Llegué temprano a la plazuela. Nervioso por la nueva oportunidad que creía tener con Ali, quería pasear por aquel rincón de la ciudad durante unos minutos sin su presencia, quería recordar todos los momentos que pasamos a solas allí, quería volver a sentir a Ali. La plaza había sido modificada no hacía mucho. El Ayuntamiento había considerado quitar el adoquinado y las zonas de tierra para enlosar todo el suelo. Por lo visto convertir los parques en freidoras de granito durante el verano era la nueva tendencia de los consistorios que tenían que hacer algo pero no sabían qué. También es verdad que pude ver los arbolitos que estaban allí hacía años, seguían en su sitio y habían plantado algunos otros más. Agradecí mucho que no fuesen castaños de indias ni plataneros. Había unas pocas acacias de dos especies diferentes y una mimosa que repartía de manera generosa su olor. Además, el viejo árbol de Judas había sido podado y cuidado y ahora volvía a lucir cubierto de flores sonrosadas. Me acordé de que en esos parterres había un ciprés y una vieja morera, pero no recordaba dónde estaban de manera precisa. Me di la vuelta y recorrí la plaza con la vista. El ciprés había desaparecido, pero la morera seguía allí, con muy pocas hojas. Se trataba de un árbol vetusto, sin excesiva vitalidad que aún conseguía dar algo de sombra a quienes se sentaran bajo sus hojas. La vieja morera se resistía a formar parte de los recuerdos de enamorados como yo o de viejas postales.
A lo lejos la vi. Con su andar decidido y seguro. Su pelo cobrizo iba recogido en una coleta larga que ondeaba al ritmo de sus caderas,quizá algo más anchas de lo que recordaba. Quizá por el parto, quizá por la edad. Había elegido para la ocasión un traje informal con una blusa que realzaba sus curvas y un pantalón a juego. El cinturón negro, ancho, con hebilla dorada le daba carácter a todo el conjunto. Sus ojos seguían siendo diáfanos pero el abrazo de las cejas venía acompañado ahora de unas pequeñas arrugas que se extendían unos pocos centímetros hacia atrás, como las raíces de una planta que busca anclarse en el terreno. Supongo que yo le debí causar una sensación similar por la forma en que iba mirándome. La juventud se nos había escurrido entre los dedos sin darnos tiempo a enterarnos. Cuando llegó a mi altura se detuvo mientras yo la observaba.
— Bueno ¿qué? ¿Nos damos dos besos?, ¿nos damos la mano?, ¿nos tiramos de las orejas? ¡No vamos a quedarnos aquí como estatuas todo el día! — reclamó Ali con algo en su tono de voz que supuse agitación por venir andando.
— Yo creo que un par de besos estaría bien — le contesté — ¿Qué tal estás? ¿Recuerdas dónde estaba la «Céntrica»? pues me han dicho que ahora es una cafetería muy interesante.
— Vaya, ¡Han cerrado la Céntrica? Con la de libros viejos que pudimos sacar de ahí.
— Sí una pena, pero Jacinto se jubiló y sus hijos prefieren el dinerito fresco de un alquiler mensual a subir la persiana todos los días para que cuatro pelagatosgatos bibliófilos vayan buscando un libro de vez en cuando. Es mucho más rentable y además ahora gestionan el almacén a través de páginas web.
— Ya… — contestó lacónica ella — Una pena de las cuatro generaciones de libreros. ¿De qué año era la librería?
— De mil ochocientos y pico, creo que por la época de la primera república, pero no lo tengo nada claro. Venga, vamos y vemos a ver si hay algún dato.
No era un camino muy largo, apenas estábamos a unos metros andando después de doblar la esquina de una de las callejas del casco antiguo que vertían paseantes a la plazuela. La fachada apenas había cambiado y en un detalle de mal gusto, en mi opinión, ahora se llamaba «Cafetería La Céntrica». La fecha de apertura seguía incrustada en el dintel de madera original: «anno 1875». Cuando entramos a la cafetería, no podía imaginar lo grande que era el local. Sin montañas de libros parecía que el espacio se hubiese multiplicado. El lugar donde Jacinto atendía a los clientes sobre un viejo mostrador de madera, desgastado del roce diario con miles de ejemplares a cual más raro, ahora era una barra nueva y reluciente de piedra falsa que tan de moda está. Una pequeña barandilla obligaba a dejar un hueco horizontal entre la piedra y los clientes, y era sin duda un elemento puesto ahí adrede para despeñar material desde la barra hacia el suelo. Las mesas y sillas parecían sacadas de un almacén al peso, cada una era de una forma, color, tamaño y material diferente a pesar de ser evidentemente nuevas. El flanco derecho de la librería, donde Jacinto tenía cuidadosamente expuestos los libros más caros y selectos de su negocio, bajo llave, ahora era una bancada corrida en donde aparecían cojines y almohadas en algunos sitios y en otros la dura tabla era lo único que podías esperar por posadera. Sin duda un decorador había estado intentando sacar partido a la unión entre una librería de más de un siglo de existencia y una cafetería funcional y moderna. Lo que yo no tenía tan claro era si lo había conseguido en su totalidad.
— Vaya con el sitio. ¿Cómo ha cambiado!
— Ya ves Ali, las cosas cambian pero el local sigue siendo el mismo, y si te fijas allí al fondo aún puedes ver una vitrina con ejemplares de libros antiguos.
— De todas maneras esto no me lo imaginaba. Ha cambiado mucho y aquí estamos nosotros… practicando la añoranza. Las cosas cambian y hay que adaptarse.
Nos sentamos en un lugar apartado, junto al ventanal, desde donde la luz de la mañana caía en un ángulo extraño, iluminando solo partes de su rostro. Era como si incluso el sol dudara sobre dónde colocar su atención.
Después de que la camarera hubo recogido el pedido, Ali tomo las riendas de nuestra conversación.
— ¿Por qué me paraste ayer, Javi? Me sorprendió mucho, la verdad.
— ¡Caray, Ali. ¡No dejas nada para luego! En fin… — rezongué — Primero porque me apetecía y luego porque quise. Fueron unos años muy intensos y buenos junto a ti. Sé que acabaron, pero de vez en cuando me habría gustado hablar contigo. Y me habría encantado poder tomarme uno o dos cafés durante todo este tiempo. — Mentí. Pensaba en ella a diario, y me deshacía por tenerla cerca.
— Es verdad. Fueron años intensos. Creo que no supimos acabar bien. Algo no supimos o no quisimos hacer.
— Ya… me dolió mucho ver cómo en unos pocos días te largabas de mi vida, sin casi tiempo para decirte adiós, sin darme ocasión de remediar algo si es que estaba en mi mano. Lloré mucho esas semanas. Hasta mi jefe me dijo que me tomara unas vacaciones pero no lo hice. ¿qué iba a hacer? ¿Encerrarme en casa a pensar en tí, Ali?. Lo fui superando como pude. Cambié de piso, pero eso ya lo sabes porque tuviste que comunicárselo tú también a nuestro casero.
— Sí. Lo sé. No creo que hayan sido momentos ejemplares en mi vida. Quizá podrías haberme mandado al infierno por eso.
— No te preocupes, Ali. Aquello pasó. Me recuperé y ahora estoy aquí.
— Y estuviste el día del entierro de Bernardo. Fuiste el único que no me dijo palabras vacías y frases huecas. Aún me acuerdo: llegaste y me abrazaste. Me dijiste «¿Qué necesitas?» ¿Sabes que nadie más me lo preguntó? Tu me sacaste a unas manzanas de distancia del tanatorio y fuimos a un bar, estuviste conmigo todo el tiempo que necesité y luego me dejaste volver con mi angustia. No me insististe en hablar, no me incitaste a nada. Simplemente estabas allí conmigo. En su momento no me dí cuenta, pero después he ido acordándome de eso y cada día te estoy más agradecida.
— Bueno Ali, eso son cosas que se tienen que hacer, y se hacen. Ya no estaba tan dolido como unos años antes y sabes que hay cosas que un hombre debe hacer y otras que un hombre no debe hacer.

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