lanzando, debía ser su padre. Me pidieron disculpas, aunque el balón ni siquiera había llegado a rozarme, y se alejaron bajo la mirada severa del camarero espigado que en ese momento atendía la barra.
Ese pequeño incidente me llevó a pensar en los hijos que nunca tuve y en los que, con casi total seguridad, ya no tendría. Alicia y yo jamás hablamos de paternidad; era un tema que quedó suspendido en el aire cuando se fue de mi vida. Alicia había construido algo que, aunque imperfecto, tenía raíces: hijos que la miraban con los mismos ojos en los que yo me perdí. Yo, en cambio, no tenía nada que me anclara, nada que esperara mi regreso a casa. Incluso las paredes de mi piso parecían ajenas, como si nunca hubieran aprendido mi nombre. Al final, estaba solo.
Mi familia más cercana era mi hermano, que vivía a casi 300 kilómetros, con una hija encantadora de cinco años a quien apenas veía dos o tres veces al año, con suerte. ¿Con Alicia habría sido diferente? Quién sabe. Pero lo que sí sabía era que nunca había vuelto a sentir la profundidad de conexión que tuve con ella. Ni de lejos. Si el ser humano está hecho para vivir en sociedad, la sociedad más importante es la que construyes bajo tu propio techo. Y yo no tenía nada.
El café seguía enfriándose. Levanté la vista lo justo para ver a una pareja de abuelos con su nieto alimentando a una bandada de gorriones. Los pájaros se disputaban con ferocidad los gusanitos que les lanzaban, y la escena me invadió con una melancolía que casi dolía. Si hoy pasara el tiempo y me despertara con veinte años más, no tendría con quién compartir ni un gesto tan simple como el de esos abuelos. Vivimos y, como cantaba Fabrizio de André, «quando si muore si muore soli», pensé; pero es mucho mejor compartirlo con alguien.
La tarde avanzaba y no dejaba de pensar en Alicia. ¿Qué pensaría ella de mí ahora, después de tanto tiempo? ¿Sería capaz de verme como algo más que una sombra del joven que conoció? Yo tampoco estaba seguro de cuáles eran mis sentimientos hacia ella. ¿Seguía amándola o solo amaba el recuerdo idealizado de lo que fuimos? ¿Y ella? ¿Podía sentir algo similar, o los años habrían erosionado cualquier rastro de lo que una vez compartimos?
Alicia había vivido una vida sin mí: un matrimonio que terminó mal, hijos, problemas. Yo, en cambio, me había aferrado a una rutina gris que, sin darme cuenta, me había absorbido por completo. ¿Qué podría ofrecerle ahora? ¿Un Javi desgastado por reuniones interminables y sueños abandonados? ¿O simplemente el eco de un joven que ya no existía?
Mis pensamientos se detuvieron al contemplar el parque, donde el sol empezaba a descender. La luz bañaba la escena con un tono dorado, proyectando sombras cada vez más tenues sobre la grava. Tal vez el amor no era más que esto: estar dispuesto a intentarlo, a equivocarse, y a volver a intentarlo una vez más. O quizás era solo una ilusión que nos contábamos para llenar el vacío. No lo sabía. Al día siguiente, frente a Alicia, tal vez encontraría algunas respuestas. O tal vez sólo más preguntas.
Pagué la cuenta y me levanté de la mesa, dejando medio café, frío, aún en la taza. El sol ya se retiraba discretamente, tiñendo el cielo de un arrebol púrpura que se colaba entre las hojas de los árboles. Al pasar junto a la camarera, le dejé una propina que casi duplicaba la cuenta. No era por el café, sino por algo que aún hoy no sé nombrar, un eco lejano de lo que fui o tal vez una promesa de lo que aún podría ser.

El camino a casa estaba lleno de ese silencio que solo el final del día sabe traer. Caminé acompañado por mi pasado, sintiendo sus pasos a mi lado. Mañana, frente a Alicia, tal vez descubriría si aún quedaba algo de aquel joven en mí, o si lo único que teníamos era un reflejo de lo que pudo ser. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro parecía más importante que el pasado.

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